Suma cero

Por fuera de la comprensión de los militantes y los simpatizantes identitarios en la grieta, la dirigencia de los campos antinómicos juega un juego de suma cero en el que los regímenes son sostenidos por contraste en cuatro años y luego dan lugar a una alternancia controlada. Y así van turnándose los presidentes con cada uno de ellos llevando a cabo la parte que le corresponde en el plan maestro del poder fáctico global. El sistema dicho “democrático” es la fachada que oculta un régimen de partido único con dos vertientes, una “progresista” y otra “conservadora”, siempre con el mismo proyecto político. El método de dividir para reinar está a la orden del día y al parecer el pueblo está todavía muy lejos de comprender la trampa en la que se encuentra metido.
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Todo el manual maquiavélico de la ciencia política indica que el régimen de Javier Milei habría colapsado por su propio peso en la noche del viernes 14 de febrero de haber existido en la política argentina una oposición real, aunque dicha oposición fuera boba e inepta. La definición es dura, pero se basa en una evidencia hasta física: el escándalo fue tan brutal y la prueba de la comisión de por lo menos un ilícito suficiente para forzar o exigir una renuncia era de una claridad tan cristalina que en condiciones normales de temperatura y presión es muy probable que Milei no hubiera amanecido el sábado 15 en posesión del sillón presidencial. El escándalo fue por la promoción en las redes sociales de una estafa con criptomonedas, un error no forzado que rara vez se presenta en la realidad con una forma tan ideal.

La mesa parecía estar servida para que el régimen mileísta terminara a más tardar el lunes subsiguiente y, no obstante, eso no ocurrió y con el pasar de los días Milei fue recuperando de a poco la iniciativa política. La oposición, en una palabra, no supo, no pudo o no quiso capitalizar el error del enemigo para destruirlo políticamente. Y cuando eso ocurre cualquier observador más o menos avezado en analizar la lucha por el poder político en el Estado debe preguntarse por qué. Milei no tenía ni tiene con qué defenderse de las acusaciones porque el delito cometido es evidente y no hacía falta más que presentarle al presidente caído en desgracia la opción del juicio político inmediato (el que viene con serias consecuencias en el mediano plazo) para obligarlo a optar por la renuncia.

Pero la oposición no hizo nada de lo que se esperaba de ella y casi dos meses después del escándalo de la criptoestafa Milei sigue en funciones, habiendo inaugurado el periodo de sesiones de un parlamento que debió haberlo destituido y hablando de cualquier otra cosa como si nada hubiera pasado. No hace falta más que una pizca de sentido común y nada de conocimiento legal para comprender que un presidente es el representante de lo público y por ello no puede estar implicado en negocios privados, menos que menos promocionar aquellos que resultan en delitos. El debate jurídico sobre la inocencia o la culpabilidad de Milei es inocuo y solo sirve para demorar una definición. Milei es políticamente imputable por la incompatibilidad de sus actos con el cargo que ocupa y esa sola certeza debió bastarle a la oposición para destituirlo.

Nada de eso ocurrió y ahí está la evidencia definitiva de la existencia de una componenda más o menos tácita entre los dirigentes de ambos bandos en la grieta que en las páginas de esta Revista Hegemonía hemos dado en llamar y analizar, desde hace ya algunos años, como el pacto hegemónico. Aunque es bastante evidente y se hizo aún más patente al observarse toda la pasividad de la oposición en el escándalo de la estafa cripto mileísta, el pacto hegemónico es una cosa que en la conciencia de la mayoría aparece como una “conspiranoia” porque implica aquello que, en las categorías de Salvador Allende, parecería ser una imposibilidad hasta biológica: una coincidencia de Cristina Fernández y Javier Milei en algo con el objetivo de lograr alguna finalidad que tampoco es fácil de comprender.

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En la noche de San Valentín, mientras todos sus funcionarios seguramente estaban ocupados con sus vidas privadas, Javier Milei se metió solito en camisa de once varas —o al menos eso es lo que se supone, más allá de ciertas hipótesis que dan cuenta de una trampa tendida— al promocionar en las redes sociales una criptomoneda que resultó ser en el cortísimo plazo una estafa. En ese momento, ante la evidencia a los gritos de la comisión de al menos un delito por parte del presidente, una oposición más o menos seria lo habría destituido sin mayores trámites. Pero la “oposición” en la política argentina no es seria ni es real, es una simulación que tiene por única finalidad la alternancia controlada alrededor de un mismo proyecto político y debe sostener a Milei hasta que este haga todas la reformas que los demás dirigentes no se animan a hacer.

