Pecado original: un suicidio sistémico y liberal

Reputada positivamente por el sentido común colonizado como el punto de inflexión histórico después del que la humanidad vio la luz luego de un milenio de oscuridad, la revolución burguesa de Francia es, en realidad y en la opinión de la tercera posición comunitaria, una derrota decisiva del hombre ante el individualismo liberal. El triunfo de la burguesía a partir de la Ilustración y más aún desde 1789 en adelante tiene consecuencias que hasta el presente son nefastas para el ordenamiento social en Occidente y en las colonias y, por ello, constituye una amenaza a la mismísima continuidad de la especie humana sobre el planeta.
2605 3 00 web

Con la sola finalidad de garantizar una seguridad jurídica para la propiedad privada que las monarquías absolutas no querían ni podían otorgar se hizo en Europa una revolución cuyo brazo largo se extiende a través de la historia en casi doscientos cincuenta años hasta el presente, aunque con sus premisas fundamentales presentando ya signos de desgaste terminal. La vulgarmente llamada revolución francesa de 1789 formateó el pensamiento en Occidente y en las colonias de un modo decisivo, impuso sus valores modernos con peso determinante del ordenamiento social y moldeó el mundo tal y como lo conocemos los contemporáneos. Todo lo que existe en términos políticos, económicos y sociales hoy es, directa o indirectamente, el resultado necesario del proceso que arranca a mediados del siglo XVII con la guerra civil en Inglaterra y el advenimiento de la Ilustración, hace crisis en ese potente símbolo que fue la caída de la Bastilla de San Antonio de París en los últimos años del siglo XVIII y llega hasta los días de hoy.

El sistema educativo de Occidente y de las colonias no suele profundizar demasiado en el estudio de este hecho político que sin embargo es fundante. Esta revolución francesa es decisiva para la cultura occidental y decisiva también para casi todo el mundo por prepotencia colonial, pues a partir de esta revolución los europeos empiezan a generalizar su cosmovisión moderna sobre el mundo que estaba bajo su control. En países actuales como Argentina la revolución de los burgueses de Francia habría de determinar todo el ordenamiento político, económico y social mediante la imposición de las premisas liberales y, por lo tanto, una comprensión total de la realidad presente debería empezar por el conocimiento en profundidad de la revolución de 1789 que es la modernidad por antonomasia. El resultado de este entendimiento sería la conclusión de que el liberalismo se instaló como hegemónico, torció el destino de una Argentina que estaba destinada a ser hispana y católica por herencia de España, pero terminó ordenándose, contra natura, un poco a la inglesa y otro tanto a la francesa.

El estudio en profundidad de la revolución burguesa de 1789 permitiría entonces concluir que la decadencia cultural y moral existente hoy aquí y en todos los territorios que se le arrebataron fácticamente a España a partir de principios del siglo XIX por Francia e Inglaterra es el síntoma más evidente del agotamiento del sistema instalado por esos ingleses y franceses. En una palabra, no puede comprenderse por qué Argentina y los demás países de América que suelen llamarse subdesarrollados son tan inestables sin entender asimismo que, en realidad, esta inestabilidad es más bien inherente a la crisis del sistema moderno y liberal de Occidente que a los propios países donde el sistema se instaló. El problema, en definitiva, es la insistencia en la adhesión a esa modernidad liberal que ya está agotada. Una verdadera teoría de liberación nacional en estas latitudes no puede empezar sin el reconocimiento de que el sistema de la revolución burguesa de 1789 es la piedra angular de la subordinación y del fracaso actuales.

2605 3
Representación del asalto a la Bastilla de San Antonio de París el 14 de julio de 1789, obra del pintor francés Jean-Baptiste Lallemand que está expuesta en el Museo Histórico de Carnavalet. Después de cien años de generalización de las ideas de la Ilustración en Occidente se consumó al fin ese día el pecado original en la forma de una revolución política. La burguesía empezaba a ascender al lugar de clase dominante y el resultado de esto en el largo plazo sería el triunfo de un liberalismo que para la comunidad es disolvente.

