¿Pirómano o bombero?

En el momento más dramático de la política argentina, entre definiciones sobre el destino que tendrá el pueblo-nación en el contexto de la nueva reconfiguración global, un peronismo controlado por los progresistas se lanza a la interna abierta por la conducción con el desafío de Axel Kicillof al largo reinado de Cristina Fernández. Allí donde algunos ven una simple rosca partidaria puede haber un cambio en la postura de un movimiento que ha renunciado a la representación de las mayorías populares en los últimos años, pero sigue siendo el único instrumento político viable para la defensa popular de la soberanía política, la independencia económica y la justicia social. ¿Podrá Axel Kicillof superar la dominación de su madrina política? ¿Y vendrá, en caso de lograrlo, con algún cambio sustancial en la orientación política del cristinismo agotado?
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Después de la euforia por el abultado triunfo en las elecciones provinciales del pasado domingo 7 de septiembre el extremo dicho progresista de la política argentina entró en un estado de tensión más o menos silenciosa entre quienes desde los distintos sectores de la interna se habían adjudicado esa victoria electoral. La tensión se dejó ver ese mismo domingo por la noche. Mientras Cristina Fernández bailaba y festejaba en el balcón de su piso en el barrio porteño de Constitución, donde purga condena judicial, Axel Kicillof ponderaba en La Plata el esfuerzo hecho por los intendentes en territorio para obtener el triunfo en las urnas y también el rol de Sergio Massa. Al menos dos sectores de la interna dicha “peronista”, más allá de un Massa que al parecer sigue jugando a varias puntas, aparecían ya esa noche anunciando lo que estaba por venir. Aunque Kicillof trató de disimular la contradicción yendo a visitar a Cristina Fernández tres semanas después de esos comicios, estaba bastante clara ya allí la imposibilidad de conciliación entre una dirigente que fue y uno que quiere ser.

Conviene observar que, a diferencia de lo que ocurre con todos los visitantes de San José al 1100, Kicillof salió del encuentro con Cristina Fernández sin que ninguna de las partes difundiera ninguna imagen de la reunión. Se sabe que Kicillof estuvo allí el primer día de octubre porque se lo vio ingresar al edificio, pero no existe registro alguno del encuentro más que el relato de terceros, quienes sin identificarse caracterizaron el encuentro como “bueno” y “constructivo” frente a unos medios de comunicación desesperados por saber qué había pasado allí. El que los protagonistas no hayan querido posar para la foto o publicarla, no obstante, solo pudo interpretarse en ese momento como la evidencia de que la tensión seguiría sin saldarse después del encuentro. Cristina Fernández y Axel Kicillof tienen ideas distintas sobre la conducción política de ese progresismo que se hace llamar “peronista” y eso no es novedad para nadie. La novedad entonces fue la imposibilidad de llegar a un mínimo consenso, cosa que quedaría expuesta un mes más tarde y de la forma más brutal posible.

De hecho, más allá de que no hubo foto de la paz y por lo tanto tampoco se dio consenso alguno, Kicillof debió sentir el rigor de la militancia que monta guardia ritual bajo el balcón de Cristina Fernández, pues al ingresar y al salir del edificio fue recibido y despedido con el clásico coro de “nos conduce una mujer”, un mensaje cantado con el que la tropa cristinista le hizo saber al gobernador bonaerense, sin ambigüedades ni contemplaciones, que de no someterse a la autoridad de esa mujer pasaría a ser considerado un enemigo del cristinismo, lo que en la izquierda progresista equivale a la cancelación. Durante un mes los analistas llegaron a estas conclusiones, previendo que luego de las elecciones nacionales de octubre toda esa tensión habría de manifestarse abiertamente en la forma de una ruptura o poco menos que eso. La mesa había quedado servida para dirimir al fin una disputa por la conducción del progresismo autopercibido “peronista” que ya viene arrastrándose por lo menos desde el año 2015 y que solo pudo postergarse gracias al advenimiento del régimen indefinido de Alberto Fernández.

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El régimen albertista fue una solución “tapón” para resolver de manera provisoria la indefinición que ya existía en 2019 alrededor de la conducción entre Cristina Fernández, Sergio Massa y Axel Kicillof. En ese momento el ardid fue útil para evitar la interna, aunque el resultado fue un gobierno paralizado en manos de un Alberto Fernández cuyos únicos intereses eran el caos y la destrucción. Mucho llovió desde entonces y la maniobra del “tapón” ya no puede utilizarse: ahora los dirigentes del progresismo llamado “peronista” tendrán que tomar decisiones y el trance será durísimo.

Indefinido, claro, en un sentido de que no resolvía el problema de la disputa de la conducción y más bien debía su propia existencia a la imposibilidad de resolución de dicho problema. Hoy se ve claramente que Alberto Fernández fue la solución provisoria en 2019 para una contradicción que no iba a poder saldarse sin una guerra civil en la que todos los implicados finalmente caerían a manos de Mauricio Macri. Pero los problemas cuya resolución se posterga solo tienden a agravarse en el tiempo y eso no solo paralizó la gestión del régimen albertista, resultando en la catástrofe que pavimentó el camino para el ascenso posterior de Javier Milei, sino que además puso al propio Kicillof en un brete insalvable: ya sin posibilidad de reelección al cargo de gobernador de la provincia de Buenos Aires que actualmente ocupa, Kicillof debe ahora necesariamente postularse como candidato a la presidencia de la Nación, es decir, tiene hoy un apremio que en 2019 y en 2023 no tenía. Habiendo llegado a ser gobernador, Kicillof no puede bajarse a una banca de legislador o a un cargo menor de funcionario y se ve, en consecuencia, forzado a luchar por un lugar al que Cristina Fernández tampoco quiere renunciar.

Alguien se preguntará por qué esto es así, si en realidad Cristina Fernández no puede —por su condena judicial, por supuesto, pero sobre todo por razones biológicas de edad y otras que más tienen que ver con el prolongado desgaste de su imagen— postularse en primera persona al sillón de Rivadavia en las elecciones programadas para octubre de 2027. ¿Por qué Cristina Fernández no puede seguir siendo la conductora de esta minoría intensa que es hoy el cristinismo progresista y al mismo tiempo ungir, como hizo en su momento con Alberto Fernández, a Axel Kicillof como candidato de su parcialidad a la presidencia de la Nación? Cristina Fernández podría por cierto hacer eso y además sin resistencia por parte de una tropa bien adiestrada en las artes de la obsecuencia. Pero al parecer no quiere y nadie sabe muy bien por qué, si la observación de la narrativa cristinista desde finalizada la década ganada en octubre de 2013 a esta parte indica que Axel Kicillof es el sucesor natural creado y nutrido por la propia Fernández viuda de Kirchner como un favorito.


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