Arrastrado por el torbellino de la vida cotidiana, el que implica una lucha por la subsistencia en medio a un sistema deshonesto, el hombre de a pie no se detiene jamás a reflexionar sobre sus propios deseos. La verdad es que la mayoría de la gente quiere cosas y no sabe muy bien para qué las quiere o por qué las necesita, simplemente las persigue haciendo de ellas el objetivo de su vida. Una de esas cosas para el hombre en las colonias de Occidente y sobre todo en Argentina es el dólar. Aquí todos queremos tener dólares, nos sentimos seguros y cubiertos teniéndolos, aunque nadie se detiene a pensar si esa seguridad es real.
Damos por sentado que el dólar estadounidense es una reserva de valor que no solo no está sujeta a alteraciones, sino que además eso va a ser siempre así. Ambas creencias son equívocas, son mera superstición instalada por la propaganda. El valor del dólar yanqui baja todos los días primeramente porque en los Estados Unidos, como en cualquier otro país, hay inflación. El dólar es, mucho antes de ser el instrumento universal de intercambio y de reserva, la moneda de curso legal de los Estados Unidos y, por lo tanto, está sujeta a la pérdida de valor en la misma medida que vaya acelerándose la inflación en ese país. Eso para empezar.
De acuerdo con datos oficiales (que no necesariamente reflejan la realidad y normalmente la maquillan), la inflación anual en los Estados Unidos oscila entre el 2% y el 3% anual, aunque consultoras privadas hablan de un ritmo que va más cercano al 10%. Sea como fuere, allí ya quedó demostrado que la primera creencia instalada, la de que el dólar estadounidense es una reserva de valor no sujeta a alteraciones, es una superstición. Ninguna moneda puede serlo porque la propia naturaleza de las monedas es la especulación financiera y, en consecuencia, la inestabilidad. El dólar estadounidense es dinero y como tal no puede valer ni vale lo mismo hoy que mañana, su valor es variable y lo es siempre a la baja.

Lo que equivale a decir que solo por el hecho de ser dinero ya vale un poco menos todos los días, así es el dinero. No son ladrillos, no son commodities, no es un producto industrializado que agrega valor. Es dinero. Es solo una representación del valor de la riqueza real. Los países y los individuos que por norma y consuetudinariamente constituyen sus reservas financieras en la acumulación de dólares estadounidenses pierden todos los días un poco de su riqueza y eso por la simple razón de que ni el dólar ni moneda alguna tiene un valor invariable en el tiempo.
Pero eso no es lo más grave y ni siquiera llega a ser un problema, todo está previsto como contingencia por el propio sistema financiero global y solo pierden realmente los individuos incautos que acumulan indefinidamente dólares debajo de un colchón o metidos en una media dentro del placard (incautos individuos que lamentablemente en Argentina y en toda América abundan). Lo más grave, el problema propiamente dicho, es que el dólar estadounidense como instrumento universal de intercambio y reserva está sostenido sobre una ficción. Una ficción de varias mentiras concomitantes que hoy están derrumbándose, además, rápidamente.
Lo que nadie jamás se pregunta es en qué riqueza real está respaldado el dólar estadounidense. Hay gente que todavía hoy cree, a más de medio siglo de la caída del patrón oro a manos de Richard Nixon en 1971, que por cada dólar estadounidense en circulación existe lo equivalente en oro guardado en algún Fort Knox de la vida. Hay gente que cree en eso y cree además que, en última instancia, puede ir a convertir sus dólares en oro para capear una tormenta de inestabilidad. Pero no es así, el dólar estadounidense no tiene respaldo alguno en oro ni podría tenerlo, puesto que no existe en el mundo oro suficiente para respaldar todos los dólares que están en circulación.

Nadie sabe, dicho sea de paso, cuántos son esos dólares que circulan hoy por la economía mundial. No lo sabe el gobierno de los Estados Unidos y no lo sabe la Reserva Federal, ese banco central privatizado que es el verdadero emisor del dólar. No lo saben ni quieren saberlo porque han emitido de una forma tan descontrolada desde 1971 en adelante que la sola vista de la cifra total de dólares existentes en la actualidad les daría un patatús. Todos saben que esa emisión es una suerte de esquema Ponzi y que cuando la burbuja estalle no habrá para pagarle a básicamente nadie porque no existe ni una fracción de la riqueza real representada en esos numeritos.
Pero si no es en oro y tampoco es en riqueza real, puesto que no la hay para cubrir todo lo que se emite, ¿en qué se respalda realmente ese dólar que se presenta como la moneda nacional de los Estados Unidos y, en realidad, es la moneda privada de los Rothschild mediante la Reserva Federal? En nada, claramente, el dólar estadounidense no se respalda en nada y solo seguirá funcionando como moneda universal de intercambio y reserva mientras los demás lo sigan utilizando, precisamente, como instrumento de intercambio y de reserva. Así de simple, el dólar existe porque mucha gente al mismo tiempo cree que existe y de ahí la definición de que es una ficción con varias mentiras concomitantes.
Después de una decadencia acelerada y de venir perdiendo terreno en las últimas tres décadas ante la emergencia de potencias como Rusia y China, los Estados Unidos llegaron a un punto en el que sostienen su dominación básicamente solo actuando como proxeneta de los países árabes del Golfo Pérsico. Esto es lo último que queda del imperialismo yanqui y puede definirse como una simple operación de lavado de dinero en la compraventa de petróleo. Los países árabes del Golfo Pérsico son colonias de los Estados Unidos y su función es una sola: la de vender su abundante y rico petróleo únicamente en dólares estadounidenses. He ahí, al desnudo y sin mayores explicaciones, el famoso petrodólar.