He ahí la razón por la que la doctrina del nacional justicialismo de Juan Domingo Perón —que es la teoría de la liberación nacional americana por antonomasia— empieza naturalmente con la afirmación de la hispanidad y del cristianismo, de valores que son diametralmente opuestos a la tesis liberal y moderna de los burgueses revolucionarios de Europa. Perón comprendió desde siempre el hecho de la usurpación implícito en el proceso de independencia de los primeros años del siglo XIX, supo que allí Argentina había dejado de pertenecer al imperio español para ser una neocolonia de las dos potencias mundiales de la época: Inglaterra y Francia. Y que la forma de imposición de ese neocolonialismo había sido el reemplazo de los valores hispanos por los de la burguesía anglosajona. Puede no resultar del todo claro para el observador contemporáneo, pero Perón vio con claridad meridiana ya en su tiempo que la cosmovisión de la revolución francesa está en las antípodas de la hispanidad y es su enemiga natural.

Esto es así básicamente porque la modernidad liberal de la revolución burguesa propone la desacralización del mundo para su posterior mercantilización, algo que los hispanos en particular y los cristianos en general rechazan de plano. Para la modernidad liberal nada es sagrado y todo tiene un precio, no existe el honor y el mérito no surge ya de los logros sociales de un individuo sino de su capacidad para acumular dinero sin cuidado de los métodos. Como se ve, es todo lo opuesto a la doctrina cristiana y también a la hispanidad, la que históricamente se basa en el dogma cristiano y más precisamente en el catolicismo. Perón quizá haya comprendido esto un poco intuitivamente en un principio, aunque luego profundizó en el estudio de la filosofía y constituyó una doctrina de gran calidad argumental, prácticamente incontrastable para los charlatanes de la modernidad liberal. Aunque la quieran falsar con argumentos ideológicos propios de la revolución burguesa, la teoría justicialista de liberación nacional siempre termina arraigándose más en la realidad efectiva de los pueblos-nación americanos.

2605 3
Otra bella representación, esta realizada por una mano anónima, de este punto considerado de inflexión que fue la toma de la Bastilla en 1789. El hecho es conmemorado en Francia como fecha nacional —una especie de día de la independencia para los franceses—, aunque fue de relativa poca monta en términos bélicos. En la Bastilla solo había algún armamento y reclusos que fueron liberados en el acto, pero la caída de esta fortaleza se eligió a posteriori como el símbolo o el hito inicial de lo que vulgarmente se suele llamar la revolución francesa.

De ahí la idea de que la única verdad es la realidad, que se le atribuye a Aristóteles y que fue utilizada por Perón para combatir a los charlatanes liberales cada vez que estos intentaban falsar esta teoría justicialista de liberación nacional que es el peronismo. Cuando Perón decía y repetía hasta el hartazgo que la única verdad es la realidad lo que hacía era afirmar que el nacional justicialismo surgía de la realidad social e histórica y en representación de dicha verdad absoluta en la política, nunca de la torre de marfil de la ideología. Y claro, al referirse a un pueblo cristiano e hispano, esa verdad absoluta no podía ser otra que la del cristianismo y de la hispanidad. Los charlatanes liberales quedaban entonces fuera de juego con sus argumentos más propios de los anglosajones, sin arraigo en la cultura del pueblo-nación en estas latitudes. Para derrotar a este Perón aristotélico y fiel a la realidad efectiva tuvieron entonces que recurrir a la fuerza, que es el derecho de las bestias.