El problema fundamental de la hipótesis del pacto hegemónico no está en la hipótesis en sí, que es muy sólida, sino en la viabilidad de su exposición pues parte de una premisa que muy pocos están espiritualmente preparados para comprender y menos aún son los que lo están para tolerarla. El pacto hegemónico es una de esas verdades que duelen y desmoralizan porque rompen cosmovisiones muy arraigadas en el ser, es una cosa que se parece a la popular metáfora de la infidelidad conyugal en la que el marido engañado no puede aceptar la triste evidencia y tiende, en consecuencia, a reaccionar violentamente contra el que trae la desgraciada noticia. Y por eso es de muy difícil exposición, no se ve expuesto en ninguna parte.

Los analistas de la política por lo general evitan hablar del pacto, ya sea por recibir los conocidos sobres de alguno de los dos extremos implicados en el chanchullo o por miedo a exponerse al linchamiento a manos de la turba enloquecida. Decirle hoy a un “kuka” o a un mal llamado “libertario” que sus conductores —supuestamente ubicados en las antípodas de la ideología la una respecto del otro— traicionaron y pactaron a sus espaldas una alternancia controlada con el fin de realizar un mismo proyecto político es de lo más peligroso que hay para quienes opinan en los medios de difusión tradicionales y en las redes sociales. Del pacto hegemónico no se puede hablar públicamente, a menos que el atrevido quiera someterse al escarnio público e incluso poner en riesgo su lugar de privilegio en los medios de comunicación.

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Los vulgarmente llamados “kukas” (que en rigor son el “progresismo” cristinista resultante de la degeneración del campo popular a partir de 2015), aquí expresando su odio identitario a Milei sin comprender que sus propios dirigentes están en un pacto pendular con el enemigo declarado. La grieta es una farsa que no les permite a los individuos comprender que el proyecto político ha sido fijado desde arriba y que la “alternancia democrática” no va a modificar el rumbo. Y por eso se manifiestan por identidad más que por convicción política.

Pero el pacto hegemónico es real y es eso mismo, un acuerdo entre Javier Milei y Cristina Fernández cuyo método es el sostenimiento mutuo mediante una simulación y la finalidad, expuesta en los resultados, es la imposición de unas determinadas políticas de Estado que, de otra forma, no podrían aplicarse. “Por sus frutos los conoceréis”, se lee en el evangelio de Mateo. El pacto hegemónico se conoce mucho más por sus resultados concretos que por la hipótesis en sí, es una cosa que se presenta desnuda ante los ojos del observador que sabe comprender la política real más allá de los discursos. Hace ya por lo menos una década se instaló en Argentina un péndulo que va de la derecha “conservadora” a la izquierda “progresista” donde el proyecto político no varía y los extremos se dedican a alternarse con el fin de aplicar ese proyecto político único.

Y a sostenerse mutuamente, que allí está el núcleo del pacto. En realidad, esa es la naturaleza misma de la hegemonía de un modo genérico, es el pacto entre dos posiciones teóricamente antinómicas con el objetivo de evitar el surgimiento de terceros en discordia. Un ejemplo de ello es el que viene de la geopolítica histórica y fue la hegemonía de los liberales de Occidente y los socialistas de Oriente en el siglo XX. Durante más de siete décadas desde el fin de la I Guerra Mundial esas ideologías antinómicas se dedicaron básicamente a impedir el surgimiento de terceras posiciones por fuera del liberalismo y del socialismo y lo hicieron presentándose ante el mundo como enemigos mutuos irreconciliables, esto es, sin dejar abierta la puerta para que alguien sospechara de la existencia de un pacto hegemónico.

Los liberales y los socialistas se peleaban el uno contra el otro, pero en el fondo luchaban juntos contra todos los demás. El resultado fue la II Guerra Mundial —en la que el pacto hegemónico de 1941/1942 debió “blanquearse” al formalizarse la alianza entre los liberales de Occidente y los socialistas de Oriente en el campo de batalla— y luego la Guerra Fría, que fue la expresión más acabada de ese pacto hegemónico y duró unas cuatro décadas con todas las terceras posiciones derrotadas y arrodilladas ante la hegemonía de Washington y Moscú. Como se ve, una hegemonía es una cosa que se hace de a dos, que requiere de dos polos antinómicos y si esos polos lo son solo en el nivel del discurso, mejor todavía.

