Operativo salir del laberinto

En la hora crucial de su existencia, el kirchnerismo lucha contra sus propios demonios y taras ideológicas en medio a un dilema: el de seguir “tragando sapos” para estirar una sobrevivencia que en los últimos diez años ha sido precaria o, por el contrario, hacer finalmente la purga ideológica que ubique a esa fuerza política en un lugar minoritario, pero definido, de la política argentina. Entre los acuerdos de mesa chica de Cristina Fernández y las ambiciones de sus socios coyunturales se juega el resultado de las elecciones de octubre y noviembre de este año, a las que el pueblo-nación argentino llega en un lamentable estado de anomia. El cierre de listas del Frente de Todos —tenga esta coalición el nombre de fantasía que tenga de cara a las próximas elecciones— va a dilucidar buena parte del misterio. Los de abajo, mientras tanto, esperan. ¿Saldrá Cristina Fernández del laberinto en el que se metió en algún punto de la década pasada?
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Pese a reiteradas manifestaciones públicas más o menos crípticas indicando que no será de la partida en las elecciones de este año, al menos no como candidata a presidente de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner volvió a ser objeto de especulaciones en la primera semana de mayo al salir otra vez sus seguidores más cercanos a agitar públicamente con la posibilidad de que la dos veces presidente y actual vicepresidente pueda postularse para un tercer mandato presidencial, generando en el proceso el intenso debate de siempre en los medios y en las redes sociales. La sola mención de Cristina Fernández —la popularmente conocida CFK— encabezando la lista de candidatos del Frente de Todos es motivo suficiente para que prácticamente nada más se discuta mientras el rumor de que va a participar esté vigente.

De la fría observación de los argumentos esgrimidos en cada etapa de este que parecería ser un operativo clamor en cuotas se desprende que desde el punto de vista del kirchnerismo la potencial candidatura de CFK es mucho más (o mucho menos, como veremos) que la “bala de plata” para ganar las elecciones de octubre y noviembre, en el caso hipotético de que la pugna se resuelva en un ballotage. Para el núcleo duro de dirigentes, militantes y simpatizantes del kirchnerismo, una CFK candidata a presidente tiene poco que ver con el triunfo o la derrota electoral, sino más bien con una especie de redención moral. Habiendo tolerado a Alberto Fernández durante cuatro largos años, lo último que desean los kirchneristas es tener que quedarse pegados con un Sergio Massa o algo peor y la obligación de en lo sucesivo tener que militar y sostener a otro candidato y gobierno no kirchnerista.

Eso es lo primero que se ve, es un grito desesperado de los kirchneristas rogando por representación real de lo que piensan y lo que sienten. De un modo quizá temerario, podría decirse que un kirchnerista de pura sangre hoy prefiere perder las elecciones presentándose a la lid con los propios antes que tener la chance de ganarlas con un candidato ajeno. Y no es difícil comprender esa angustia existencial si se observa objetivamente que ya desde las elecciones del año 2013 el kirchnerismo viene viéndose obligado a militar candidatos que no quiere por no sentirlos como propios. El primero fue Martín Insaurralde ese año y la derrota, como consecuencia casi lógica, sobrevino al fin; luego, después de perder otra vez sin entusiasmo con un Daniel Scioli igualmente ajeno y de cuatro años de “resistir con aguante” en oposición al régimen macrista, el kirchnerista tuvo que militar a Alberto Fernández, tan solo para tener que sostener durante los siguientes cuatro años a un gobierno del que solamente recibió pálidas, nunca un estímulo positivo.

Afiche militante del “operativo clamor” por una CFK candidata a presidente en las elecciones de 2023, aquí curiosa y simbólicamente superpuesto a un afiche de otro candidato del Frente de Todos: Juan Grabois. Por todas partes se ven estas manifestaciones que son la expresión de la necesidad que tiene el kirchnerismo de verse representado electoralmente en su pensar y en su sentir, cosa que solo ocurrió una vez —para las elecciones del año 2017— en los últimos diez años. En todas las demás elecciones el kirchnerista debió “tragar el sapo” y votar con la nariz tapada a un candidato ajeno, extraño o directamente identificado como enemigo.

Entonces está a la vista que el kirchnerista es un nostálgico de las elecciones del año 2011, en las que militó a CFK, ganó las elecciones por paliza y pudo sentirse puro en su praxis militante. He ahí todo: el kirchnerista quiere que CFK sea candidata a presidente este año más allá de si puede o no puede ganar en las urnas, esa no es la cuestión. El kirchnerista quiere que CFK sea candidata para volver al 2011, a aquellos días tan felices del kirchnerismo. Para el año 2011 el kirchnerista militó la totalidad de su fe ideológica en una lista repleta de compañeros muy “del palo” y encabezada por su exponente máxima, no debió administrar contradicciones, todo era felicidad y pureza. Pero a partir de allí las cosas iban a complicarse y por eso el kirchnerista percibe que en la última década ha sido cada vez más difícil serlo.

Esa es la percepción de lo real, de que el kirchnerismo tal como lo conoce tanto la militancia como los que observan la política dejó de existir en algún momento posterior a las elecciones del año 2011. Probablemente esa ruptura se haya dado en el año 2013 cuando en las elecciones de medio término los kirchneristas se vieron obligados por primera vez a apoyar a un candidato que no era “del palo”. Ese candidato fue Martín Insaurralde, identificado entonces como un dirigente ajeno a las huestes K, como un intendente del Gran Buenos Aires vinculado al duhaldismo. Y además esa fue una derrota durísima a manos de Sergio Massa en la provincia de Buenos Aires, en la madre de todas las batallas electorales. En el 2013 el kirchnerismo probó por primera vez el sabor de la derrota y, al mismo tiempo, el gusto igualmente amargo de caer derrotado sin haber apoyado a un candidato propio.

El núcleo duro del actual kirchnerismo y su plenario de la militancia para fortalecer un “operativo clamor” que no logra trascender los círculos de dirigentes, militantes y simpatizantes de CFK. La iniciativa no se ve favorecida por el estado calamitoso de la economía que va dejando el Frente de Todos y las circunstancias obligan al kirchnerismo a hacer un esfuerzo enorme que finalmente podrá ser en vano.