A estos charlatanes liberales el peronismo llamó “gorilas”, antiperonistas tanto por derecha como por izquierda. Los argumentos de la modernidad liberal anglosajona venían (y siguen viniendo hasta los días de hoy, porque cuando muere el zonzo viejo queda la zonza preñada, como decía Arturo Jauretche) tanto de los liberales propiamente dichos como de los socialistas, que no son otra cosa que una interna de la modernidad burguesa. En 1946 alrededor de la mesa del embajador estadounidense Spruille Braden y luego en 1955 como entusiastas del bombardeo y del golpe, socialistas y liberales coincidieron en que Perón era Hitler y que, por lo tanto, todo era válido para destruirlo, incluso la guerra. ¿Y por qué? Porque al fin y al cabo el zurdo y el diestro son la misma cosa jacobina reflejada en un espejo. En el origen de la ideología de la derecha y de la izquierda lo único que hay es modernidad liberal anglosajona, es revolución burguesa europea de cabo a rabo. Es todo cosa importada.

2605 3
“La única verdad es la realidad” es una máxima atribuida al filósofo clásico Aristóteles y que fue muy utilizada por Perón para sintetizar su realismo político frente a las fantasías ideológicas de la derecha y la izquierda en su tiempo. Lo que Perón quiso significar es que América tiene su particularidad y la política no debería introducir aquí categorías de pensamiento importadas. Perón tenía razón, sabía que la imposición del liberalismo sería un veneno para el hombre americano. La estatua de Aristóteles, por su parte, está emplazada en su Estagira natal.

También Jauretche, ya a modo de introducción en su Manual de zonceras argentinas, en uno de los párrafos más jugosos de la literatura política hispanoamericana, dice sobre la ideología liberal y cipaya de Sarmiento lo siguiente: “La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América trasplantando el árbol y destruyendo lo indígena que podía ser obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa y no según América”. La metáfora del árbol es una genialidad por donde se la mire porque permite comprender el nivel de rechazo por lo autóctono existente entre los liberales intoxicados por la ideología moderna importada de Europa. Para estos liberales, la civilización es todo lo que resulte de la revolución burguesa de los anglosajones y lo demás, incluso y especialmente lo propio, lo americano, es barbarie.

Entonces Perón y Jauretche entendieron cabalmente el tema de la oposición frontal entre la hispanidad cristiana de los criollos americanos y la modernidad liberal de Inglaterra y Francia, por lo que reivindicaron aquella como fundamento civilizatorio en Argentina y en América. Esto conduce a la comprensión de que desde el punto de vista del americano en su cultura autóctona —que es la cultura del mestizo, no la europea ni la originaria puras, sino la síntesis de ambas— la cosmovisión importada de Europa es el árbol trasplantado que no considera las características propias del terreno ni las respeta, es una imposición antinatural a todas luces. La modernidad liberal es propia de los países del Occidente industrializado y desarrollado y, al no pertenecer a la realidad hispanoamericana, lo único que puede hacer aquí al instalarse es daño. El hecho de que en Argentina y en la región no pueda consolidarse un proyecto de liberación nacional y desarrollo puede deberse y probablemente se deba a que el árbol trasplantado no prospera en estas tierras.

2605 3
Arturo Jauretche, nuestro Aristóteles criollo, fue quien mejor sistematizó el pensamiento de Perón en todo lo que se refiere al rechazo a la importación de categorías de pensamiento inadecuadas para la naturaleza del hombre americano. Bien mirada la cosa, Perón y Jauretche tienen en común un gran amor propio y comparten, en consecuencia, el rechazo a la modernidad occidental importada de Francia, de Inglaterra y finalmente de los Estados Unidos.

“El mesianismo impone civilizar. La ideología determina el cómo, el modo de la civilización”, amplía a renglón seguido Jauretche en su Manual de zonceras. “Ambos coinciden en excluir toda solución surgida de la naturaleza de las cosas y buscan entonces la necesaria sustitución del espacio, del hombre y de sus propios elementos de cultura. Es decir, rehúyen de la concreta realidad circunstanciada para atenerse a la abstracción conceptual”. Es la descripción más exacta de la imposición de la modernidad liberal sobre un terreno cuya cultura y naturaleza son antiliberales por definición. Y el problema está en que nuestros mesiánicos diestros y zurdos nunca fueron capaces de concebir un modelo de modernidad propio, siempre estuvieron convencidos de que la única forma de alcanzar el desarrollo era aplicando la receta europea a las cosas americanas. Y lo que lograron con ello, como se ve, fue lo opuesto: bloquearon la posibilidad de cualquier desarrollo al impedir dogmáticamente la formación de un pensamiento nacional. Se llenaban la boca con el “progreso” y fueron los más conservadores de todos.

