Con la sola finalidad de garantizar una seguridad jurídica para la propiedad privada que las monarquías absolutas no querían ni podían otorgar se hizo en Europa una revolución cuyo brazo largo se extiende a través de la historia en casi doscientos cincuenta años hasta el presente, aunque con sus premisas fundamentales presentando ya signos de desgaste terminal. La vulgarmente llamada revolución francesa de 1789 formateó el pensamiento en Occidente y en las colonias de un modo decisivo, impuso sus valores modernos con peso determinante del ordenamiento social y moldeó el mundo tal y como lo conocemos los contemporáneos. Todo lo que existe en términos políticos, económicos y sociales hoy es, directa o indirectamente, el resultado necesario del proceso que arranca a mediados del siglo XVII con la guerra civil en Inglaterra y el advenimiento de la Ilustración, hace crisis en ese potente símbolo que fue la caída de la Bastilla de San Antonio de París en los últimos años del siglo XVIII y llega hasta los días de hoy.
El sistema educativo de Occidente y de las colonias no suele profundizar demasiado en el estudio de este hecho político que sin embargo es fundante. Esta revolución francesa es decisiva para la cultura occidental y decisiva también para casi todo el mundo por prepotencia colonial, pues a partir de esta revolución los europeos empiezan a generalizar su cosmovisión moderna sobre el mundo que estaba bajo su control. En países actuales como Argentina la revolución de los burgueses de Francia habría de determinar todo el ordenamiento político, económico y social mediante la imposición de las premisas liberales y, por lo tanto, una comprensión total de la realidad presente debería empezar por el conocimiento en profundidad de la revolución de 1789 que es la modernidad por antonomasia. El resultado de este entendimiento sería la conclusión de que el liberalismo se instaló como hegemónico, torció el destino de una Argentina que estaba destinada a ser hispana y católica por herencia de España, pero terminó ordenándose, contra natura, un poco a la inglesa y otro tanto a la francesa.
El estudio en profundidad de la revolución burguesa de 1789 permitiría entonces concluir que la decadencia cultural y moral existente hoy aquí y en todos los territorios que se le arrebataron fácticamente a España a partir de principios del siglo XIX por Francia e Inglaterra es el síntoma más evidente del agotamiento del sistema instalado por esos ingleses y franceses. En una palabra, no puede comprenderse por qué Argentina y los demás países de América que suelen llamarse subdesarrollados son tan inestables sin entender asimismo que, en realidad, esta inestabilidad es más bien inherente a la crisis del sistema moderno y liberal de Occidente que a los propios países donde el sistema se instaló. El problema, en definitiva, es la insistencia en la adhesión a esa modernidad liberal que ya está agotada. Una verdadera teoría de liberación nacional en estas latitudes no puede empezar sin el reconocimiento de que el sistema de la revolución burguesa de 1789 es la piedra angular de la subordinación y del fracaso actuales.

He ahí la razón por la que la doctrina del nacional justicialismo de Juan Domingo Perón —que es la teoría de la liberación nacional americana por antonomasia— empieza naturalmente con la afirmación de la hispanidad y del cristianismo, de valores que son diametralmente opuestos a la tesis liberal y moderna de los burgueses revolucionarios de Europa. Perón comprendió desde siempre el hecho de la usurpación implícito en el proceso de independencia de los primeros años del siglo XIX, supo que allí Argentina había dejado de pertenecer al imperio español para ser una neocolonia de las dos potencias mundiales de la época: Inglaterra y Francia. Y que la forma de imposición de ese neocolonialismo había sido el reemplazo de los valores hispanos por los de la burguesía anglosajona. Puede no resultar del todo claro para el observador contemporáneo, pero Perón vio con claridad meridiana ya en su tiempo que la cosmovisión de la revolución francesa está en las antípodas de la hispanidad y es su enemiga natural.
Esto es así básicamente porque la modernidad liberal de la revolución burguesa propone la desacralización del mundo para su posterior mercantilización, algo que los hispanos en particular y los cristianos en general rechazan de plano. Para la modernidad liberal nada es sagrado y todo tiene un precio, no existe el honor y el mérito no surge ya de los logros sociales de un individuo sino de su capacidad para acumular dinero sin cuidado de los métodos. Como se ve, es todo lo opuesto a la doctrina cristiana y también a la hispanidad, la que históricamente se basa en el dogma cristiano y más precisamente en el catolicismo. Perón quizá haya comprendido esto un poco intuitivamente en un principio, aunque luego profundizó en el estudio de la filosofía y constituyó una doctrina de gran calidad argumental, prácticamente incontrastable para los charlatanes de la modernidad liberal. Aunque la quieran falsar con argumentos ideológicos propios de la revolución burguesa, la teoría justicialista de liberación nacional siempre termina arraigándose más en la realidad efectiva de los pueblos-nación americanos.