Obsérvese que después de la derrota de Insaurralde frente a Massa en 2013 el patrón se repitió en casi todos los casos, salvo con Unidad Ciudadana en 2017. Esa también fue una derrota electoral bastante patética, pero lo fue con la satisfacción moral de haber luchado con la conductora encabezando las listas de candidatos. Salvo por esa experiencia, en todas las elecciones desde el 2011 en adelante el kirchnerismo tuvo que “tragar el sapo” de militar a un candidato ajeno o, mínimamente, extraño. Así fue en 2015 con Daniel Scioli, luego otra vez en el 2019 con Alberto Fernández —acompañado este por un todavía más insólito Sergio Massa como candidato a primer diputado nacional— y nuevamente en 2021 con la inefable albertista Victoria Tolosa Paz, el punto más bajo de la debacle kirchnerista sin lugar a duda. Lo que se ve ahí es que en los últimos diez años el kirchnerista no ha podido expresar lo que piensa y lo que siente en el cuarto oscuro, explicándose así buena parte de su frustración.

Aquí hay una clarísima demanda reprimida, lo que motoriza el clamor kirchnerista por una CFK candidata es la propia naturaleza identitaria del kirchnerismo como fuerza política. La contradicción grave está ahí, está en que siendo tan identitario el kirchnerismo no logra, no obstante, expresar esa identidad en las listas de candidatos. El kirchnerista es de CFK hasta los límites de la obsecuencia más absoluta, pero cuando llegan las elecciones y debe militar y votar, lo hace siempre por candidatos no identificados como kirchneristas. La sola enunciación del problema debería alcanzar para que el atento lector tenga la profundidad exacta de la contradicción en la que se hunde el kirchnerismo en la última década: el kirchnerista lo es de corazón más allá del programa político del kirchnerismo, el que ya nadie sabe muy bien cuál es. El kirchnerista es kirchnerista por CFK y nada más le importa. Pero en las elecciones nunca se ve representado por candidatos propios.

Victoria Tolosa Paz —a quien en otro tiempo de mayor pureza el sentido común de la militancia kirchnerista hubiera calificado como una auténtica “tilinga”— fue el punto más bajo hasta aquí de la estrategia de “tragar sapos” en las listas de candidatos para seguir a flote en la política. El kirchnerismo debió militar a esta albertista intolerable frente a los ojos de CFK y eso aparentemente colmó la tolerancia. Ahora los kirchneristas quieren pureza, aunque todo indica que tienen a Sergio Massa en el horizonte para superar a Tolosa Paz en la magnitud del “sapo”.

Llegar a las elecciones de este año con CFK como candidata a presidente es, por lo tanto, una cosa que no tiene relación necesaria con el resultado electoral, sino con lo identitario. Aun sabiendo que puede perder en las urnas, el kirchnerista quiere al fin encontrarse con la pureza ideológica que es la base de su adhesión identitaria, quiere a su desiderátum como lema y como bandera para salir a expresar sus emociones frente a la sociedad sin medias tintas. No quiere ya hacer campaña por un Scioli “tibio”, por un Sergio Massa “traidor” o por un Alberto Fernández “jugada magistral”, ya no quiere “jugadas magistrales”. Lo que el kirchnerista quiere es la cosa simple, pura y directa, sin vueltas. El kirchnerista quiere ser representado en las elecciones por quienes lo representan ideológicamente en la política. No hay realmente nada más sencillo que eso.

Y aun así, como se ve, eso parecería ser muy difícil de lograr precisamente porque el kirchnerismo como proyecto político se agotó en algún punto entre el 2013 y el 2015 y, por lo tanto, debe hacer alianzas estrambóticas para subsistir. De esas alianzas contra natura resultan siempre esos candidatos que el kirchnerista percibe como ajenos, como extraños e incluso como el enemigo infiltrado, esa es la consecuencia de dichas alianzas. Al no tener un proyecto político que logre consenso en la sociedad, una fuerza empieza a apoyarse en otras fuerzas contradictorias para no hundirse, aunque en el mediano plazo termina hundiéndose efectivamente por acción del tiempo y de sus propios aliados forzados, cuyo objetivo siempre es su destrucción.

Es un laberinto, toda política identitaria lo es cuando debe hacer equilibrio entre la identidad y la necesidad coyuntural. Es un extraño laberinto en el que el identitario entra y luego se ve obligado a “tragar sapos” para salir, sin percatarse de que cada concesión hecha va a resultar en la necesidad de hacer nuevas concesiones, cada vez más grandes. Siendo absolutamente identitario, el kirchnerista primero se vio obligado a perder junto a Martín Insaurralde para salir, pero no salió; luego debió aceptar a Daniel Scioli, más tarde a Alberto Fernández y finalmente a Tolosa Paz. En su intento de salir del laberinto terminó metiéndose cada vez más profundamente en él, quiso salir de un pozo cavando y ahora está tan enterrado que ve en el horizonte la obligación de militar a Sergio Massa o a alguien peor. Es para salir, claro, aunque nunca sale en absoluto.

Al no militar con entusiasmo la fórmula Daniel Scioli/Carlos Zannini en las elecciones de 2015 —los resultados indican que incluso se le hizo el vacío a Scioli en territorios muy importantes, como en La Matanza— el kirchnerismo cometió el error fatal que posibilitó el ascenso de Mauricio Macri. Los kirchneristas querían entonces a Florencio Randazzo como legítimo sucesor de CFK, no lo tuvieron encabezando las listas y eso resultó en una derrota que habría de condicionar toda la política argentina en lo sucesivo. La actual debacle del Frente de Todos tiene su origen, precisamente, en el gobierno macrista y su “pesada herencia”.

Por eso insiste en postular a CFK como candidata a presidente, con el fin de cortar de una vez con el círculo vicioso de “tragar sapos”. El kirchnerista ya entendió a su manera que no va a resolver el problema cediendo, que va a tener que ponerse duro. Pero a la vez tiene conciencia de que quizá ya haya pasado el tiempo de hacerlo o de que, de tanto “tragar sapos”, tal vez a esta altura ya no estén dadas las condiciones para retobarse. En una palabra, el método de la alianza contra natura dio unos resultados tales que el capital político del kirchnerismo fue dilapidado en el intento de preservarlo. Las naves se quemaron en el intento de seguir a flote y ahora no hay recursos para salir a navegar en una hora de extrema necesidad.