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El hecho de que los mileístas se presenten con las mismas formas identitarias de los cristinistas aparece en un primer momento como una contradicción e incluso como una aberración, puesto que en teoría se trata de dos campos antagónicos que debieron ser muy distintos entre sí tanto en el contenido como en las formas. Pero no se trata de ninguna contradicción y mucho menos de una aberración: los mileístas calcan las formas del cristinismo porque son una vertiente de un mismo partido único neocolonial y, al ser dirigidos en última instancia por la misma mano, tienden a parecerse mucho al original del que se desprenden.

La característica fundamental de la hegemonía es la necesidad del concurso de dos fuerzas aparentemente enemigas allí donde lo unipolar suele ser mucho más una dominación que una hegemonía propiamente dicha. Es lo que para los años 1980 Juan Carlos Portantiero llamó el empate hegemónico, la impugnación mutua entre dos bloques supuestamente antinómicos que resulta, finalmente, en la inviabilidad de la política, entendida esta como la búsqueda constante de soluciones colectivas a los problemas del hombre. Para Portantiero el empate hegemónico es la propia hegemonía, es la forma pura o ideal de equilibrio de poder mediante el consenso entre las fuerzas dominantes para que estas, ahora unidas alrededor de un mismo proyecto, les den coerción a todos los demás no implicados en el pacto.

Consenso y coerción en equilibrio con más de lo primero y economía de lo segundo, he ahí la fórmula maquiavélica y luego gramsciana para describir una hegemonía clásica. Bien observada, la Guerra Fría tuvo mucho de consenso entre el liberalismo occidental y el socialismo oriental y también algo de coerción sobre todas las terceras posiciones que se atrevieron a plantear una solución alternativa después de la II Guerra Mundial. Moscú y Washington no iban a tolerar a otro Hitler ni a otro Mussolini cuestionando el orden mundial bipolar y, en efecto, no los toleraron: la destrucción de los Perón, de los Nasser, de los De Gaulle y de los Tito en lo sucesivo respondió precisamente a esa necesidad de coerción a los díscolos para la estabilidad del empate, esto es, del pacto hegemónico.

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Con Churchill como convidado de piedra, Stalin y Roosevelt se repartieron el mundo tras derrotar a Hitler y a Mussolini en Europa. Se suele normalizar mucho esta alianza en la narrativa histórica mediante la ocultación del hecho supuesto de la contradicción fundamental entre el socialismo soviético y el liberalismo occidental. Pero claro, Stalin y Roosevelt eran más bien socios en un empate y consiguientemente en un pacto hegemónico que propiamente enemigos. Y como socios lucharon juntos para destruir un conato de tercera posición disidente que cuestionaba su hegemonía. Esta es la descripción genérica ejemplificada en la historia de cualquier hegemonía.

Entonces la hegemonía bipolar de la Guerra Fría que se construyó entre 1918 y 1945 por los estadounidenses y los soviéticos y luego se estableció en toda su plenitud al menos hasta 1991 se analiza mucho mejor por sus resultados que por cualquier teoría o “conspiranoia” al respecto. De hecho, los puentes entre Moscú y Washington estuvieron casi siempre rotos, la comunicación nunca fue lo suficientemente fluida entre los polos antinómicos como para que acordaran activamente la hegemonía, aunque esta efectivamente se verificó en la geopolítica. Lo más probable es que la hegemonía bipolar haya sido un acuerdo tácito, una comprensión mutua a la que llegaron tanto los soviéticos como los estadounidenses de que era mejor fundar un liderazgo mundial en el empate nuclear que arriesgarse al surgimiento de terceras posiciones en discordia.

En un plano más doméstico la fórmula hegemónica se verifica ahora en la política de cabotaje argentina y se ve, por supuesto, mucho mejor en sus resultados que en cualquier hipótesis. Ni el “progresismo” cristinista ni el “conservadurismo liberal” propuesto por el mileísmo aportan las soluciones que el país necesita hoy para salir del trance y tanto Cristina Fernández como Javier Milei lo saben, entienden que sus proyectos políticos ya están del todo superados y solo a la espera de que aparezca una síntesis que los coloque de una vez y para siempre en el catálogo histórico. ¿Cuál podría ser la única forma de mantenerse vigentes, de forzar la vigencia de sus respectivos proyectos, si no mediante el sostenimiento de una grieta en la que ambos monopolizan el debate sin permitir el advenimiento de otros con terceras posiciones superadoras?

