La irrupción de Javier Milei en los últimos meses viene generando un verdadero desparrame en el ordenamiento político electoral en forma de grieta que se ha dado en la Argentina en los últimos quince años. Sin poder ubicarse claramente en uno de los dos extremos históricamente en pugna, Milei confunde por igual a los que abominan sus ideas dichas “libertarias” y también a quienes ideológicamente tienden a simpatizar con esos ideales. A falta de una categoría para encasillarlo y hacerlo apto para la comprensión general de la opinión pública, que es absolutamente binaria en su forma de entender la política, la intelectualidad orgánica de ambos bandos solo acuerda por el momento en ubicar provisoriamente a Javier Milei en las categorías de “outsider” y de “antipolítica”, esto es, en explicarles a las mayorías azoradas que el nuevo fenómeno electoral no se afilia a ninguna de las dos tradiciones hegemónicas, o que no viene precisamente de la política. Nadie se hace cargo y eso es todo lo que hay por explicación para el fenómeno Milei del momento.
Esa precariedad analítica tiene por lo menos un inconveniente y es que, lejos de restarle al recién llegado para debilitarlo, lo único que logra la intelectualidad orgánica de la derecha dicha conservadora y de la izquierda dicha progresista al decir que el “outsider” no es “chicha ni limonada” es fortalecerlo. Javier Milei construye casi todo su discurso actual en la idea de la existencia de una “casta política” en la que estarían todos los dirigentes, salvo el propio Milei y los que ahora lo acompañan en su cruzada.
Milei es un dirigente, claro, hace mucho que dejó de ser un militante y un comentarista mediático de la realidad, pero explora y explota al máximo el efecto sorpresa de su irrupción para instalarse como lo nuevo. Javier Milei dirige a un sector de la política y además ya es diputado nacional, es un “político” (esa forma vulgar de llamar a los dirigentes) a todas luces. Pero la noción de que aún es un “outsider” separado y enfrentado a la “casta” sigue durando en el tiempo gracias en buena parte a la ineptitud de los intelectuales de ambos bandos en la grieta, quienes son incapaces de ponerlo en caja al advenido ubicándolo en una categoría definitiva.

Pero Milei ya tiene una categoría definitiva: la de populista, que es un modo de decir demagogo sin que haya aquí en estas definiciones ningún juicio de valor. El populismo y la demagogia de Milei son en el sentido clásico de estas expresiones, que viene desde la antigua Roma: decir en un determinado momento lo que el pueblo quiere oír en ese momento, es un “ir hacia el pueblo” con un discurso ideológico que tiende a atraer emocionalmente a las mayorías populares. Es sostener, por ejemplo, en tiempos de emisión monetaria descontrolada, de altísima inflación y de percepción de derroche del dinero público por parte del Estado, que el mal se origina en la emisión monetaria y el gasto excesivo para proponer luego el cierre del Banco Central y el achicamiento del Estado —con posterior dolarización de la economía, ese es el corolario— como soluciones prácticas al problema. Diagnóstico y prescripción, todo apto para el consumo de unas masas populares que sufren en carne propia las inclemencias económicas, aunque no las comprenden y esperan, en consecuencia, el advenimiento del mesías que les aporte explicaciones bien sencillas y les indique el camino de la redención sin complejizar demasiado.
Nada de esto es en sí, como se ve, bueno o malo, no se trata de hacer un juicio moral de las cuestiones políticas. Se trata simplemente de advertir que Milei tiene esa capacidad superlativa de leer la coyuntura y también el humor social para producir un discurso político acorde a las expectativas generales que la mayoría de los plebeyos tiene en el presente. Ese es el populismo clásico de Roma que hizo temblar a los aristócratas optimates en los tiempos de Marco Tulio Cicerón.

Néstor Kirchner fue un gran populista romano cuando, al irrumpir en la política a nivel nacional prácticamente desde la nada en el año 2003, supo interpretar las esperanzas y los miedos del pueblo argentino en su mayoría. Kirchner venía apadrinado por Eduardo Duhalde y por eso la izquierda no tardó en ubicarlo en la extrema derecha fascista, como es del gusto discursivo de ese sector. Pero también venía acercándose a los trabajadores en un país con un cuarto de la población desocupada, la mitad subempleada y un nivel estratosférico de pobreza e indigencia, por lo que a la derecha le pareció razonable ubicarlo en la extrema izquierda. Ninguno de los dos extremos vio venir al populista que irrumpía y, en realidad, no pudieron entenderlo sino mucho tiempo después de finalizado su mandato de presidente de la Nación, cuando ya era demasiado tarde para detenerlo. Kirchner dio vida al kirchnerismo que existe hasta los días de hoy finalmente gracias a la incapacidad de una “casta” que no supo interpretarlo correctamente.
De vuelta al presente, vemos que ahora surgen hipótesis variadas sobre la verdadera afiliación de Javier Milei. Por una parte, la “izquierda progresista” atrincherada en el Frente de Todos sostiene que Milei es un títere de Patricia Bullrich cuya finalidad sería la de ofrecer en el mercado electoral una “segunda marca” cambiemita, pero despojada esta de responsabilidad por lo que fue el rotundo fracaso del gobierno de Mauricio Macri entre el 2015 y el 2019, o un macrismo sin Macri y por lo tanto “pulcro”. Por otra, hay voces en el propio macrismo afirmando la existencia de un pacto entre Milei y Cristina Fernández de Kirchner para que el advenido rompa la unidad de Juntos por el Cambio de cara a las elecciones de 2023. La curiosidad aquí es que tanto el macrismo como el kirchnerismo —ambos muy veloces para gritar que “conspiranoicos” y así descalificar a quienes denunciaban el tongo global que el complejo industrial-militar-farmacéutico hizo con la pandemia del coronavirus— tejen hoy sendas teorías de la conspiración para dar cuenta de Javier Milei. Y lo hacen sin ruborizar. Es bien sabido que la “conspiranoia” solo es tal cuando la teoría la formula el otro.

Uno de los problemas irresolubles de la política es la imposibilidad de conocer la verdad exclusivamente mediante la interpretación del discurso público de los dirigentes. Es por eso que, más allá de lo que Javier Milei dice, la confusión sigue instalada entre macristas y kirchneristas y así es cómo se da el siguiente milagro: Milei interpela de manera directa a los macristas al representar, al menos discursivamente, las generales del proyecto político que los macristas vieron fracasar durante el gobierno del propio Mauricio Macri por exceso de tibieza o “gradualismo”. Milei expresa hoy esos ideales extremados y eso es muy seductor para quienes le exigían a Macri que fuera a fondo con las reformas estructurales. Pero Milei también interpela a los kirchneristas, quienes aun temiendo lo que el advenido expresa en su agresivo discurso ven en él una suerte de ariete para debilitar al odiado macrismo e incluso para destruirlo.
Es sin lugar a dudas muy contradictorio, porque el kirchnerista en general percibe en Milei un peligro más grande que el de Macri, o como un Macri llevado a sus últimas consecuencias, pero no puede obviar el hecho de que su odio ideológico sigue estando dirigido a Macri por todo lo que el delincuente contrabandista hizo mientras tuvo el poder en el Estado. El resultado es desopilante y es que nadie sabe ni puede saber de antemano qué demonios representa realmente Javier Milei y nadie está en condiciones de identificarlo en la lógica de la grieta como amigo o enemigo. Todos lo ven como un peligro y todos, sin embargo, especulan con la utilidad de su irrupción en el escenario.
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