En muy resumidas cuentas, todo eso resulta en la conclusión de que CFK no puede ser candidata a presidente este año y no precisamente porque esté proscrita, no lo está legalmente. El kirchnerista quiere que su conductora encabece las listas de candidatos a nivel nacional, pero en su intimidad sabe que eso es prácticamente imposible de lograr en las actuales circunstancias, las que a su vez resultan de una estrategia equivocada: la de “tragar sapos”. De tanto darles la chequera propia a dirigentes ajenos o extraños el capital político fue gastándose en el tiempo, lo derrocharon esos dirigentes hasta dilapidarlo. Hay muchas razones por las que CFK no puede ser candidata a presidente hoy, pero la principal de ellas es simplemente porque no puede ganar. ¿De qué sirve presentarse a elecciones si ya se sabe de antemano que el resultado será una derrota? ¿De qué sirve hacerse apalear en las urnas?

Únicamente con Unidad Ciudadana en las elecciones de medio término de 2017 los kirchneristas pudieron emular la totalidad de la mística desplegada en los comicios de 2011. Y aun amargando una derrota a manos de unos inexpresivos Esteban Bullrich y Gladys González, la militancia tuvo esa satisfacción moral de verse representada cabalmente en la boleta electoral: Unidad Ciudadana fue quizá la máxima expresión de pureza kirchnerista y con CFK a la cabeza, en un experimento cuya finalidad fue medir el caudal de votos neto de la conductora.

Alguien dirá, con mucha razón, que podría servir para sostener la fe de los propios constituyéndose en una minoría resiliente, es verdad que eso es así y es básicamente lo que ha hecho la izquierda históricamente, es una estrategia de sobrevivencia típica de los extremos. CFK puede presentarse como candidata en las elecciones de este año, reordenar las filas propias y luego “aguantar” desde allí a sabiendas de que su núcleo es durísimo por ser identitario, es decir, no habrá giro ideológico, claudicación o derrota que disuada al kirchnerista de seguir apoyando a su conductora. Y es que CFK no es exactamente una conductora, es mucho más que eso: es una jefa y desde ese lugar puede hacer básicamente lo que quiera sin ningún riesgo de perder el respaldo de quienes la siguen, porque estos lo hacen por simpatía. El suyo es el liderazgo carismático por antonomasia.

Por eso la perspectiva de la derrota no es un impedimento para que CFK sea candidata a presidente este año, el problema ahí no está. Si fuera solo una cuestión de postularse, perder y luego tener la posibilidad de reordenar en el llano CFK ya habría confirmado su candidatura, ya estaría todo resuelto en los moldes deseados por los militantes, por los simpatizantes y también por los dirigentes que existen únicamente a la sombra de CFK. Si dependiera de ellos, CFK sería candidata contra viento y marea y habría felicidad en las huestes aun en el caso de una derrota estrepitosa. El kirchnerista no quiere que CFK sea candidata para ganar, eso no es relevante. El kirchnerista quiere que su jefa sea candidata única a presidente de la Nación para volver a ser kirchnerista después de muchos años de haber sido cualquier otra cosa.

Los impedimentos

El kirchnerista sabe que, si CFK no es candidata, inexorablemente deberá ir otra vez a elecciones detrás de otro ismo que no es el suyo y eso es lo que no quiere hacer, el kirchnerista no quiere ser massista y terminar en una alianza aún más estrambótica que el Frente de Todos en la que Massa reciba el apoyo de indefinidos como Rodríguez Larreta y demás mamarrachos que el kirchnerista no puede ni ver. Y aún peor: no quiere quedarse pegado con otro Alberto Fernández que masacre al pueblo argentino con la chequera de su conductora. El kirchnerista es identitario y al serlo es muy orgulloso, no sabe hacer política sin tener la razón y ya no soporta tener que justificar lo injustificable para sostener a un gobierno que no hace lo que en su opinión debería hacer. El kirchnerista prefiere hundirse electoralmente de una sola vez con el método sectario de Unidad Ciudadana que seguir hundiéndose políticamente a cuentagotas con otro Frente de Todos.

Pero es probable que la estrategia de “tragar sapos” haya conducido a los kirchneristas a un lugar donde la decisión sobre qué hacer ya no esté en sus propias manos. Aun teniendo la firme resolución de “cortar por lo sano”, de hundirse electoralmente purgando en el proceso a los oportunistas y a los traidores para reconstruir desde la base, existe la posibilidad de que no sea posible hacerlo, es decir, de que ni siquiera la opción de ir deliberadamente a una derrota sanadora en términos identitarios haya quedado después de todo. Y eso es básicamente así porque “tragar sapos” supone necesariamente la suscripción de acuerdos que son muy difíciles de romper sin destruir asimismo el delicado equilibrio ecosistémico de la política que es esencial para la sobrevivencia propia.

Esos acuerdos y sus términos únicamente son conocidos en las llamadas mesas chicas, en la cúpula decisional de la política a la que ningún militante accede jamás. Es solo en las mesas chicas donde se sabe a ciencia cierta qué cosas acuerdan los dirigentes cuando hacen alianzas los unos con los otros, o el famoso toma y daca de los intereses particulares. Sin embargo, algunos acuerdos trascienden hasta hacerse más o menos de conocimiento público al aplicarse la lógica en su observación: con el método hipotético deductivo es posible en algunos casos saber o por lo menos acercarse asintóticamente al conocimiento de lo que se negocia en las mesas chicas de la conducción. Gracias a las circunstancias en las que se tejió, uno de esos negociados es hoy de público conocimiento: el de la asunción de Sergio Massa como titular del Ministerio de Economía a mediados del año pasado.

Al jurar como ministro de Economía en el momento de mayor necesidad para el gobierno del Frente de Todos, Sergio Massa se hizo acreedor de un pase directo como candidato único del espacio a la presidencia. El ejercicio lógico de deducir qué pudo haber exigido Massa a cambio de inmolarse en una misión que nadie quería o podía asumir da como único resultado posible ese acuerdo. Massa salvó al gobierno frentetodista de una salida anticipada que habría sido devastadora y ahora querrá ser bien remunerado por ello, pero no es dinero. Lo que Massa quiere es ser el único candidato del actual Frente de Todos para heredar forzosamente los votos del kirchnerismo, que son numerosos.

