Partida, repartida y devorada

De manera inesperada, aunque no del todo sorpresiva porque el golpe estaba al caer, el poder fáctico global que pretende recolonizar el territorio argentino lanzó contra el pueblo-nación una brutal campaña de demonización con el fin de insensibilizar a la opinión pública de antemano frente a futuras agresiones. Ahora la imagen colectiva del argentino en el mundo está profundamente dañada y la mesa, por lo tanto, está servida para que se traslade aquí el escenario que actualmente se ve en Palestina. Ahora el argentino es malo, es un racista, un xenófobo, un soberbio y un sucio. Nadie suele solidarizarse con quienes son la perfecta representación del mal.
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Durante el pasado campeonato mundial de fútbol, el que coronó en una final mínimamente polémica a los españoles sobre los argentinos, tuvo lugar un extraño movimiento en los medios de difusión tradicionales y mucho más todavía en las redes sociales. Prácticamente de la nada misma se difundieron masivamente mensajes cuyo contenido expresaba un odio visceral contra el argentino, este pueblo-nación que en su breve historia jamás colonizó ni oprimió a nadie y que es además en la actualidad sujeto de una imposición colonial en sus islas del Atlántico sur. Un pueblo-nación que reúne todas las características para ubicarse como víctima de un sistema-mundo injusto y obtener por lo tanto la simpatía de los demás se vio, de pronto, expuesto a una avalancha de ataques contra su imagen y la destrucción brutal de todo el poder suave que había logrado construir precisamente con su selección de fútbol como mascarón de proa. Allí donde las puertas se abrieron de par en par para los argentinos en las relaciones internacionales fueron crucificados estos mismos argentinos por lo que pretende presentarse monolíticamente como la opinión pública global.

Todo eso en poco más de tres años y medio desde el pasado campeonato mundial de fútbol que se realizó en Qatar y que propició en su momento sendas expresiones de afecto hacia Argentina desde lugares insospechados como pueden serlo Bangladesh, la India y remotos parajes del Pacífico. En tan solo tres años y medio el poder suave de los argentinos para relacionarse internacionalmente —el que además fue desaprovechado por el país en lo institucional— se revirtió en una ojeriza generalizada cuyos argumentos fueron aparentemente un supuesto racismo, una conducta soberbia y deshonesta. De la noche a la mañana el argentino fue ubicado en el lugar de la representación del mal absoluto o poco menos que eso. En las redes sociales se creó la imagen de los nuevos nazis, entendido esto en el sentido del consenso que suele formarse contra los perdedores al finalizar una guerra. Un movimiento extraño básicamente porque la Argentina no perdió guerra alguna en 2026, pero sobre todo porque bien mirada la cosa es un poco difícil comprender la utilidad de un consenso internacional contra un país tan periférico como el nuestro.

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El influencer estadounidense Darren Watkins —vulgarmente conocido como “Speed”— es una especie de payaso mediático de las redes sociales cuyo método es la provocación con el fin de generar interacciones mediante la polémica. Watkins fue uno de los que más protagonismo tuvieron en la campaña de odio contra los argentinos insistiendo en la tesis del racismo y fue clave en la construcción del consenso. La revelación de las afiliaciones reales de personajes como este es una tarea social urgentísima en esta posmodernidad mediática, porque claramente ninguno de estos dice gratis lo que dice. Siempre está la sinarquía internacional moviendo los hilos de los títeres.

Pero el consenso se formó en efecto y salvo por honrosas excepciones se subieron desde todas partes al coro antiargentino en las redes sociales. Fue todo un suplicio el escrutinio de Twitter, Facebook e Instagram durante los 40 días del campeonato mundial de fútbol y encontrarse allí con un rosario de ofensas y acusaciones que de haber sido dirigido no a los argentinos sino, por ejemplo, a los judíos, habría sido inmediatamente reprimido por calificar como discurso de odio. Pero el discurso de odio, como se sabe, no es tal cuando la minoría ofendida carece de poder político para exigir su represión. El argentino no tiene ese poder y entonces hubo vía libre para vilipendiarlo durante más de un mes en las redes sociales y también en los medios, los que hoy por hoy no hacen mucho más que reproducir lo que sucede en Twitter. Y así quedó instalada a nivel mundial una imagen muy negativa del argentino pintado como racista, soberbio y deshonesto. Una imagen distorsionada, es cierto, pero efectiva al fin y al cabo en un mundo donde la realidad importa infinitamente menos que sus interpretaciones.

