El atento lector que todavía tiene el hábito de consumir el contenido de los medios de comunicación ciertamente ha advertido la existencia de un gran desfasaje entre la narrativa que difunden esos medios y la situación política mundial, que está en la etapa terminal del actual ordenamiento jurídico inaugurado por los yanquis en 1945. La verdadera política es la geopolítica, pero no en la narrativa de esos medios. Aquí la geopolítica apenas aparece y siempre como una cosa exótica que ocurre bien lejos y no tiene por lo tanto relación alguna con la realidad del lector. El resultado de un conflicto en la región del petróleo que va a terminar con el orden unipolar y va a modificar todas las relaciones internacionales se presenta en los medios locales como una guerra más de los Estados Unidos en Medio Oriente o como pretexto discursivo para reforzar la victimización de siempre que hacen los sionistas. Y eso es todo, porque para los medios tradicionales de acá lo verdaderamente importante es la rosca del cabotaje en la que van a definirse las listas de los candidatos de cara a las elecciones del próximo año.
Suena ridículo y en efecto lo es. Aunque algo exagerada o caricaturizada, la descripción es la de un aislacionismo utópico en el que el periodismo omite la explicación de lo que realmente va a ocurrir en la Argentina una vez que queden contados los porotos en la región del petróleo, del gas natural y de los fertilizantes, omite esa explicación y la reemplaza por una narrativa a todas luces falsificada que presenta a los protagonistas con voluntad propia cuando, en realidad, todos esos personajes responden a los intereses que en este momento se encuentran luchando en Irán por el privilegio de imponer el orden mundial al menos para lo que queda de este siglo. Todo esto ocurre porque los medios de izquierda a derecha responden en mayor o en menor medida a los intereses de las corporaciones y existen, por lo tanto, con el solo fin de que el pueblo jamás sepa de qué se trata. El pueblo en Argentina y en todas las semicolonias como Argentina no puede llegar a comprender que su sistema electoral de representación llamado “democracia” es una farsa en la que las decisiones están tomadas ya de antemano.

De antemano y por personajes cuyas caras no están expuestas en el circo que los medios presentan como la política, lo que en sí ya se puede caracterizar como una involución de al menos dos siglos. Allá por mayo de 1810 el pueblo sabía a ciencia cierta que el poder real estaba en manos del rey Fernando VII y al enterarse de que este rey había caído prisionero de Napoleón Bonaparte fue a exigirles inmediatamente explicaciones a los delegados del poder imperial que recibían órdenes desde Madrid y las administraban. El pueblo ya sabía que no había independencia, sabía en 1810 que el poder estaba en otra parte y por eso pudo exigir saber cómo iba a venir la mano al enterarse de la caída de dicho poder foráneo. En el presente, en cambio, el pueblo no entiende que el poder no está en Casa Rosada y no puede estar interesado en saber de qué se trata simplemente porque ni siquiera sospecha que algo pasa. Es más o menos como si en 1810 el pueblo no supiera que el poder estaba en Madrid y siguiera ponderando al virrey como si este tuviera la autoridad para tomar decisiones políticas.
Para eso están los medios de comunicación del poder, precisamente, para venderles a las mayorías populares una narrativa falsificada en la que el poder fáctico de las corporaciones no existe —puesto que de ese poder no se habla jamás—, las tensiones geopolíticas no tendrán impacto aquí y que, finalmente, todo se reduce a saber si el régimen mileísta llega a octubre de 2027, si Javier Milei resulta reelecto o si es reemplazado por otro muñeco con distinta cara y distinto apellido. La conclusión que se le escapa a la mayoría hoy es la que en 1810 se caía de madura: el poder está en otra parte y al representante local de ese poder solo corresponde presionarlo para que dé explicaciones, no ponderarlo ni proponer su reemplazo por otro virrey con distinto nombre. La política nacional no existe como tal y el escenario es el mismo que en 1810 en este sentido, pero con la diferencia de que hoy las mayorías no saben que viven en una colonia, no saben que el poder no está aquí sino en cualquier otra parte y no entienden que por “política” se les vende una simulación neocolonial.

La comprensión de estas situaciones es solo una cuestión de lógica, de tener la capacidad de razonar lógicamente y de conocer el contenido de ciertas categorías. Por ejemplo, el de la categoría “política”. De acuerdo con esta definición maquiavélica, la que por su parte es la más universal, la política es la lucha por el poder en el Estado, a lo que podría agregarse que la finalidad última de ese poder es (o debería ser) la modificación de la realidad social. Únicamente puede existir la política allí donde por lo menos dos o más individuos luchan por el poder en el Estado, que es el poder político. Esto equivale a decir por simple contraste que no puede existir la política si en el Estado no hay poder real para modificar la realidad social. Puede haber tal vez escaramuzas, tensión entre los individuos y los grupos por razones de rivalidad o enemistad puntual, etc. Pero no puede haber política porque no hay objeto político, esto es, poder en el Estado. El poder no está en disputa, no puede modificarse la realidad social y lo único que hay es una simulación que se asemeja a la política sin llegar jamás a serlo.
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