Ahora bien, eso desde un punto de vista subjetivo, esto es, la inconveniencia de la modernidad liberal para nuestra cultura hispana y católica de americanos. Pero en términos objetivos también puede demostrarse que esta modernidad liberal legada por la revolución de los burgueses de Francia contiene en sí misma el germen del mal y de la disolución social no solo aquí en Hispanoamérica, sino en todas partes e incluso en Europa. La revolución liberal es el origen de todo el vicio individualista que hoy, a dos siglos y medio de la caída de la Bastilla, parece llegar a la última etapa de su proceso de degeneración. Lo que en un principio se vendió como libertad, igualdad y fraternidad para cubrir con un manto de humo ideológico el interés de la burguesía en un régimen de propiedad privada hoy resulta en valores nocivos para la libertad, pero fundamentalmente para la igualdad y la fraternidad. La modernidad liberal degenerada terminó funcionando al revés de lo que soñaron los idealistas de la Ilustración.

2605 3
La inscripción “libertad, igualdad, fraternidad” quedó grabada en letras doradas por toda Francia, pero es una consigna que desde el vamos ha sido mero humo ideológico. La burguesía no hizo ninguna revolución para traer al mundo la igualdad y la fraternidad, que son valores comunitarios, sino más bien todo lo contrario: la revolución burguesa se hizo para destruir lo comunitario imponiendo la libertad de tener propiedad privada, libertad en un sentido económico y para muy poquitos.

Un ejemplo de ello es el laicismo, que empezó como un furioso anticristianismo de la mano de los jacobinos y vuelve a ser eso mismo al final del recorrido. El laicismo como idea de sustituir la creencia religiosa por la razón y la fe en la ciencia tiene el aspecto de ser un ideal muy elevado y, de hecho, es uno de los favoritos para los repetidores de la ideología liberal cuyo horizonte en la vida es aparentar ser más inteligentes que el hombre común por no tener religión. El laicismo no sería una cosa problemática si se limitara a los círculos de intelectuales y militantes ideologizados, pero en el tiempo los propios laicistas exigen la generalización de su idea y se la imponen a las mayorías populares introduciéndola en la legislación, quitándole al pueblo un importante elemento de cohesión y sobre todo de orden social. Los laicistas quizá no lo sepan, pero la religión es básicamente eso, un código moral que ordena y garantiza la unidad y la cohesión del grupo.

No hay problema alguno si en una sociedad una pequeña élite intelectual es laica o incluso atea o anticristiana, eso no mueve la aguja en términos sociales y siempre fue así desde tiempos inmemoriales. Pero cuando por la acción de dicha minoría en el tiempo el pueblo va dejando de tener religión, el resultado en el mediano o en el largo plazo es un grupo social sin límites morales autoimpuestos, que son los que realmente previenen la comisión de actos antisociales al fin y al cabo. Lo que se ve hoy, dos siglos y medio después de la Bastilla, son mayorías populares sin religión, persuadidas por la élite intelectual a ser “libres” (de una “libertad” en un sentido de desamparo, de no tener las guías morales que antes solían tener) y por lo tanto sin más frenos que el castigo previsto en la ley para los delitos y crímenes. Un hombre de a pie que tiene religión no llega a cometer un ilícito por temor a la ley humana, sino a la ley divina.

2605 3
El incendio criminal ejecutado contra la catedral de Notre Dame de París fue en abril de 2019 la consecuencia última del anticristianismo judaizante impuesto por la revolución burguesa en la mismísima Francia. El estudio de la obra del sacerdote y teólogo tomista argentino Julio Meinvielle echa luz sobre estas relaciones que a primera vista parecen misteriosas, aunque son del todo lógicas.