El pacto o el empate hegemónico de nuestra política de cabotaje, como se ve, es una miniatura de lo que fue la hegemonía bipolar de la Guerra Fría en la geopolítica durante el siglo XX. Aunque la ideología es un poderoso veneno y alcanzó para sostener las ilusiones liberales y socialistas durante décadas, ya para la primera mitad del siglo pasado la filosofía política había concluido que tanto el individualismo de Occidente como el colectivismo de Oriente estaban históricamente superados al ser ambos incapaces de darle soluciones a la humanidad. Hace mucho se sabe que el socialismo de los soviéticos es inviable porque destruye la iniciativa individual, pero también que el liberalismo de los yanquis es igualmente inviable porque destruye el grupo transformando al hombre en lobo del propio hombre.

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El encuentro entre Cristina Fernández y Javier Milei durante la asunción de este, visto por otro ángulo. A fines de 2023 estas imágenes causaron cierta polémica, pero fueron rápidamente desestimadas como evidencia de lo que fuere con el argumento de que se trató simplemente de un momento de cortesía entre dirigentes correspondiente a la ocasión. Tras casi un año y medio de aquello estas fotos aparecen frente al observador como una suerte de presagio que pocos fueron capaces de advertir en su debido momento.

Todo eso se sabe hace mucho en la política y, no obstante, el socialismo y el liberalismo se han mantenido vigentes durante toda la Guerra Fría como alternativas obligadas de proyecto político pues supieron desde siempre discutir el uno con el otro monopolizando el debate y excluyendo a todos los demás. Ese es el pacto hegemónico, el que se convierte además en un empate hegemónico al tratarse de dos polos cuyo proyecto político ya está superado al momento de pactar y, como decía Portantiero, únicamente lo hacen para impugnarse mutuamente y sostener el propio empate que los favorece. En una palabra, el pacto o el empate hegemónico es una cosa que se hace en contra de los intereses de la sociedad con el solo fin de que no pierdan vigencia unos dirigentes que no tienen ya nada para ofrecer.

La filosofía política en nuestro país también ya sabe hace mucho que ni el “progresismo” cristinista ni el “conservadurismo liberal” mileísta —que es un refrito recargado del menemismo de los años 1990— tienen mucho para aportar a la solución de los problemas de la Argentina, fundamentalmente porque reproducen esas formas falsas de “desarrollo” de la economía que son las del neoliberalismo. Un poco más por izquierda o por derecha en el discurso, claro que sí, pero siempre con el mismo énfasis en lo financiero y en el asistencialismo social para tapar los baches que van quedando al no resolverse los problemas de fondo. El “progresismo” y el “conservadurismo” son incapaces de solucionar esos problemas, pero siguen vigentes como alternativas únicas en la política argentina sin permitir que en el horizonte surja una tercera posición superadora.

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Javier Milei es un economista que fue al Foro Económico Mundial a hablar de cualquier cosa, menos de economía. En su intervención en el foro, Milei se despachó con una diatriba contra la ideología de género. A esto se dedican tanto el mileísmo como el cristinismo: a provocarse con asuntos que no tienen que ver con la gestión de los recursos del territorio ubicándose cada campo en las antípodas respecto del otro sobre esos temas. El percibido “conservadurismo” de Milei en temas secundarios de moral sexual es una impostura: si el cristinismo hubiera sido conservador, Milei habría surgido como un “progresista”. El asunto es hacer grieta sobre temas que no mueven el amperímetro para que no se vea el acuerdo respecto a lo que importa.

De ahí el pacto hegemónico —el que, otra vez, parecería ser una cosa mucho más tácita que negociada— convertido en empate hegemónico mediante la monopolización del debate por los dos polos ideológicamente antinómicos. En esta Guerra Fría en miniatura el “progresismo” cristinista es el heredero del socialismo soviético y el “conservadurismo liberal” mileísta es, por su parte, el continuador del liberalismo yanqui. Ambos están desde luego agotados, pero se mantienen vigentes al empatar hegemónicamente polemizando el uno con el otro para no permitir el ascenso de una tercera posición sintética. Es una vigencia artificial, claro, aunque igualmente eficaz para efectos prácticos: el resultado concreto es que la sociedad sigue en el péndulo propuesto por el par antinómico y sin entender que la cuestión radica precisamente en destruir dicho péndulo.

Aquí aparece claramente el concepto de suma cero, que es la impugnación mutua en las categorías de Portantiero. Conociendo el árbol por sus frutos, como prescribía San Mateo, lo que resulta prácticamente de la diatriba permanente entre Cristina Fernández y Javier Milei en las redes sociales es la impugnación de ambos y, por lógica, la validación de ambos ante sus propios núcleos duros. “En una fortaleza sitiada”, decía San Ignacio de Loyola, frecuentemente citado por Fidel Castro, “toda disidencia es traición”. Al haber una grieta en cuyo extremo opuesto existe un enemigo acérrimo proponiendo la aniquilación de la conductora propia, a la tropa no le queda más opción que la de hacer la vista gorda frente a las flaquezas de dicha conductora y sostenerla con uñas y dientes sin cuestionamientos y, lo que es más importante, sin exigirle nada en absoluto.