Como se sabe o debería saberse, a fines de julio de 2022 el gobierno del Frente de Todos estuvo a punto de derrumbarse tras la renuncia de Martín Guzmán y el posterior fiasco de Silvina Batakis. Hacía falta entonces un “salvador de la patria”, un dirigente con suficiente peso político para frenar el golpe de mercado que estaba en curso por esos días, pero además un dirigente que estuviera dispuesto a “agarrar el fierro caliente”. Ese dirigente fue Sergio Massa, quien en efecto asumió el cargo de ministro de Economía dando como resultado inmediato visible una tregua temporal que alcanzó para salvar al gobierno. Massa era entonces el titular de la Cámara de Diputados, había llegado allí por el voto popular y, por lo tanto, no podía ser removido de ese lugar por la decisión ejecutiva de nadie. Massa tenía el control seguro de uno de los tres poderes del Estado y, véase bien, renunció a esa seguridad para asumir un Ministerio de Economía en medio a una fenomenal crisis económica.

El atento lector debe preguntarse por qué. ¿Por qué un dirigente habría de renunciar a un cargo electivo de mucha jerarquía para asumir en cambio un ministerio, al que se entra y se sale por un simple decreto presidencial? Es más: ¿Por qué “agarrar el fierro caliente”, por qué jugarse el prestigio en una misión que ya desde el prospecto se presentaba como imposible? Esta es la metáfora del que hace un negocio aparentemente malo, por ejemplo, el de permutar un coche nuevo por uno viejo que en este caso además ya viene chocado y fundido, cosa que de hecho ocurre muy a menudo. Hay gente que permuta cosas de mayor valor por cosas de menor valor y lo importante allí es saber por qué lo hace. ¿Por qué Massa permutó el control del Poder Legislativo por el Ministerio de Economía de un país que económicamente parecería estar en bancarrota?

Siendo dueño y señor de uno de los tres poderes del Estado —el poder legislativo, en el lugar de presidente de la Cámara de Diputados—, Massa accedió a renunciar a esa posición para meterse en un cargo ejecutivo cuyos ingreso y salida dependen de la simple voluntad presidencial. El por qué alguien haría eso está en la razón de todas las permutas en las que se cambian cosas de mayor valor por otras de menor valor: hay algo más en la negociación y la mayoría de los analistas acuerdan en que eso es una candidatura a presidente sin internas mediante. CFK no puede, por lo tanto, ser candidata porque ya ungió a Massa para serlo.

Básicamente porque en la permuta recibió algo más que el coche chocado y fundido, que es la razón de las permutas de un modo genérico. En el negocio de la permuta Sergio Massa ciertamente recibió algo que no podría ser dinero —puesto que no lo necesitaba ni lo necesita— y tampoco podría ser la mera perspectiva de simplemente “acomodar” a los suyos en un gobierno al que ya le faltaban menos de 18 meses hasta el término del mandato, sería ese un botín demasiado escaso, sin objeto. ¿Qué otra cosa podría ser que la garantía de acceso a un lugar futuro de poder superior tanto al de titular de la Cámara de Diputados como al de “superministro”? He ahí, por lógica, la única respuesta posible al misterio: Massa solo pudo haber “agarrado el fierro caliente” si al hacerlo le aseguraban el lugar de candidato único del Frente de Todos a la presidencia en las siguientes elecciones.

Ya veremos de qué podría servirle eso a Massa. Lo más importante ahora es entender que en el reverso de la trama Sergio Massa solo pudo haber hecho la permuta que hizo si en el paquete le vino la garantía de una candidatura única, porque de lo contrario estaría loco. Pero sabemos que Massa no está loco y entonces podemos saber además que suscribió un acuerdo por el que al asumir el Ministerio de Economía en el momento de mayor necesidad y al evitar la caída del gobierno del Frente de Todos —la que habría arrastrado en su torbellino a Alberto Fernández, por supuesto, pero fundamentalmente a CFK—, Massa se hizo acreedor del apoyo del Frente de Todos para las próximas elecciones. ¿Quién tenía y sigue teniendo la autoridad en el Frente de Todos para suscribir semejante acuerdo, para darle a Massa lo que Massa quería a cambio de la salvación del gobierno? CFK es claramente la única que pudo haber hecho eso.

En la cultura popular la metáfora perfecta de Sergio Massa es la de Francis “Frank” Underwood, el personaje de ficción de la serie de televisión ‘House of Cards’ que a fuerza de estrategia, tenacidad y conspiración va escalando hasta llegar al objetivo. Por ocasión de la asunción de Massa como ministro de Economía, en su 54ª. edición de agosto de 2022 esta Revista Hegemonía caracterizó a Sergio Massa exactamente como Underwood en esta imagen: sentado en el trono y con las manos ensangrentadas, pero además con una bandera estadounidense de fondo. Ese fue el brutal massazo del imperio, al que Massa representa en sus intereses particulares.

Entre las razones por las que CFK pudo haber hecho dicha permuta con un detractor suyo de larga data está la necesidad inmediata y evidente de autopreservación, esto es, CFK no podía permitir que estallara en mil pedazos un gobierno formado por ella y en el que ella misma participa como vicepresidente. Claro que también puede haber alguna garantía jurídica en el futuro tanto para la propia CFK como para su hija, quienes se encuentran amenazadas desde hace algún tiempo por la persecución judicial que en las categorías propias del kirchnerismo se llama “lawfare”. Massa tenía la llave para salvar momentáneamente al gobierno del Frente de Todos, era el único con la capacidad y en posición de hacerlo y eso queda demostrado en la práctica porque el gobierno efectivamente sobrevivió al trance de julio de 2022 y porque en lo sucesivo el kirchnerismo hizo público su apoyo a Massa.

Entonces el acuerdo es un hecho de la política del que nadie lógicamente habla, aunque no por eso deja de ser fáctico. De aquí se deduce que CFK no puede ser candidata a presidente en las elecciones de este año porque ya negoció esa candidatura con otro, precisamente con Sergio Massa, a quien deberá apoyar con mucha convicción y además garantizarle que no habrá elecciones primarias en el Frente de Todos para que a la militancia no se le ocurra retobarse votando por otra opción más acorde a su gusto ideológico. En el voto kirchnerista, que se autopercibe como de izquierda progresista, Massa lógicamente no tiene chances frente a CFK, pero tampoco frente a un Axel Kicillof, a un “Wado” de Pedro e incluso a un Juan Grabois, seguramente pierde en una interna con cualquier kirchnerista. Por eso, si el objetivo es dar cumplimiento al acuerdo suscrito en julio de 2022, Massa tiene que ser el candidato único del Frente de Todos (o el nombre de fantasía que presente esa coalición este año) a la presidencia en las elecciones de octubre de este año. Eso o nada.