Los árabes venden su petróleo en dólares estadounidenses y los vuelven a inyectar en la economía mundial invirtiéndolos en cualquier otra cosa, comprando cualquier otra cosa y haciendo circular otra vez esos dólares. Para comprarles petróleo a los árabes del Golfo el comprador debe tener dólares y cuando les vende algo a los árabes del Golfo —quienes compran mucho, muchísimo— el vendedor recibe dólares de esos árabes. Y eso es todo, con esta sencilla operación llamada petrodólar los Estados Unidos vienen sosteniendo la moneda de la Reserva Federal como instrumento universal de intercambio y reserva, puesto que todos necesitan petróleo y todos les quieren vender algo a los árabes ricos del Golfo Pérsico.
El asunto es que, al parecer, Rusia y China han resuelto darle el golpe final a un petrodólar que ya venían socavando mediante alianzas estratégicas de comercio internacional en otras monedas. Rusia ya venía vendiéndole su petróleo a China en yuanes chinos e importando manufactura de China en rublos rusos, o viceversa. Lo importante es que hace varios años que entre Rusia y China ya no circula el dólar estadounidense. Incluso Arabia Saudita, que es la piedra angular del petrodólar, ya empezó a negociar con China su petróleo en moneda emitida por Beijing. Todo esto ya venía ocurriendo y ahora viene el golpe de gracia propinado por Irán con el respaldo, precisamente, de rusos y chinos.
Al cerrar el Estrecho de Ormuz por primera vez en la historia, Irán detuvo la circulación del petróleo, del gas natural y de los fertilizantes que los países árabes del Golfo Pérsico vendían en dólares y el resultado es que ahora no solo nadie tiene que hacerse de dólares para comprar un petróleo que no se vende porque no puede embarcarse, sino que además los árabes del Golfo no tienen dólares para volver a inyectar en la economía global. Y para jodérsela aún más a la hegemonía unipolar de Washington, Irán ahora exige que para pasar por el Estrecho de Ormuz con petróleo, gas natural y fertilizantes, tanto la carga como el peaje deben pagarse el yuanes chinos.

Es decir, Irán mata al petrodólar y en el mismo acto crea el petroyuan. Alguien podría argumentar que esto no es más que un cambio formal en la denominación de la moneda de intercambio de commodities en una región del mundo, pero ese argumento sería falso. El petrodólar solo existe por los países de esa región que es la del Golfo Pérsico y además es la base de un sistema económico mundial que, a su vez, es lo único que sostiene hoy la hegemonía unipolar de los Estados Unidos. Si el petrodólar deja de existir porque Irán impide su circulación y además fomenta la circulación de un novedoso petroyuan, entonces el sistema-mundo resultante del cierre de la II Guerra Mundial en 1945 cayó y fue reemplazado ya por otro sistema.
Entonces o bien los Estados Unidos logran desbloquear el paso naval por el Estrecho de Ormuz en los próximos días —cosa que nadie sabe cómo puede lograrse y parecería ser más bien una quimera— o el ordenamiento mundial multipolar con Rusia y China a la cabeza habrá quedado establecido de un modo irreversible. Y aunque ocurra el milagro mentado y los yanquis logren liberar el paso por el Estrecho de Ormuz para quienes quieran pagar en petrodólares, lo más probable es que eso no tenga ningún efecto porque la normal circulación tardaría meses en restablecerse. Y los Estados Unidos están moribundos, no tienen con qué sostener su sistema-mundo durante meses sin la circulación irrestricta del petrodólar.
Meses, no semanas. Las compañías de seguros, por una parte, requieren de hasta 90 días sin ningún incidente en una región para restablecer la cobertura de siniestros en dicha región. Y sin el respectivo seguro ninguna naviera va a exponer a unos tanqueros que vacíos, sin contar la carga de petróleo, suelen estar valorados en alrededor de 300 millones de dólares. Son 90 días ininterrumpidos sin que ningún buque sea alcanzado por un cohete o dron iraní mientras transita por una angostura de 30 kilómetros controlada territorialmente por Irán. Es una quimera, como se ve. Aunque Irán sea destruido por los bombardeos de los Estados Unidos y de Israel, siempre va a quedar alguna resistencia por allí con cohetes, misiles y drones para que no pase un solo día sin incidentes en el Estrecho de Ormuz.

Por otra parte, la propia infraestructura de producción de petróleo ya está comprometida en todo el Golfo Pérsico, ya no se podrá exportar petróleo desde allí con la misma estabilidad en el suministro que solía haber antes de esta guerra. Pozos petroleros y yacimientos de gas natural están en llamas, refinerías han sido destruidas o inhabilitadas por bombardeos en toda la región. Los propios gobiernos de Qatar y Arabia Saudita ya adelantan que las obras de reconstrucción de esa infraestructura son un proceso que puede llegar a durar entre tres y cinco años, ingentes inversiones mediante. Pero aunque estuviera el dinero para hacer esas inversiones, las obras solo podrían arrancar cuando paren de llover misiles y drones, cosa que parece estar muy lejos de ocurrir.
La conclusión es que Irán destruyó el petrodólar que era la base del sistema económico global controlado por los Estados Unidos y con ello terminó de enterrar la hegemonía global del eje Washington/Tel Aviv. Pase lo que pase y tenga el resultado que tenga la guerra, el sistema-mundo ya cambió y los Estados Unidos ya no mandan. Ahora mandan otros. Y el dólar ya es papel pintado, los dólares son papelitos de color e incluso menos que eso porque en muchos casos no pasan de un numerito en una pantalla. Bien mirada la cosa, quienes tengan dólares en billete serán los menos perjudicados en esta debacle. A diferencia de quienes acumulan dólares digitales, los que tengan billetes debajo del colchón o dentro de una media podrán por lo menos empapelar sus paredes en color verde.