De ahí la idea de que la única verdad es la realidad, que se le atribuye a Aristóteles y que fue utilizada por Perón para combatir a los charlatanes liberales cada vez que estos intentaban falsar esta teoría justicialista de liberación nacional que es el peronismo. Cuando Perón decía y repetía hasta el hartazgo que la única verdad es la realidad lo que hacía era afirmar que el nacional justicialismo surgía de la realidad social e histórica y en representación de dicha verdad absoluta en la política, nunca de la torre de marfil de la ideología. Y claro, al referirse a un pueblo cristiano e hispano, esa verdad absoluta no podía ser otra que la del cristianismo y de la hispanidad. Los charlatanes liberales quedaban entonces fuera de juego con sus argumentos más propios de los anglosajones, sin arraigo en la cultura del pueblo-nación en estas latitudes. Para derrotar a este Perón aristotélico y fiel a la realidad efectiva tuvieron entonces que recurrir a la fuerza, que es el derecho de las bestias.
A estos charlatanes liberales el peronismo llamó “gorilas”, antiperonistas tanto por derecha como por izquierda. Los argumentos de la modernidad liberal anglosajona venían (y siguen viniendo hasta los días de hoy, porque cuando muere el zonzo viejo queda la zonza preñada, como decía Arturo Jauretche) tanto de los liberales propiamente dichos como de los socialistas, que no son otra cosa que una interna de la modernidad burguesa. En 1946 alrededor de la mesa del embajador estadounidense Spruille Braden y luego en 1955 como entusiastas del bombardeo y del golpe, socialistas y liberales coincidieron en que Perón era Hitler y que, por lo tanto, todo era válido para destruirlo, incluso la guerra. ¿Y por qué? Porque al fin y al cabo el zurdo y el diestro son la misma cosa jacobina reflejada en un espejo. En el origen de la ideología de la derecha y de la izquierda lo único que hay es modernidad liberal anglosajona, es revolución burguesa europea de cabo a rabo. Es todo cosa importada.

También Jauretche, ya a modo de introducción en su Manual de zonceras argentinas, en uno de los párrafos más jugosos de la literatura política hispanoamericana, dice sobre la ideología liberal y cipaya de Sarmiento lo siguiente: “La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América trasplantando el árbol y destruyendo lo indígena que podía ser obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa y no según América”. La metáfora del árbol es una genialidad por donde se la mire porque permite comprender el nivel de rechazo por lo autóctono existente entre los liberales intoxicados por la ideología moderna importada de Europa. Para estos liberales, la civilización es todo lo que resulte de la revolución burguesa de los anglosajones y lo demás, incluso y especialmente lo propio, lo americano, es barbarie.
Entonces Perón y Jauretche entendieron cabalmente el tema de la oposición frontal entre la hispanidad cristiana de los criollos americanos y la modernidad liberal de Inglaterra y Francia, por lo que reivindicaron aquella como fundamento civilizatorio en Argentina y en América. Esto conduce a la comprensión de que desde el punto de vista del americano en su cultura autóctona —que es la cultura del mestizo, no la europea ni la originaria puras, sino la síntesis de ambas— la cosmovisión importada de Europa es el árbol trasplantado que no considera las características propias del terreno ni las respeta, es una imposición antinatural a todas luces. La modernidad liberal es propia de los países del Occidente industrializado y desarrollado y, al no pertenecer a la realidad hispanoamericana, lo único que puede hacer aquí al instalarse es daño. El hecho de que en Argentina y en la región no pueda consolidarse un proyecto de liberación nacional y desarrollo puede deberse y probablemente se deba a que el árbol trasplantado no prospera en estas tierras.
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