Ese temor es muy poderoso y fue útil para mantener cierta estabilidad social durante decenas de siglos hasta fines del 1700, que es cuando adviene la modernidad liberal. De ahí en adelante, paulatinamente, las mayorías fueron objeto de un proceso de laicización cuyo resultado hoy es una cantidad de no creyentes muy superior a la conveniente para que no se pierdan el equilibrio y el orden social. He aquí la mentada desacralización del mundo, condición sine qua non para el triunfo del individualismo a ultranza que es la base del liberalismo y la esencia de la modernidad. Ahora todo tiene precio y nada tiene valor, el hombre en Occidente hace lo que sea por dinero, el dinero es su único dios y prácticamente no hay límites morales. Lo que se ve actualmente como una especie de Sodoma y Gomorra en la posmodernidad es el resultado de esa desacralización proyectada por la Ilustración, ejecutada políticamente por la burguesía revolucionaria y ahora, tanto tiempo después, continuada por las clases dirigentes actuales.

La pregunta es por qué estas clases dirigentes, a sabiendas de que la religión podría serles útil —como lo fue para los dirigentes de los tiempos pasados— como instrumento de control social de las mayorías, se suben al laicismo y permiten su generalización entre el pueblo o la desacralización que resultará en el actual despelote. La respuesta a la pregunta es que esas clases dirigentes son culturalmente liberales, se han formado ellas mismas en un ambiente de modernidad liberal en el que solo importa la libertad de hacer negocios y de acumular dinero sin demasiado miramiento de los métodos. En Occidente y aquí en las neocolonias por dinero todo vale, el hombre delinque y la mujer se prostituye, todos atropellan la dignidad del otro y arrojan la dignidad propia al tacho sin signo de remordimiento ni conciencia de estar haciendo el mal. El triunfo cultural de la modernidad liberal (que también es su derrota, pues se agota en sí misma) se verifica en estos resultados nefastos de la desacralización del mundo.

2605 3
La timba —que también incluye la especulación financiera— para los varones y la prostitución como “modelos” digitales para las mujeres. Esos son los horizontes actuales de una juventud que ya nació en un mundo desprovisto de valores comunitarios. La presente generación es el producto mejor acabado de la posmodernidad, la que a su vez solo puede ser la consecuencia lógica y última del triunfo liberal a fines del siglo XVIII. Todo proceso llega a su degeneración más extrema justo antes de finalizar.

En un pasado no muy remoto, cuando la desacralización del mundo no había aún llegado a los actuales niveles, convivían con el liberalismo lo que algunos suelen llamar los “códigos” y en realidad son límites morales autoimpuestos. Había que hacer y acumular dinero, pero no a cualquier costo. Esos “códigos” eran resultantes de la formación en un ambiente de primacía de la religión entre las mayorías. No es que los hombres no delinquían y las mujeres no se prostituían, eso siempre ocurrió. La diferencia respecto a lo que sucede hoy es que entonces incluso los inmorales tenían vergüenza de serlo y trataban por todos los medios de disimular lo que eran y lo que hacían. Hoy, en cambio, el hombre presume de ser un vivo y la mujer de ganar millones exponiendo los detalles de su anatomía e intimidad por una suscripción en dólares. El pecado siempre estuvo ahí, pero ahora en vez de vergonzante es virtuoso. Nadie intenta disimularlo, todo lo contrario: todos tienden a publicitarlo como si de un logro se tratara.

¿Y por qué? Precisamente porque en la modernidad liberal el exitoso es el que gana y acumula dinero, no el que hace un aporte relevante a la comunidad y mucho menos el que tiene una conducta intachable. Si alguien gana mucho dinero mediante la estafa y la especulación financiera o vende su cuerpo en esa modalidad de prostitución virtual que hoy es tan frecuente en internet, ese individuo es exitoso y todos los demás tienden —aquí está el problema— a querer emular ese éxito inmoral por los mismos medios. Los chicos crecen proyectándose como especuladores de criptomonedas y las chicas pensando que prostituirse en OnlyFans es más redituable que trabajar honestamente, lo que además es objetivamente cierto en términos de ingresos. Y allí se perdió una generación de hombres y mujeres cuya mayoría va a fracasar en el intento de ser un delincuente exitoso o una prostituta exitosa y terminará, en consecuencia, fracasando en la delincuencia y en la prostitución. El éxito naturalmente no es para todos y tampoco lo es en el hampa.