Por contraposición lógica la recíproca es verdadera y el enemigo acérrimo, en este caso el “kuka”, quiere destruir al conductor, matarlo, meterlo preso. ¿Qué disidencia pueden plantearle a Milei aquellos que no desean ver el triunfo del cristinismo? Además de cometer ilícitos groseros, Javier Milei le entrega abiertamente lo poco que queda de soberanía a Israel e impone un plan económico cuyos resultados nefastos ya son bien conocidos, pero la tropa no afloja y sigue apoyando acríticamente, sin exigirle nada. La única función de Milei para su tropa es resistir los embates de quien lo impugna y, en espejo, la única función de Fernández para sus obsecuentes es hacer lo propio, puesto que la impugnación viene del lado de Milei. No importan ya los proyectos políticos y sus consecuencias, todo lo que importa en la grieta es el aguante. Es un permanente resistir con aguante.

Ahora el embate se da y se limita al ámbito virtual de las redes sociales, más específicamente a Twitter. Cada vez que Cristina Fernández publica una de sus cartas digitales arrancando con el ya tristemente célebre “Che, Milei”, lo único que logra es cristalizar el núcleo duro mileísta confirmando el sesgo ideológico anti de esa parcialidad. ¿Y qué hace Milei? Pues replica a su enemiga incluso imitándole el registro pretendidamente “canchero” con un “Che, Cristina” para arrancar toda diatriba y así cristaliza, por su parte, el núcleo duro cristinista. Y ocurre lo que era esperable: “La jefa está bajo fuego, la quieren meter presa, matarla, proscribirla. Acá hay que bancar los trapos sin hacer preguntas”. La fortaleza sitiada de San Ignacio de Loyola ahora son dos fortalezas opuestas que se proporcionan mutuamente el pretexto para sostener el estado de sitio por tiempo indeterminado.

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En sus históricamente largas alocuciones Fidel Castro solía citar con mucha frecuencia a San Ignacio de Loyola para decir que en una fortaleza sitiada toda disidencia es traición, justificando así por fuerza de las circunstancias la prohibición de los disidentes en Cuba. Esta es la lógica de ambos campos en la grieta: mediante la percepción de un estado de sitio permanente, no se les permite ni a los cristinistas ni a los mileístas (o a los macristas en su día) el cuestionamiento a sus dirigentes. Y así se cristaliza la situación de empate con todos los dirigentes cómodos en total control de compartimientos estancos. ¿Qué dirigente va a preocuparse por hacer una buena gestión de lo público si, haga lo que haga, siempre tendrá el apoyo y el rechazo de los mismos de siempre?

La conclusión necesaria y la única conclusión posible es la propia obviedad ululante que nadie está dispuesto a aceptar, porque es como los “cuernos” puestos por una pareja infiel: Cristina Fernández sostiene a Milei en la presidencia y Milei sostiene a Cristina Fernández en el lugar exclusivo de oposición, como única opositora. Ambos se eligen el uno a la otra para polarizar y, al hacerlo, se dan el estado de sitio permanente en la fortaleza de sus núcleos duros. Cuando Milei tambalea, como lo hizo el pasado Día de San Valentín con la estafa cripto, Cristina Fernández sale a su rescate con un tuit provocador que les recuerda a los mileístas la razón por la que venían apoyando a Milei y es el prosaico rechazo a la idea del triunfo del cristinismo en las próximas elecciones.

Otra vez la recíproca es verdadera y Milei sale siempre al recate de Cristina Fernández cuando surge algún desafío interno a su liderazgo “opositor” —siempre entre muchas comillas, por supuesto, porque aquí no hay ni podría haber ninguna oposición real— recordándoles a los feligreses cristinistas que el cuestionamiento a la conductora propia fortalece al enemigo. Hace años que Cristina Fernández no conduce efectivamente y carga además ahora con el peso de haber traído a Alberto Fernández en 2019, hecho que resultó en una catástrofe política para el campo propio cuya consecuencia fue precisamente el advenimiento de Milei. Pero no importa. La “jefa” está amenazada, la fortaleza está sitiada y no es momento para cuestionar ni mucho menos para exigirle nada a la conducción. Y en este juego de suma cero, de impugnación y de validación mutuas, el nefasto régimen mileísta sigue adelante contra todo pronóstico.