Juan Grabois es el precandidato del Frente de Todos que pretende representar “por izquierda” al kirchnerismo que no quiere votar a Sergio Massa. Pero Grabois tiene un serio escollo: necesita que se habiliten las internas en el espacio para poder tener la oportunidad enfrentarse a Massa y finalmente ganarle la batalla. Al parecer, informalmente, Grabois ya habría anunciado su intención de romper el armado y presentarse por fuera en caso de que esas internas no tengan lugar, lo que en sí en el fondo no deja de tener cierta coherencia.

¿Puede CFK traicionar a Sergio Massa presentándose como candidata ella misma, presentando a uno de su riñón o habilitando las primarias internas? Ciertamente puede hacerlo y además sería un acto de justicia, pues el que traiciona al traidor también debería tener cien años de perdón. CFK puede desconocer los acuerdos que hizo, puede hacerle el “pito catalán” a Sergio Massa y aparecer un buen día anunciando que va a ser candidata, puede ungir a Axel Kicillof o a cualquier otro, puede anunciar las PASO en el Frente de Todos. Puede hacer básicamente lo que quiera porque tiene la lapicera, porque no está proscrita por la ley y tiene un núcleo duro de votos para ser competitiva, aunque finalmente pierda en las urnas. CFK puede y pudiendo debería afrontar las consecuencias de la ruptura del pacto, las que podrían ser nefastas no solo para ella, para el gobierno y para su coalición, sino también para el país.

En términos metafóricos muy sencillos que siempre están al alcance de la comprensión de cualquier hijo de vecino, podría decirse que Sergio Massa está hoy en el Ministerio de Economía sosteniendo en el aire los platillos, lo que equivale a decir que la economía argentina está destrozada y mantiene artificialmente un aspecto de normalidad gracias a Massa. En otras palabras, es probable que entre el marasmo actual y un estallido monumental estén mediando acuerdos de caballeros que a su vez existen porque Massa los sostiene. ¿Qué significa eso? Pues que en manos de Sergio Massa está el poder de dejar caer esos platillos que hoy están en el aire simplemente permitiendo que se produzca aquel estallido que el propio Massa evitó en julio de 2022. Es muy probable que el mal llamado mercado no haya dado aún su estocada final al gobierno del Frente de Todos simplemente porque en Economía está sentado Massa, a quien los delincuentes de las finanzas reconocen como propio.

El enemigo “bobo”

¿Con qué cara podría presentarse el kirchnerismo con candidato propio en las elecciones viniendo del estallido del gobierno del Frente de Todos, que es un gobierno kirchnerista? Con ninguna, por supuesto, la caída del gobierno de Alberto Fernández es la verdadera proscripción de CFK y de cualquiera de sus avatares. Claro que Sergio Massa también “muere” en el proceso, Massa tampoco podría convencer a nadie de que es ajeno a un estallido ocurrido en su gestión de ministro. Pero el incumplimiento del acuerdo suscrito y la consiguiente anulación de sus posibilidades solo las podría pagar con un hundimiento general de la coalición. “Muero, pero me llevo conmigo a los traidores”, podría decir Sergio Massa en tal ocasión. Entonces el acuerdo se cumple sí o sí, son demasiado grandes los peligros de incumplirlo, aunque desde luego no son los únicos peligros existentes.

En este punto resulta que en la enorme complejidad de esa coalición contra natura que en 2019 se dio en llamar Frente de Todos existe un tercer socio, uno muy venido a menos, es cierto, pero que en la sociedad conserva una última carta en la manga para jugar. Ese socio es Alberto Fernández, quien aparece a esta altura como un presidente decorativo al que los mozos de la Casa Rosada ya le sirven frío el café por verlo absolutamente despojado de todo poder. Lo único que puede hacer Fernández hoy por hoy es cumplir cierta agenda ceremonial y sentarse a esperar a que termine su mandato de presidente, puesto que el gobierno lo ejerce de facto Sergio Massa desde el Ministerio de Economía. Los otros dos socios del Frente de Todos pueden maltratar a Alberto Fernández —lo que en efecto hacen— y hasta pueden burlarse de él, pueden humillarlo en privado y en público, pero solo hasta cierto límite porque Fernández todavía puede hacer daño.

Sergio Massa y CFK en los extremos, con Alberto Fernández —el tercer socio del Frente de Todos— al centro. Fernández es hoy un presidente más bien decorativo, despojado de todo poder. Pero se reserva para sí una última carta en la manga: su propia renuncia. Si Alberto Fernández abandona de súbito la presidencia en las pocas semanas que faltan hasta las elecciones, pone a CFK en un dilema sin solución: ¿Asumir en su reemplazo exponiéndose al peligro de tener un estallido social entre manos o no hacerlo y retirarse definitivamente de la política? El poder de destrucción es el único que todavía le queda a Alberto Fernández, como se ve.

El atento lector puede acordar o no con la hipótesis del pacto hegemónico que ha sido abundantemente expuesta en estas páginas y según la que Alberto Fernández le fue impuesto a CFK en aquello de “tragar sapos” para salir del laberinto retrocediendo y haciendo concesiones, pero la propia hipótesis presentada tiene una lógica interna cuyas premisas son cada día más evidentes y que dan como conclusión lo siguiente: Alberto Fernández llega al Frente de Todos con el único objetivo de inviabilizar de una vez y para siempre al kirchnerismo. Son los mismísimos kirchneristas, por alguna extraña razón, quienes más se resisten a aceptarlo, no quieren admitir que Alberto Fernández es el enemigo íntimo. Y es por ello que Fernández sigue teniendo la posibilidad de voltear al kirchnerismo desde adentro: sus potenciales víctimas no terminan de identificarlo como potencial victimario o les avergüenza hacerlo.

Alberto Fernández fue el hombre del Grupo Clarín en el gobierno de Néstor Kirchner, fue el ideólogo junto a Martín Lousteau de la Resolución 125 que por muy poco no destruyó al recién nacido gobierno de CFK en 2008 y fue un detractor feroz de la propia CFK hasta aparecer, como por arte de magia, elevado al lugar de candidato a presidente del Frente de Todos en 2019. Es todo como mínimo muy extraño y aun así son relativamente muy pocos los que se atreven a cuestionar la “jugada magistral” de CFK desde el punto de vista de su pertinencia. ¿Por qué, habiendo en el menú una gran cantidad de “moderados” para elegir CFK optó justamente por el más notorio operador del enemigo de siempre? ¿Por qué justo el que fue implantado en la Jefatura de Gabinete por Héctor Magnetto para controlar el cumplimiento del pacto entre el Grupo Clarín y el gobierno de Néstor Kirchner? ¿No podía ser otro que el conspirador de la Resolución 125?