2605 3
El progresismo y la llamada izquierda también son hijos putativos de la revolución burguesa, son de naturaleza jacobina. Y como tales dirigen sus reivindicaciones anticomunitarias —el objeto normalmente es un “derecho” individual cuya consecuencia es nociva para la colectividad— contra la iglesia católica. Dos siglos y medio han pasado, pero cierta militancia sigue repitiendo al pie de la letra las consignas y las formas del viejo jacobinismo francés. El liberalismo, como se ve, entra por derecha y por izquierda.

En el tiempo de los “códigos”, es decir, de los límites morales autoimpuestos, la vagancia y el malvivir estaban mal vistos por el sentido común social y tanto los malvivientes como los vagos intentaban disimular esas condiciones. Al hacerlo, no transmitían a los jóvenes la idea equívoca de que ese estilo de vida es deseable. Todo eso se perdió como consecuencia de la evolución natural de la desacralización del mundo que la modernidad liberal impuso. La cuestión aquí no es, como sugieren los liberales de izquierda, un creer o no en Dios, esa es una decisión individual que nadie puede objetar. El asunto es el grupo, es la desacralización despojando a las mayorías de su fe religiosa y, por lo tanto, de los límites morales que solían ordenar su comportamiento social. Es la religión desde el punto de vista de la política, como instrumento político para modificar la realidad. La modernidad liberal destruye ese instrumento y atomiza a los individuos, dejándolos solos y vulnerables frente al poder económico.

Y entonces se llega al meollo del asunto, que es una vulgar cuestión de pesos y centavos. Todo lo que el liberalismo toca y rompe es con el fin de concentrar en las mismas manos el poder económico y el poder político, o el control social absoluto. No es que los liberales estén particularmente interesados en convertir a todos los jóvenes de una generación en hampones y putas, sino que lo hacen para reducir al grupo social a un estado de dependencia respecto al poder fáctico. En sus principios, como se veía, los liberales hicieron una revolución barriendo con el régimen monárquico porque querían una seguridad jurídica a la propiedad privada que las monarquías no pueden dar. Seguridad jurídica, propiedad privada. Pesos y centavos. La burguesía europea quería transformar su dinero en capital industrial, pero no podía hacerlo si había amenaza de que de la noche a la mañana el monarca le confiscara la inversión. Los liberales hicieron una revolución y crearon el Estado moderno para que el Estado no les meta la mano en el bolsillo.

2605 3
Panorama de los Estados generales de Francia en mayo de 1789, en pleno calor prerrevolucionario de los últimos días del antiguo régimen monárquico. La pintura es un óleo sobre tela del retratista francés Auguste Couder y en la imagen se ve a Luis XVI y a María Antonieta, a quienes la burguesía aupada al lugar de clase dominante habría de guillotinar en lo sucesivo con el único propósito de garantizar la seguridad jurídica sobre la propiedad privada, lo que a su vez posibilitó la inversión de capital en la industria y la consiguiente revolución industrial.

Simplemente eso, ni más ni menos. Todas las consignas ideológicas se lanzaron con el solo fin de ocultar este hecho fundamental. La burguesía en Inglaterra y luego en Francia solo estaba interesada en la seguridad jurídica de su propiedad privada, lo que al proyectarse en el tiempo permite ya de movida concluir que la naturaleza de la burguesía es la defensa de lo suyo. Esta es la obviedad que se les escapa a algunos, la obviedad ululante del fin económico implícito en todo discurso ideológico y demagogia. Durante el antiguo régimen monárquico la burguesía fue una clase subalterna que no tenía el derecho —sagrado para ella— a poseer. La revolución industrial en esas condiciones era inviable y por eso fue necesaria una revolución política, un cambio de régimen. Cayeron las monarquías y nació el Estado moderno cuya primera y única función habría de ser el garantizar la seguridad jurídica, la intangibilidad de la propiedad privada para que lo acumulado por la burguesía en los enclosures y en los negocios financieros pudiera invertirse en la adquisición de capital industrial.