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Entre el fallido atentado en su contra y la saña del poder judicial se ha generado en los cristinistas la percepción de que Cristina Fernández está amenazada, vienen por su vida o por su libertad. En estas condiciones se vuelve imposible cuestionarla por su prescindencia en la conducción política, dando como resultado el que la “jefa” puede hacer lo que quiera o hacer nada en absoluto sin poner en riesgo su lugar de privilegio. Los propios jamás la van a cuestionar y mucho menos presionar.

La evidencia son los frutos del árbol más allá del discurso ideológico, en el que Cristina Fernández y Javier Milei aparecen como enemigos acérrimos e irreconciliables, no parecería haber espacio para ambos en este mundo. Exactamente como ocurrió (y ahora se ve más claramente al reiterarse el uso del método en el tiempo) durante el régimen de Mauricio Macri entre 2015 y 2019. En teoría Macri y Cristina Fernández no podían ni verse, aunque en la práctica se elegían mutuamente para polarizar. Durante cuatro años el fantasma del retorno de Cristina Fernández a la presidencia fue suficiente para sostener a Macri con su régimen abiertamente antipopular. “Estoy dispuesto a comer tierra con tal de que no vuelva la chorra”, decían los macristas que hoy son mileístas y, en realidad, son anticristinistas a los que cualquier tranvía los deja bien.

Esto fue lo que pasó entre 2015 y 2019, lo mismo que ahora: cada vez que el régimen macrista tambaleaba tras hacer alguna maldad contra el pueblo y contra el país, surgía desde las tinieblas el espectro fantasmal de Cristina Fernández a recordarles a los macristas su promesa de comer tierra, esto es, de tolerar en silencio cualquier atropello a sus intereses particulares en tanto y en cuanto una crítica o una exigencia a Macri podría interpretarse como una debilidad del régimen y, por ende, como un fortalecimiento de la oposición que lógicamente era la “chorra”. Entonces los macristas comían tierra nomás, veían cómo Macri destruía su poder adquisitivo y su calidad de vida con la aplicación de políticas económicas de demolición, pero optaron siempre por seguir apoyando al régimen para, véase bien, “no darle de comer al enemigo”.

De aquí resulta ya mucho más fácil observar que lo mismo ocurrió entre los años 2019 y 2023 con Alberto Fernández como testaferro de la “jefa” y lo mismo también viene ocurriendo desde 2023 y hasta hoy con Milei. Es el mismo método reiterado en el tiempo y dando como resultado una década entera de una alternancia “democrática” en la que el régimen entrante continúa la demolición del régimen saliente y el pueblo en su conjunto llega cada vez en peor estado a las elecciones a votar —desesperado— por el candidato de la oposición del momento, sea el que fuere, tan solo para que siga la demolición. Una década entera en la que la única variación fue en el discurso del “conservadurismo” macrista al “progresismo” albertista y de vuelta al “conservadurismo”, ahora con Milei. El proyecto político, que es el plan económico y la orientación diplomática, ha sido siempre el mismo.

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Durante el macrismo entre 2015 y 2019 la imagen de Cristina Fernández como antagonista ideal fue suficiente para sostener a Mauricio Macri hasta el final de su mandato. La lógica de los macristas en su día era sencilla: el que se queje del plan económico “da de comer” a los cristinistas y pavimenta el camino para el retorno del enemigo identitario. Y así Macri pudo hacer un saqueo contra todos los argentinos —incluso contra sus obsecuentes, por supuesto— sin peligro de que una revuelta interna le abreviara el régimen. Lo mismo ocurre hoy con Milei, quien se sostiene en el mismo juego de suma cero. Lo que sus obsecuentes más temen es la vuelta del cristinismo y van a tolerar cualquier abuso por parte de Milei para evitarlo.

Eso solo puede funcionar por el juego de suma cero, el que les permite a los dirigentes políticos gobernar sin atender las demandas del pueblo y sin ocuparse de la resolución de los problemas, que van acumulándose año tras año. ¿Por qué? Porque la vara de medir la calidad de un gobierno ya no es su obra de gestión concreta en el poder político, sino lo que representa en el contexto de la grieta. Ahí está el truco al desnudo: la grieta existe para exonerar a los dirigentes políticos de la responsabilidad de gestionar la cosa pública en favor de las mayorías, ya no tienen que hacerlo. Lo único que debe hacer un dirigente político para sostenerse en el cargo por todo lo que dure su mandato es oponerse a una parcialidad que tenga los suficientes odiadores y ese odio, en una suma cero, se encargará del resto.

