Una de las características más llamativas de la posmodernidad, sobre todo en esta etapa que parecería ser terminal, es la generalización de la opinión. Tal vez gracias a la enorme difusión de las redes sociales o simplemente porque la posmodernidad tenía que ser así, en la actualidad el individuo es opinólogo antes de ser individuo: opinamos, luego existimos. El hombre posmoderno quiere tener opinión sobre cualquier asunto y quiere que los demás estén pendientes de dicha opinión. La mayor aspiración de muchos es generar la suficiente polémica todos los días para cosechar la mayor cantidad de interacciones en Twitter, aunque por lo general nadie sabe muy bien de qué está hablando.
Esta podría ser la descripción risueña de una sociedad desquiciada en la que todos son sordos, todos hablan a los gritos y nadie escucha a nadie. Daría quizá para una novela de Saramago, si Saramago viviera. Pero no hay nada de risueño en la descripción porque el desquicio en sí es la base de una sofisticada ingeniería social con la que el poder fáctico está conduciendo a la humanidad a un lugar muy oscuro. Lo que finalmente ocurre en medio al griterío y a la locura de gente tratando de gritar su fe ideológica más fuerte que el de al lado es que ya nadie está atento a nada y, por lo tanto, cualquier narrativa es posible en tanto y en cuanto no hay verdad.
No hay verdad porque todo es relativo, todo depende de la opinión de cada uno y como hay tantas opiniones como individuos, el resultado final es que literalmente cualquier cosa puede instalarse. No existe la autoridad intelectual, no hay un análisis serio de ninguna cuestión basándose en los hechos —los que terminan además perdiéndose en el griterío— y entonces lo que es puede ser cualquier cosa. Aquí el poder fáctico que antes debió invertir millonadas en el control de los medios de difusión tradicionales para imponer como única su narrativa cambia de estrategia e impone ahora millones de narrativas paralelas con el fin de que la verdad no se sepa.
Habría que analizar en profundidad este asunto, aunque por el momento basta con saber lo siguiente: incluso aquello que hace algunas décadas sería una obviedad para el observador medianamente informado y con cierta capacidad de razonamiento lógico hoy no es para nada obvio, se pone en duda y hasta se rechaza de plano. Los puntos de vista sobre un mismo tema son tantos que frente a una obviedad el observador tiende a confundirse, puesto que ya llega a la observación con la conciencia envenenada por el ruido de los opinólogos. Y pierde de vista aquello que en otro tiempo no se le hubiera escapado.
Esto es precisamente lo que ocurre con la actual guerra del imperialismo yanquisionista en Irán, un conflicto que está trastornando la economía mundial y que va a resultar en un mundo muy distinto para todos cuando concluya, si es que concluye. Todo el conflicto es un atropello y es una maldad, pero además es de una inviabilidad tal que el propio resultado ya está cantado de antemano. Pero las opiniones sobre la cosa son tantas que no se ve el atropello, no se ve la maldad y tampoco se ve la obviedad que es el resultado de todo esto. No solo hay gente ponderando el valor de justicia en las acciones de yanquis e israelíes, sino que además los hay quienes los ven triunfantes a estos.
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