La burguesía quería cambiar dinero por riqueza, pero no podía hacerlo si no había un andamiaje jurídico que garantizara la intangibilidad de esa riqueza. Así es como tiene lugar primero la revolución en Inglaterra, con la burguesía desplazando a la monarquía hacia un lugar simbólico, vaciado de poder y, aun sin establecer una república, poniendo todo el poder político en un parlamento formado lógicamente por burgueses. Esa es la monarquía constitucional, en rigor un sistema parlamentario, existente hasta los días de hoy en Inglaterra. Los franceses fueron un poco más lejos y no solo establecieron la república, sino que además mandaron a su monarca a la guillotina para evitar reacciones futuras (las que igualmente tuvieron lugar al menos hasta 1848). El asunto aquí es que todo este revuelo tuvo por objetivo un vulgar cambio en el régimen fiscal. Aparecía el Estado moderno de Europa occidental simplemente porque la burguesía, ahora en el lugar de clase dominante, tenía la necesidad de atar muy bien la vaca en lo económico.

2605 3
La batalla de Marston Moor en 1644 fue un antecedente de la revolución burguesa que tuvo lugar durante las guerras civiles de Inglaterra. Aquí la burguesía iba a destruir el régimen monárquico, pero sin guillotinar a su monarquía. Los ingleses adoptarían un sistema intermedio de monarquía parlamentaria en el que el rey o la reina seguirían como figuras decorativas, sin poder político alguno. La pintura es del inglés John Barker y está expuesta en el Museo de Cheltenham, Inglaterra.

Pero una vez creado el Estado moderno la burguesía supo que podía hacer de ello mucho más y en el tiempo fue desarrollando estrategias para afianzar y ampliar su dominación. Una de esas estrategias fue el reemplazo del cristianismo por la religión estatal, por lo que los mismos revolucionarios llamaban el “imperio de la razón” para terminar con todas las supersticiones premodernas. Iglesias fueron quemadas y sacerdotes, ejecutados. Ahora el pueblo-nación debía creer en el Estado y en la ciencia, o más bien en la naciente industria que se hizo del control de todos los laboratorios y los puso a trabajar por el desarrollo de la máquina y la automación. En un primer momento la experiencia fue exitosa porque se logró poner en hora al pueblo, estandarizar a los individuos en obreros arrancándolos de la vida bucólica en el campo o de la autonomía relativa que suponía el trabajo en los talleres artesanales, de la protección social de sus gremios y sus guildas. Ahora iban a ser todos proletarios por igual e iban a creer todos en lo mismo.

En el tiempo ocurriría, sin embargo, aquello que le suele ocurrir a todo proceso humano: la degeneración. Al quitarle la fe religiosa al hombre de a pie, lo que hizo la revolución finalmente fue despojarlo de sus límites morales, los que habían sido útiles para sostener la estabilidad social en el pasado sin la necesidad de un sistema legal que por otra parte suele ser demasiado falible pues se centra más en castigar que en corregir conductas desviadas y por definición solo puede actuar después del hecho. El tiempo hizo lo suyo y hoy la posmodernidad es la etapa terminal de un sistema que está quebrado porque supo garantizar la acumulación de toda la riqueza en manos de una pequeña minoría, la finalidad última del liberalismo más allá de sus declamaciones ideológicas, pero no puede controlar una sociedad de individuos a los que se les han quitado los frenos y los límites morales. La acumulación está toda hecha, la desigualdad es total y la existencia para los de abajo es inviable. De ahí las sucesivas crisis cuya tendencia es la reducción de la población mundial.