Ahora bien, sin entrar a ponderar los argumentos de esta que es una auténtica campaña de desprestigio, puesto que el racismo concreto en Argentina no existe y tanto la soberbia como la deshonestidad no pueden atribuirse a todo un pueblo-nación sin caer en generalizaciones absurdas, lo que más poderosamente llama la atención en todo este embrollo es la perfección con la que la campaña en sí estuvo sincronizada. Es muy sabido hace ya varios años que el contenido de las redes sociales no es orgánico, esto es, que la idea común de que en Twitter, Facebook, Instagram, TikTok y demás el de a pie se expresa libremente es directamente falsa. Lo que sale publicado en las redes sociales y se viraliza, se difunde masivamente, es el producto de las operaciones de quienes tienen el poder y el dinero para manipular el famoso algoritmo. Entonces la conclusión necesaria es que esta nefasta campaña de difamación y destrucción de imagen contra el pueblo-nación argentino solo pudo haber sido orquestada y financiada por alguien, puesto que de otro modo no habría tenido lugar.

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A partir de la obtención del campeonato mundial en Qatar los argentinos se hicieron con un inesperado poder suave en países como Bangladesh, donde el pueblo tomó las calles con los colores celeste y blanco para alentar a la selección y demostrar su amor por el país. En tan solo tres años y medio todo eso se perdió e insólitamente los argentinos pasaron a ser hostilizados en casi todas partes como resultado de una intensa campaña de difamación en las redes sociales y en los medios.

Lejos de resolver el problema, esta conclusión dispara preguntas aún más inquietantes y no es para menos. ¿A quién podría interesarle el destruir la imagen de un pueblo-nación que, además de ser muy periférico, como se vio anteriormente, no tiene enemistad más que con quienes ocupan de manera ilegal parte de su territorio y tampoco manifiesta amenaza potencial alguna a sus vecinos ni a nadie en absoluto? He aquí que este caracterizar a los argentinos como los nazis del siglo XXI no tendría, al menos en apariencia, ninguna finalidad concreta. Y entonces el enigma se pone más turbio que antes. Una campaña que naturalmente insume buena cantidad de horas de operación y muchísimo dinero debe tener un fin determinado y este, además, únicamente puede ser un fin económico. En una palabra y sin llegar todavía a un razonamiento demasiado profundo sobre esta cuestión, el que haya echado a rodar esta campaña internacional de difamación y desprestigio contra el pueblo-nación argentino tiene sin lugar a duda un interés económico en el asunto.

Y todo el problema se reduce automáticamente a comprender la naturaleza de dicho interés, es decir, a tratar de entender qué puede querer del pueblo-nación argentino ese poder fáctico cuya identidad permanece todavía indeterminada. ¿Qué es lo que aquí somos o tenemos y puede interesarle a un individuo, grupo de individuos o institución para que uno de estos financie y orqueste una campaña de difamación orientada a desprestigiar a todo un pueblo, instalando para millones de personas una imagen distorsionada y ciertamente muy mala? Al igual que en la criminalística, este y cualquier otro interrogante puede empezar a resolverse mediante la aplicación lógica del cui bono latino, o preguntándose quién gana al perpetrarse un crimen o un delito. Y para reducir aún más la lista de sospechosos es preciso primero determinar el botín, saber qué ganancias tendría el que quiere ganar a río revuelto. Para saber quién agrede al argentino hace falta entender qué es lo que el argentino es o tiene y por qué algo de eso podría serles útil a otros. Allí tiene que estar la clave que resuelve el misterio.