Ahora bien, todo esto es muy claro si se observa la realidad política del país en los últimos diez años despojándose de las anteojeras ideológicas y sobre todo identitarias, pero en un contexto más amplio resulta igualmente un contrasentido. ¿Quién quiere hacer un mal gobierno desde el punto de vista de las mayorías populares y quedar como un villano ante el pueblo? ¿No sería mucho más fácil y agradable favorecer al pueblo en la gestión del Estado en vez de sostenerse negativamente en un juego de suma cero, por el odio identitario como un anti y nada más? Planteada así la cuestión es muy difícil entender el comportamiento de los dirigentes de la política desde Macri en adelante. ¿Por qué se esmeran en imponer políticas de Estado tan antipopulares si más sencillo es hacer todo lo opuesto y tener la aprobación general de la ciudadanía a la gestión?

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El error que los obsecuentes cometen es el de no comprender que el juego de suma cero no evita el retorno del ser odiado que se ubica en el otro extremo de la grieta y más bien lo propicia. Al no exigir de sus dirigentes que hagan una buena gestión de lo público para la mayoría popular, lo que logran es que ya el triunfo electoral propio solo dure cuatro años, puesto que las mayorías silenciosas, agobiadas por la malaria económica, van a volcar su voto siempre a la oposición sin miramientos. Lo que los obsecuentes tratan de evitar con su silencio es lo que terminan finalmente llamando y ahí está el péndulo identitario.

Eso se supone que es la política, es un triunfar en la lucha por el poder en el Estado con el fin de, una vez en posesión de ese triunfo, hacer una gestión política conveniente para la mayoría del pueblo que vota y luego hacerse votar de nuevo precisamente por haberlo hecho. Todo el sistema dicho “democrático” —que es un sistema electoral— se basa en esa simple idea fundamental, el elector razona en esos términos cuando acude a las urnas a depositar su voto. Salvo por los militantes y los identitarios de este o de aquel partido, todo elector vota con la esperanza de que el candidato de su preferencia vendrá con la solución a sus problemas colectivos y con la elevación de la calidad de vida de las mayorías populares. Y el problema es que los dirigentes ya no piensan así.

Una parte importante de la hipótesis del pacto hegemónico que ha sido abundantemente expuesta a lo largo de los últimos cinco años en las páginas de esta Revista Hegemonía es la que da cuenta de la injerencia del poder fáctico global en los asuntos de la política en países como el nuestro. No es sencillo determinar desde cuándo se da esa injerencia y lo más probable es que, dada la condición de semicolonia de nuestro país, esa injerencia haya estado siempre allí. Pero lo cierto es que mucho de la soberanía nacional fue perdiéndose paulatinamente a partir del golpe de 1976 y es posible que a esta altura lo que los argentinos entendemos por “gobierno” se haya convertido enteramente en un régimen de ocupación semicolonial. En otras palabras, sin la necesidad de determinar el origen del proceso, la realidad es que hoy el pueblo vota, pero no manda en el país.

Al menos en los últimos diez años los dirigentes políticos han optado por sostenerse mediante el juego de suma cero de la grieta y no por hacer buenas gestiones de gobierno simplemente porque no se les permite esto último, esto es, los dirigentes pueden prometer y pueden ganar las elecciones como siempre, pero una vez instalados en el poder político deben representar los intereses particulares del poder fáctico y no los intereses colectivos de las mayorías que votan y pagan los impuestos. El poder político en el Estado ha sido usurpado por un poder fáctico antidemocrático cuyos intereses son diametralmente contradictorios a los de las mayorías populares. Y en consecuencia los dirigentes políticos son simuladores, hacen un discurso “para la tribuna” y en la praxis obran en sentido opuesto a lo que dicen.

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A partir del golpe del 24 de marzo de 1976 todos los gobiernos electos por el voto popular estuvieron, en mayor o en menor medida, sujetos al régimen de ocupación neocolonial. Por el contenido de su obra específica, quedan exentos de esta definición el gobierno de Néstor Kirchner entre el 2003 y el 2007 y una parte por determinar de los dos mandatos de Cristina Fernández. En ese periodo, que al parecer fue del 2003 al 2012 hubo un desafío al poder fáctico global en algunos aspectos. Pero el poderoso pronto puso en caja a los díscolos y hoy la política argentina se encuentra otra vez absolutamente sometida a los designios de los dueños del mundo.