Alberto Fernández junto a Néstor Kirchner y a CFK, quien entonces era la primera dama. Poca gente parece recordarlo hoy, pero entre el 2003 y los primeros meses de 2008 —ya entrado el nuevo gobierno de CFK en reemplazo de su marido— en la Jefatura de Gabinete Fernández fue el hombre de Clarín en el gobierno kirchnerista, un elemento puesto allí para controlar el cumplimiento del pacto suscripto en 2003 con Kirchner. ¿Por qué no habría Magnetto de imponer al mismo hombre, ahora como presidente, en 2019 al formarse el Frente de Todos? La hipótesis más evidente, cosa curiosa, es también la más resistida por los kirchneristas, quienes siguen negándose a admitir que Alberto Fernández es el enemigo interno.

Claramente no, no pudo ser otro porque fue el que fue. Y si lo fue, entonces hay allí una imposición, uno de esos acuerdos de mesa chica por el que CFK le entregó la presidencia de la Nación al enemigo a cambio de otra cosa, probablemente una tregua temporal en la guerra judicial. Todo es posible, desde luego, lo que no es posible es explicar a Alberto Fernández aupado de golpe a la presidencia de la Nación conociendo sus antecedentes, no existe ninguna otra razón lógica por la que CFK haya hecho lo que hizo. Entonces Alberto Fernández es el operador del enemigo mortal del kirchnerismo y no puede estar donde está con otro fin que no sea la destrucción del kirchnerismo, cosa que se logra destruyendo a su conductora. Todos los movimientos de liderazgo carismático terminan así y Alberto Fernández no puede tener otro objetivo que el hundimiento final de CFK.

Ahora bien, si eso es efectivamente así también es de esperarse que Alberto Fernández esté agazapado a la espera de ejecutar la parte final de su plan, el que en realidad es el plan de su empleador. Luego de hacer una catástrofe económica que dilapidó lo que quedaba del capital político de CFK, Fernández debe asegurarse de que no haya más “jugadas magistrales” que subviertan el orden establecido, esto es, no puede permitir que CFK saque algún conejo de la galera y renazca de las cenizas. Si ese conejo es presentar una fórmula presidencial ganadora con ella misma a la cabeza o con algún subalterno suyo y con eso CFK logra conmocionar la política argentina hasta el punto de volver a ganar las elecciones, entonces Alberto Fernández solo debe renunciar sorpresivamente a la presidencia y terminar de enterrar al kirchnerismo.

Con el pretexto de la ideología sanitaria a ultranza y el “salvar vidas” como eslogan, Alberto Fernández impuso una cuarentena de casi un año que terminó de enterrar lo que quedaba de la economía argentina después de la masacre propinada por el régimen macrista. Hoy es posible apreciar que Fernández supo utilizar inteligentemente la contingencia para generar la crisis terminal actual y dejar pegado al kirchnerismo con una catástrofe económica. El kirchnerismo calló y dejó hacer a Fernández durante todo el 2020 y buena parte del 2021, por lo que en realidad es más cómplice que víctima de la perfidia en su contra.

¿Cómo? Pues es relativamente muy fácil: de renunciar a la presidencia de aquí a lo que falta hasta las elecciones, Alberto Fernández pone a CFK en una disyuntiva imposible. Aun suponiendo que su renuncia no provoca una corrida cambiaria infernal, lo que probablemente ocurra, Fernández obliga a CFK a elegir entre asumir en su reemplazo y no hacerlo, no hay más que dos opciones. Si asume, CFK se encuentra con la tierra arrasada que deja el gobierno del Frente de Todos y sin posibilidad de revertir la situación en las pocas semanas hasta las elecciones. Recibe como “pesada herencia” esa tierra arrasada y sin ningún instrumento ni tiempo para enderezar la nave, la recibe tan solo para hacerse cargo —ahora en primera persona— del fracaso. Ya no será, como se ve, el gobierno de Alberto Fernández, sino el gobierno de CFK el que colapsa. ¿Cómo presentarse a elecciones con esa fama?

También está la opción de no asumir en reemplazo de Alberto Fernández, de renunciar igualmente dejando que la pelota siga bajando en el orden de la sucesión presidencial hasta caer en manos del poder legislativo o, lo que es más probable, del titular de la Corte Suprema. Esa opción existe y es la más razonable, pues no conviene asumir después de una renuncia de Fernández en estas condiciones. Pero también es la opción cuyo resultado de derrota por abandono es más fácil de predecir. Habiendo renunciado su conductor, sería muy difícil para una fuerza política presentar candidatos en elecciones inmediatamente posteriores a dicha renuncia, por no decir directamente imposible. ¿Por qué querría una fuerza política gobernar, se preguntará cualquier elector, si su principal dirigente acaba de renunciar a la posibilidad de hacerlo?

El destino del helicóptero, que en la Argentina significa la muerte política del embarcado en la aeronave y también de la fuerza a la que conduce. CFK sabe que la renuncia de Alberto Fernández es extremadamente peligrosa porque puede resultar en una situación inmanejable que se llevaría puesto a todo el kirchnerismo y probablemente anularía incluso al peronismo por décadas. El antecedente es justo el de Fernando de la Rúa, quien al huir de Casa Rosada en helicóptero enterró al FREPASO y dejó prácticamente proscrito al radicalismo por los siguientes 20 años.

Se trata de un ejercicio lógico también infalible, al parecer. En las elecciones del año 2003 el radicalismo presentó a Leopoldo Moreau como candidato a la presidencia, tan solo para obtener poco más del 2% de los votos. Y eso que ya habían pasado casi dieciocho meses desde la renuncia de Fernando de la Rúa en diciembre de 2001. Por lo tanto, aunque parezca muerto y enterrado, Alberto Fernández tiene todavía en sus manos la verdadera bomba atómica, la que podría arrojar contra sus enemigos sin mayor esfuerzo que la firma de su acto de renuncia. La sobrevivencia política de CFK y del kirchnerismo de un modo general depende de que Alberto Fernández entregue la banda y el bastón presidenciales el 10 de diciembre de este año sin perturbaciones ni estallidos sociales que abrevien su estancia en la Casa Rosada, o más bien en la Quinta de Olivos.

