Pandemónium

Sobre el final del ciclo hegemónico iniciado en 1945 y con un conflicto bélico que va a definir el ordenamiento mundial al menos para lo que queda de este siglo XXI, la humanidad se enfrenta al problema de la relativización de la verdad que impide, por su parte, la comprensión de la realidad. Todo lo que en efecto es está a la vista en la forma de obviedad, pero el ruido es tanto que las mayorías son incapaces de comprender lo que tienen delante de los ojos.
2604 8 00 web

Una de las características más llamativas de la posmodernidad, sobre todo en esta etapa que parecería ser terminal, es la generalización de la opinión. Tal vez gracias a la enorme difusión de las redes sociales o simplemente porque la posmodernidad tenía que ser así, en la actualidad el individuo es opinólogo antes de ser individuo: opinamos, luego existimos. El hombre posmoderno quiere tener opinión sobre cualquier asunto y quiere que los demás estén pendientes de dicha opinión. La mayor aspiración de muchos es generar la suficiente polémica todos los días para cosechar la mayor cantidad de interacciones en Twitter, aunque por lo general nadie sabe muy bien de qué está hablando.

Esta podría ser la descripción risueña de una sociedad desquiciada en la que todos son sordos, todos hablan a los gritos y nadie escucha a nadie. Daría quizá para una novela de Saramago, si Saramago viviera. Pero no hay nada de risueño en la descripción porque el desquicio en sí es la base de una sofisticada ingeniería social con la que el poder fáctico está conduciendo a la humanidad a un lugar muy oscuro. Lo que finalmente ocurre en medio al griterío y a la locura de gente tratando de gritar su fe ideológica más fuerte que el de al lado es que ya nadie está atento a nada y, por lo tanto, cualquier narrativa es posible en tanto y en cuanto no hay verdad.

No hay verdad porque todo es relativo, todo depende de la opinión de cada uno y como hay tantas opiniones como individuos, el resultado final es que literalmente cualquier cosa puede instalarse. No existe la autoridad intelectual, no hay un análisis serio de ninguna cuestión basándose en los hechos —los que terminan además perdiéndose en el griterío— y entonces lo que es puede ser cualquier cosa. Aquí el poder fáctico que antes debió invertir millonadas en el control de los medios de difusión tradicionales para imponer como única su narrativa cambia de estrategia e impone ahora millones de narrativas paralelas con el fin de que la verdad no se sepa.

Habría que analizar en profundidad este asunto, aunque por el momento basta con saber lo siguiente: incluso aquello que hace algunas décadas sería una obviedad para el observador medianamente informado y con cierta capacidad de razonamiento lógico hoy no es para nada obvio, se pone en duda y hasta se rechaza de plano. Los puntos de vista sobre un mismo tema son tantos que frente a una obviedad el observador tiende a confundirse, puesto que ya llega a la observación con la conciencia envenenada por el ruido de los opinólogos. Y pierde de vista aquello que en otro tiempo no se le hubiera escapado.

Esto es precisamente lo que ocurre con la actual guerra del imperialismo yanquisionista en Irán, un conflicto que está trastornando la economía mundial y que va a resultar en un mundo muy distinto para todos cuando concluya, si es que concluye. Todo el conflicto es un atropello y es una maldad, pero además es de una inviabilidad tal que el propio resultado ya está cantado de antemano. Pero las opiniones sobre la cosa son tantas que no se ve el atropello, no se ve la maldad y tampoco se ve la obviedad que es el resultado de todo esto. No solo hay gente ponderando el valor de justicia en las acciones de yanquis e israelíes, sino que además los hay quienes los ven triunfantes a estos.

Y esa es una imposibilidad. Más allá de que los Estados Unidos iniciaron una agresión contra el pueblo-nación iraní con el solo fin de darle a Israel la guerra regional que Tel Aviv cree necesitar para la realización de su proyecto hegemónico regional y luego global, de que eso empezó con un crimen de guerra, un crimen de lesa humanidad y un magnicidio y de que, en fin, todo es de una maldad abyecta, los Estados Unidos no pueden alcanzar objetivo alguno en este conflicto y, por lo tanto, lo perdieron desde el mismísimo momento en el que lo iniciaron.

Esta es la obviedad que puede observarse luego de un breve ejercicio lógico, pero que no se ve porque las opiniones son muchas y las mayorías se “informan” a partir de esas opiniones. Entonces el poder fáctico puede seguir haciendo desastres a través de Donald Trump y Benjamín Netanyahu sin que nadie sospeche que ambos están simulando hacer una guerra. Dicho de otra manera, pese a que la guerra en Irán es a todas luces inviable y ni siquiera debió iniciarse, los títeres políticos del poder real la pueden seguir haciendo porque nadie comprende esa inviabilidad y así va lográndose el verdadero objetivo que es la transformación de la realidad para todos.

De no haber tanta opinión y si el hombre tuviera todavía cierta capacidad de razonamiento lógico gran parte de estos problemas no existiría. Pero existen porque la verdad se relativizó y ahora cualquier opinólogo puede decir que el eje imperial yanquisionista debió intervenir en Irán porque los iraníes iban a tener la bomba atómica y que, además, es solo una cuestión de tiempo hasta que Washington y Tel Aviv sometan a Teherán y restablezcan el orden, la paz mundial, etc. Cuando uno consume esta opinión —y muchos efectivamente la consumen en medio al pandemónium—, uno tiende a contemplar pasivamente todo lo que ocurre a la espera de la resolución anunciada en la propia opinión.

Entonces nadie exige nada, los yanquis no exigen que su gobierno la corte con una guerra injusta que además ya está perdida y los demás no exigimos que nuestros gobiernos nacionales se posicionen claramente contra la injusticia. La humanidad está como anestesiada, ensordecida por un ruido constante y en permanente estado de shock. En la era de las comunicaciones a gran velocidad tenemos finalmente la enorme paradoja de la abundancia de información y, a la vez, una total desinformación por sobreinformación, lo que finalmente resulta en apatía y desinterés general.

El esquema del poderoso solo se instala en medio a la locura, solo puede ser viable si los de abajo dejan de ser capaces de pensar lógicamente. Por eso aparece esta nueva edición de Hegemonía, la 97ª., insistiendo con el ejercicio de la lógica en la observación como método para comprender una realidad que es bastante sencilla, aunque se quiere presentar como muy compleja hasta niveles de misterio. No hay misterio alguno, todo puede comprenderse si se observa con cierta objetividad y lógica. En las siguientes páginas tratamos de darle al atento lector la dosis justa de todo eso.


Este es un contenido exclusivo para suscriptores de la Revista Hegemonía.
Para seguir leyendo, inicie sesión o suscríbase.

No puedes copiar el contenido de esta página

Scroll al inicio
Logo web hegemonia

Inicie sesión para acceder al contenido exclusivo de la Revista Hegemonía

¿No tiene una cuenta?
Suscribase aquí

¿Olvidó su contraseña?
Recupérela aquí.

¿Su cuenta ha sido desactivada?
Comuníquese con nosotros.