2605 3
“La armonía entre la fe y la razón” es una obra del italiano Ludovico Seitz que se encuentra expuesta en el Museo del Vaticano, pero representa una quimera en la modernidad. La única fe moderna posible es la religión cuyo dios es una razón instrumental (como en las categorías de Max Horkheimer) absolutamente amoral que se utiliza para justificar grandes barbaridades. La razón liberal, en realidad, es el dinero y su búsqueda por cualquier medio disponible. A ese dios se le reza desde 1789, considerándose “atrasado” el que no esté de acuerdo con esto.

Esto es lo que pasa y por eso las guerras y las pandemias que por resultado dan siempre el deterioro de las condiciones objetivas de existencia para las mayorías. Se restringe el acceso a los bienes materiales para que el hombre, ya despojado de sus valores morales y por lo tanto también de todo sentido de trascendencia, llegue a la conclusión natural de que en este mundo ya no conviene reproducirse. Caen vertiginosamente las tasas de natalidad en todas partes —además porque los jóvenes están abocados a todo lo anteriormente expuesto, a una vida loca incompatible con la formación de familias— para que en el mediano plazo se produzca la despoblación del planeta. El sistema está agotado sin posibilidad de recrearse en este punto y la única solución tiene que ser el descarte, aquel descarte denunciado por el Papa Francisco como una cultura que debía ser combatida. Francisco hablaba con carpa, no podía ser demasiado explícito, pero en definitiva se refería al agotamiento del orden liberal que necesariamente va a conducir a un fin catastrófico para quienes estamos en la base de la pirámide.

La conclusión es que en tan solo 250 años el liberalismo puso a la humanidad al borde de la extinción o mínimamente de reducirse a su mínima expresión. Milenios de evolución humana tienden ahora a desvanecerse en un invierno demográfico artificialmente generado. No hubo meteorito ni apocalipsis o catástrofe natural alguna, la derrota es la consecuencia de un pecado original que fue el triunfo del liberalismo a fines del siglo XVIII. Al darse un orden liberal el hombre puso proa hacia su propia destrucción porque estableció socialmente un sistema no sostenible que por un lado tiende a la concentración de la riqueza y a la desigualdad crecientes, mientras que por otro suprime los valores que habían garantizado la reproducción social y la mismísima evolución. El triunfo de la revolución burguesa es la imposición del vale todo y del sálvese quien pueda, valores incompatibles con la vida en comunidad sobre la que el hombre había podido emerger desde el fondo de los tiempos, estabilizarse en un entorno hostil, dominar y modificar dicho entorno hasta hacerlo viable y cómodo para sí mismo, prosperar y finalmente reinar sobre el mundo y la naturaleza.

La comunidad fue la base de esa evolución y la comunidad es incompatible con un liberalismo para el que el individuo lo es todo y el grupo es la nada. La comunidad es enemiga existencial de liberalismo allí donde ambos no pueden coexistir en el largo plazo. Si se impone el orden liberal el grupo se disuelve, el hombre se atomiza y entonces pierde la base social de su prosperidad pues como individuo es débil, es vulnerable, no puede contra el mundo. Para no perecer, conservar su evolución y conservarse a sí mismo el hombre debe destruir el liberalismo por derecha y por izquierda, debe volver a construir su comunidad sobre los valores eternos de la moral atemporal. Solo mediante la proscripción de las ideas liberales impuestas por ese pecado original que fue la revolución burguesa y luego degeneradas hasta la presente posmodernidad podrá haber salvación para una humanidad, si es a que dicha redención ya no se está llegando un poco tarde.


Este es un contenido exclusivo para suscriptores de la Revista Hegemonía.
Para seguir leyendo, inicie sesión o suscríbase.

No puedes copiar el contenido de esta página

Scroll al inicio
Logo web hegemonia

Inicie sesión para acceder al contenido exclusivo de la Revista Hegemonía

¿No tiene una cuenta?
Suscribase aquí

¿Olvidó su contraseña?
Recupérela aquí.

¿Su cuenta ha sido desactivada?
Comuníquese con nosotros.