¿Qué quieren estos tipos?

Entonces CFK no puede ser candidata ni puede habilitar las internas en la coalición porque ya acordó con Sergio Massa y, además, porque la espada de Damocles pende sobre su cabeza sostenida por la mano de su enemigo interno. Está condicionada tanto por Massa como por Alberto Fernández y es muy probable que, al fin y al cabo, ambos estén allí en representación de los mismos intereses, que sean ambos arietes del mismo poder fáctico a modo de plan A y plan B, el uno como reaseguro del otro para garantizar el éxito de la maniobra. Si la idea era salir del laberinto presentando una candidatura testimonial para sostener la fe del núcleo duro o incluso para intentar ganar milagrosamente las elecciones en una complejísima ingeniería electoral, esa idea queda desde luego inviabilizada por los acuerdos previamente suscritos con el enemigo. He ahí el costo real a largo plazo de la estrategia de “tragar sapos” para demorar formalmente el cierre de un ciclo político.

Quedan aún pendientes de comprensión las motivaciones de Sergio Massa, ese gran “salvador de la patria” que aceptó poner en juego su credibilidad y su prestigio asumiendo el Ministerio de Economía a cambio de algo. ¿A cambio de qué cosa? De la posibilidad de ser el candidato único del Frente de Todos (tenga el nombre de fantasía que tenga esta coalición) en las elecciones del 2023, como veíamos. Massa hizo lo que hizo, quedan pocas dudas de ello a esta altura del partido, a cambio de esa candidatura sin primarias internas, es decir, para recibir forzosamente la transferencia de los votos del núcleo duro del kirchnerismo en el lugar del “menos malo”. Pero si los votos del núcleo duro kirchnerista son insuficientes para ganar aun en la eventualidad de que CFK logre transferírselos todos, ¿por qué querría Massa hacerse de semejante candidatura?

El aparentemente delirante Javier Milei trastorna y a la vez reordena la política argentina al aparecer como una suerte de tercero en discordia que posibilita toda una ingeniería electoral. Con Milei existe por primera vez en mucho tiempo un escenario real de tres tercios en el que prácticamente cualquiera de los tres contendientes puede quedarse fuera de un ballotage o resultar finalmente electo. En los cálculos de Sergio Massa, ganar las elecciones de 2023 es una cuestión de llegar a la segunda vuelta contra Milei y contar allí con el voto del espanto general. Tiene mucho sentido.

Porque existe aquella compleja ingeniería electoral antes mentada. Es una ingeniería electoral la propia idea de presentarse como el “menos malo” en un escenario de ninguna opción real, por supuesto, la idea de hacerse votar por unos kirchneristas espantados ante la posibilidad de que ganen Patricia Bullrich, Horacio Rodríguez Larreta o Javier Milei, el que es como el propio demonio, es en sí un cálculo propio de la ingeniería electoral. Pero eso no queda allí, hay mucho más. Hay un escenario novedoso de tres tercios en el que ninguna de las partes tiene los votos suficientes para ganar en primera vuelta con el 40% y diez puntos de ventaja sobre el segundo más votado o el 45% para triunfar directamente. Entonces lo que hay es la perspectiva real de un ballotage a disputarse en noviembre entre las dos fuerzas más votadas de las tres que están en juego. Ahí empieza la ingeniería electoral.

Suponga el atento lector que esas tres partes en pugna se representan, cada una de ellas, por Sergio Massa, Horacio Rodríguez Larreta y Javier Milei. Ese es un escenario probable que además se desprende de algunas encuestas e incluso de la observación superficial del humor social. Al parecer, existiría un escenario de tres tercios con Javier Milei rompiendo la bipolaridad por primera vez en muchas décadas, con Rodríguez Larreta triunfando en la interna cambiemita y con Sergio Massa ungido por CFK y, por lo tanto, como depositario del voto del núcleo duro kirchnerista en lo que resulte de la transformación formal del Frente de Todos. Si eso fuera así y considerando que el voto kirchnerista es bien numeroso, pese a la catastrófica situación económica y social del país Massa podría muy bien quedarse con uno de los dos pases al ballotage de noviembre para medirse allí con Milei o Rodríguez Larreta.

Con Mauricio Macri al centro, Horacio Rodríguez Larreta, Patricia Bullrich y las dudas cambiemitas: ¿Presentar al rodríguezlarretismo “paloma” para captar el voto moderado de los que van a espantarse con Milei o, por el contrario, subirse al bullrichismo “halcón” para pelearle los votos duros al libertario? Si los cambiemitas calculan mal esta variable arriesgan con finalizar en el tercer lugar quedándose fuera del ballotage de noviembre. Las internas en Juntos por el Cambio arden.

Hasta ahí todo es muy factible, perfectamente realizable. Pero esa es solo la primera parte del plan, falta la segunda. ¿Cómo ganar en un ballotage si el techo del kirchnerismo parece ser muy similar al que tuvo Carlos Menem en las elecciones de hace dos décadas, o de alrededor del 25%? Si Menem tuvo que bajarse del ballotage entonces para no ser aplastado por Kirchner, ¿por qué Massa habría de correr una suerte distinta? Precisamente porque en las elecciones de este año el escenario de tres tercios presenta a un candidato lo suficientemente espantoso como para que millones voten a la alternativa tapándose la nariz: Javier Milei. Si el que accede junto a Sergio Massa al ballotage es Milei, existe la posibilidad de que el miedo al extremismo que expresa el “libertario” persuada a la mitad más uno de los electores a poner la boleta de Sergio Massa en la urna. El sentido común, como se sabe, aquí y en cualquier parte, suele rechazar lo disruptivo.

Y Javier Milei parece ser disruptivo, por supuesto. Pero aún sigue de pie otro problema: ¿Qué pasa si el que accede al ballotage no es el temerario Milei, sino un cambiemita “moderado” como Rodríguez Larreta? En tal caso no habría razón para no castigar al actual oficialismo al no existir un peligroso “cuco” en la lista opositora y la mayoría podría perfectamente convertir a Rodríguez Larreta en presidente no por las dotes carismáticas del nefasto intendente porteño, Rodríguez Larreta no las tiene, sino simplemente para darle castigo al Frente de Todos. Eso es posible, en un ballotage entre un cambiemita y Sergio Massa cualquiera puede ganar y Massa sabe que puede perder. Es por eso, precisamente, que en las últimas semanas los dirigentes del Frente de Todos empezaron a apuntar sus cañones contra Javier Milei, pero no con la finalidad de hundirlo: lo que se quiere es “subirlo al ring”, es convertirlo en interlocutor y lograr que llegue al ballotage relegando a un tercer puesto al candidato cambiemita.

