Quién manda realmente

El poder real que gobierna al mundo ya no se encuentra en los Estados nacionales ni en las instituciones democráticas visibles, sino en una constelación de corporaciones, fondos de inversión y redes de inteligencia privadas que operan por encima de los gobiernos. Desde el magnicidio de John F. Kennedy hasta los actuales métodos de extorsión basados en espionaje digital y carpetazos la historia reciente muestra cómo cualquier dirigente que intente representar los intereses populares es neutralizado, disciplinado o eliminado. Reducida a una pantomima electoral, la democracia occidental ha sido cooptada por una plutocracia global que controla tanto las decisiones políticas como la formación de la opinión pública. Las guerras, las crisis y las aparentes contradicciones de los líderes obedecen a esta lógica invisible. Comprender quién manda realmente es el primer paso para romper con el embrujo.
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Quizá como un reflejo de épocas pasadas que se arrastra por el brazo largo del siglo XX, el sentido común de quienes observamos la geopolítica suele atribuirles a los Estados Unidos como entidad nacional e imperial unos superpoderes que los Estados Unidos ya no tienen. Con la cabeza todavía en la Guerra Fría, hablamos de Washington como el artífice de todo lo bueno y fundamentalmente de todo lo malo que ocurre en el mundo y no hay nada que esa potencia no pueda hacer para someter a los demás pueblos-nación del mundo en defensa de sus intereses particulares.

Esa es la clásica geopolítica de Estados heredada de la tradición moderna o decimonónica, esto es, la idea de que el poder geopolítico se disputa entre países legalmente constituidos, por Estados nacionales con sus sistemas de gobierno, sus proyectos políticos, sus armas y sus diplomacias. Así, habría países dominantes y países subalternos en pugna y nada más que eso. Todo el poder económico de los privados sería dependiente de esa lucha y el rol de las corporaciones quedaría limitado al apoyo a los países donde estén radicadas con el fin de beneficiarse de la posición de privilegio de estos.

Pero esa geopolítica clásica hace mucho dejó de existir. Es difícil precisar cuándo se dio el cambio, aunque es posible rastrear en la historia la pérdida paulatina de protagonismo de los Estados nacionales ya desde principios del siglo pasado y más decididamente a partir del avenimiento de la posmodernidad. Cuando el poder fáctico de las corporaciones decidió que un presidente de los Estados Unidos como John Kennedy era ya un estorbo para sus intereses y procedió con un magnicidio en su contra en plena luz del día y frente a una multitud, en ese momento los Estados nacionales ya eran actores de reparto en la geopolítica.

Eso equivale a decir que para 1963, que es cuando tiene lugar el magnicidio de Kennedy, todos los Estados nacionales ya estaban al servicio de las corporaciones y solamente los Estados Unidos, en el lugar de superpotencia hegemónica, se resistían a aceptar ese triste destino de subalterno. Kennedy fue el último de los dirigentes políticos a nivel global con la firme resolución de representar los intereses de sus representados, del pueblo-nación estadounidense. Y por esa misma razón los poderes fácticos lo asesinaron, tanto para vencer esa última resistencia como para enviar un mensaje claro a quienes vinieran después.

Desde entonces, como se ve, el sistema electoral de representación que se suele llamar “democrático” pasó a ser una pantomima. En Occidente y aquí en las semicolonias, el pueblo ha ejercido la “democracia” votando para elegir a sus representantes en el Estado, pero sin comprender que la voluntad de esos representantes ya había sido de antemano tomada de rehén por un poder fáctico al que nadie vota ni conoce. La “democracia” se define mejor como una plutocracia porque las decisiones políticas se toman a pedir de boca de los ricos, quienes pasaron a controlar a los dirigentes políticos mediante una serie de métodos extorsivos.


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