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El caso de la abogada santiagueña Agostina Páez fue el caso testigo más usado por los influencers para demostrar que el argentino es racista, pese a que claramente se trató de una excepción entre los cientos de miles de argentinos que visitan Brasil todos los años. Páez estuvo detenida en Río de Janeiro por injuria racial y no por racismo, puesto que dicha figura legal es imposible allí donde el racismo es una ideología o bien la segregación racial concreta. Pero todo se mezcla cuando hay interés en difamar.

Aquí aparece otra vez la imagen del nuevo nazi. Como se sabe o al menos debería saberse, el pueblo-nación alemán quedó sujeto de toda suerte de tropelías sobre el final de la II Guerra Mundial con la derrota nazi a manos de la alianza contra natura —y únicamente viable por el elemento judaizante que estaba presente en ambos lados del pacto— entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, las dos superpotencias de ese momento. Tras este resultado bélico, se instaló una imagen muy negativa de los alemanes en la opinión pública mundial y, en consecuencia, un sencillo razonamiento lógico según el que todo alemán era nazi y por lo tanto merecedor de cualquier castigo. De ahí, por ejemplo, que pocos se hayan enterado y casi nadie (o directamente nadie) se haya horrorizado por el bombardeo sobre Dresde en 1945. Aunque Dresde no era un objetivo militar, contra la ciudad fueron arrojadas 4.000 toneladas de explosivos que ocasionaron una tormenta de fuego. ¿Por qué? Porque los alemanes eran unos nazis malos y se lo merecían. Dresde fue una vendetta.

Las decenas de miles de alemanes calcinados en Dresde jamás llegaron a comprender qué les había pasado, no tuvieron tiempo de entender cuáles son las consecuencias prácticas de una campaña de difamación sumada a una derrota en el terreno de lo militar. Sea como fuere, el bombardeo a Dresde reúne todas las condiciones para definirse como un crimen de lesa humanidad y un crimen de guerra, pero a nadie se le ocurrió definirlo así y por las razones antes mentadas. En Dresde había alemanes, los alemanes —todos los alemanes, nazis o no— eran la representación del mal y cualquier castigo en su contra debía interpretarse no como un crimen, sino todo lo opuesto. Los actos de barbarie de los aliados británicos, estadounidenses y soviéticos contra el pueblo-nación alemán a partir de principios de 1945 y durante varios años posteriores naturalmente iban a considerarse más bien actos de justicia y así fue en la práctica cómo Dresde funcionó como caso testigo, como botón de muestra, aunque desde luego no como excepción. A partir de la destrucción de su imagen internacional los alemanes sufrieron todas las consecuencias en carne propia de un modo hasta literal.

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Panorama de la ciudad de Dresde en Alemania después del ataque que quedó tristemente conocido como la “tormenta de fuego”. Dresde no era un objetivo militar y tampoco estratégico, la guerra estaba en los alrededores de Berlín y a punto de finalizar. Pero los aliados calcinaron a cientos de miles en Dresde porque sí y a nadie le importó porque, como se sabe, “esos nazis la tenían muy bien merecida”.

El cui bono y el botín aquí quedan expuestos en el hecho de la vendetta de quienes se habían infiltrado en el poder político tanto de la Unión Soviética como de los Estados Unidos, sin perjuicio de que una Alemania arrodillada también les sirvió posteriormente para condicionar el destino de ese país, uno que venía a reclamar protagonismo en la geopolítica grande y terminó siendo un peón —algo privilegiado por la bipolaridad de la Guerra Fría, pero peón al fin— de intereses ajenos. La historia contrafáctica no existe porque refiere a lo que no sucedió, pero indica asimismo que de haber triunfado en la II Guerra Mundial Alemania sería hoy la superpotencia hegemónica en soledad. Pero Alemania perdió, fue sometida a un reparto a manos de los estadounidenses y los soviéticos y luego reducida a un rol subalterno en el que todavía se encuentra. Lo más importante para lo que aquí se discute, no obstante, es que el pueblo-nación alemán estuvo expuesto al escarnio y esa es la consecuencia de la derrota, aunque mucho más de una campaña de desprestigio que lo despojó de cualquier solidaridad internacional.


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