Sergio Massa y Horacio Rodríguez Larreta, amigos, rivales y, finalmente, socios. Si los cálculos de la ingeniería electoral son correctos, la futura hegemonía poskirchnerista debería tener a estos dos personajes en cada polo de la falsa grieta que oculta al pacto hegemónico. Tanto Massa como Rodríguez Larreta saben que la economía argentina necesita un shock, un estallido a todas luces, para reiniciarse. ¿Usarán a Javier Milei para hacerlo como describe Horacio Verbitsky o le delegarán el trabajo sucio a un saliente Alberto Fernández, quien por otra parte ya no tiene nada que perder?

No obstante, conviene observar que un ballotage entre Rodríguez Larreta y Sergio Massa o incluso un triunfo de Javier Milei pueden ser otras formas de lograr el objetivo en el mediano plazo. De hecho, en un blog de internet donde suele publicar sus crípticas cavilaciones de operador y de servicio de inteligencia, el abominable Horacio Verbitsky describía el domingo 7 de mayo un supuesto diálogo entre Massa y Rodríguez Larreta en el que ambos personajes acordaban la nueva hegemonía posterior a estas elecciones. Ante la afirmación por parte de Rodríguez Larreta de que accedería al ballotage contra Javier Milei, Massa le habría respondido al cambiemita que, en ese caso, el libertario ganaría elecciones tan solo para incendiar el país en tres meses. Siempre de acuerdo con el diálogo descrito por Verbitsky, el incendio provocado por Milei resultaría en el retorno de “nosotros” (desde el punto de vista de Massa), significando dicho “nosotros” tal vez los propios Massa y Rodríguez Larreta, ahora dueños y señores de los dos campos de la grieta.

Esa sería una nueva hegemonía poskirchnerista, es decir, con el cambiemita Rodríguez Larreta a la “derecha” y el frentetodista Sergio Massa a la “izquierda”. Claro que no hay realmente nada de eso, ni el uno es de derecha ni mucho menos el otro es de izquierda, pero como el elector nunca vota al candidato que quiere, sino al candidato que hay, luego de una experiencia incendiaria a manos del tercero en discordia quedaría el camino despejado para una larga alternancia socialdemócrata y neocolonial entre Rodríguez Larreta y Sergio Massa en persona y luego mediante sus respectivos delfines. Lo que hoy llamamos macrismo pasaría a llamarse rodríguezlarretismo y el kirchnerismo, lógicamente, pasaría a ser massismo por simple oposición dialéctica. Y así, peleándose entre ellos por ver quién hace el discurso más progresista en las formas, en asuntos ideológicos de poca monta, ambos harían el pacto hegemónico necesario para lograr aquí el nuevo estatuto legal del coloniaje que el orden mundial multipolar está exigiendo.

En los años 1990 el Pacto de Olivos fue la condición necesaria para llegar a la promulgación de la Constitución de 1994, el estatuto legal del coloniaje que consagró el Consenso de Washington en un contexto global de hegemonía unipolar estadounidense. Esa unipolaridad ha terminado y un nuevo orden mundial se inaugura, exigiendo de países semicoloniales como la Argentina una adecuación de sus leyes a la nueva realidad. ¿Serán Massa y Rodríguez Larreta los Menem y los Alfonsín de esta nueva etapa que se abre y debe plasmarse necesariamente en una nueva Constitución?

Una nueva Constitución, ese es el objetivo. La Constitución de 1994 resultó del Pacto de Olivos, que fue un cierre de la grieta en esos días. Y plasmó en la ley el ordenamiento unipolar del mundo tras la caída del Muro de Berlín y la disolución del campo socialista en el Este. Esa fue entonces la Constitución del Consenso de Washington y solo fue posible porque Carlos Menem y Raúl Alfonsín hicieron aquel pacto hegemónico, dejando al pueblo argentino sin representación política de sus intereses permanentes. Pero el mundo ya cambió y una nueva Constitución va a ser necesaria para legalizar el coloniaje que tanto Massa como Rodríguez Larreta representan en el país, pero su promulgación no va a darse en un esquema de grieta. Aquí tiene que haber consenso y eso harán con sus acuerdos de mesa chica, sus ingenierías electorales y demás tejemanejes entre bambalinas.

Se dice de la dinastía de los Rothschild que ha financiado a ambos bandos en todas las guerras desde Napoleón Bonaparte en adelante. Al parecer, apostar a todos los caballos en una carrera es una forma de ganar más allá de quién gane. El argentino no lo sabe aún ni podría saberlo —puesto que estas cosas están diseñadas para ser inescrutables a los ojos del sentido común— pero lo cierto es que ya que no vota la representación de sus propios intereses permanentes de pueblo-nación. El imperialismo posterior a la II Guerra Mundial ha aplicado el método de los Rothschild cooptando a los dirigentes en las colonias por derecha, por izquierda y por el centro. Solo el peronismo pudo romper esa lógica infernal mediante la tercera posición nacional justicialista, por lo que debieron destruirlo: lo metieron en un laberinto del que sus dirigentes no tuvieron la habilidad para salir. Una trampa, la grieta siempre fue una trampa y estos son sus lamentables resultados.

“Al nuevo orden mundial entraremos inermes con las manos en la nuca, caminando de rodillas y ninguna duda de que seremos pobres, dependientes y excluidos”, decía en su momento el coronel Mohamed Alí Seineldín, el militar argentino que supo ver adónde conducía en última instancia la socialdemocracia alfonsinista posterior a la dictadura de fines de los años 1970 y principios de los 1980. En términos de continuidad histórica, la actual debacle de la Argentina en el contexto de un mundo que cambia y que cuenta con los recursos de nuestro país en sus cálculos estratégicos es el corolario del proceso descrito por Seineldín. Los intentos posteriores de cierto sector del peronismo en el sentido de resistir a la recolonización parecerían agotarse hoy sin haber dado los resultados deseados. En el laberinto vemos anularse la voluntad de resistencia y nos preparamos para entrar inermes, caminando de rodillas y con las manos en la nuca a un nuevo orden mundial que no presagia un destino muy auspicioso para el pueblo-nación argentino. ¿Estaremos todavía a tiempo para torcer el destino?


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