Es lo que se ve claramente al menos en la última década. Empezando por Macri, pasando por Fernández y llegando a Milei el comportamiento de los dirigentes oficialistas y opositores no ha variado. Los primeros se han dedicado a imponer proyectos políticos profundamente dañosos para los intereses colectivos del pueblo y a sostener relaciones diplomáticas con potencias imperialistas como Israel que se alejan mucho de una postura soberana, pero también del decoro. Al igual que Milei, Alberto Fernández hizo su primer viaje oficial a Israel y luego hizo entrar a la estatal israelí Mekorot al control del agua del territorio, por ejemplo. Milei profundiza esa tendencia sin hacer ningún esfuerzo por ocultar el vínculo con el Estado genocida y terrorista, sino más bien todo lo contrario. Esa es una fuerte señal de desdén hacia la voluntad popular.

Ese desprecio, por su parte, puede estar indicando que a los dirigentes de la política ya no les importa la opinión pública en el cabotaje, lo que también significaría una total entrega de la soberanía en manos del poder foráneo. Esto sería lo opuesto exacto a ese notable episodio histórico que fue el diálogo en 1945 entre un General Perón que ascendía y un embajador de los Estados Unidos Spruille Braden que intentaba entonces meterse en el bolsillo al que a la postre vendría a ser presidente. Presentándole a Perón un pliego de condiciones, Braden le dijo: “Vea, Perón, que si hace todo esto Ud. será muy bien considerado en mi país”. Perón, rápido de reflejos y sin intención alguna de someterse, le habría contestado a Braden que no estaba interesado en ser bien considerado en los Estados Unidos al costo de ser un hijo de puta en Argentina.

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Después de hacer su viaje inaugural a Israel, el régimen de Alberto Fernández aprovechó la oscuridad del coronavirus para entregar más o menos silenciosamente lo que quedaba de nuestra soberanía en manos de los israelíes. Eduardo “Wado” de Pedro hizo entrar a Mekorot a la gestión del agua, en un acto que representa la penetración de esa potencia terrorista durante el gobierno “progresista” de Fernández. El péndulo es identitario y las políticas siempre benefician a los mismos sin cuidado de quien esté gobernando en cada momento.

Los Estados Unidos recibieron la respuesta de Perón al embajador Braden más o menos como una declaración de guerra y empezaron a operar en lo sucesivo contra el naciente peronismo. El propio Braden formó en estas latitudes la infame Unión Democrática de los socialistas, los comunistas, los progresistas y los radicales para impedir el triunfo electoral de Perón en 1946, aunque desde luego fracasó en el intento. Perón no quiso someterse a los designios de Washington y triunfó por una década entera hasta ser al fin derrocado por un golpe de Estado en 1955. Esos fueron los diez años de mayor soberanía nacional desde Juan Manuel de Rosas y si bien finalmente Perón fue derrocado por la fuerza brutal de la antipatria lo cierto es que jamás aceptó ser bien considerado en el extranjero al costo de ser un hijo de puta en su propio país y por eso, precisamente por eso, fue un distinto.

Al parecer, los dirigentes de la actualidad no están muy preocupados por el riesgo de quedar como unos hijos de puta en el país propio y directamente ignoran las demandas y las necesidades del pueblo para representar sin tapujos los intereses foráneos. Los dirigentes claudicaron ante las exigencias de una geopolítica cambiante y probablemente ya aceptaron ser satélites de un gobierno de facto cuyos ejes estarán entre Washington y Tel Aviv, razón por la que encontraron en el pacto hegemónico la solución para el problema de tener que simular una gestión de gobierno que no pueden tener. La única respuesta posible al comportamiento de una política que prefiere alternarse en la grieta mediante el odio identitario y no por el mérito de haber gobernado para las mayorías populares tiene que estar ahí, en voluntad de un poder real que aquí no está y pretende controlar los recursos naturales y humanos del territorio en su propio beneficio.

La realidad, sea como fuere, está a la vista y es la prescindencia de la política respecto a la representación del pueblo en el Estado. El pacto o el empate hegemónico es a esta altura un hecho innegable pues de otra manera no sería posible explicar el péndulo entre “progresistas” y “conservadores” que se esmeran en gobernar cada vez peor con el solo fin de pavimentar el camino al rival de turno cada cuatro años. En el fondo, si bien la hipótesis del pacto hegemónico describe una realidad del cabotaje, lo que expone verdaderamente es la pérdida de la soberanía y es un régimen neocolonial que pretende ser permanente con la “alternancia democrática” y el respeto formal a las instituciones como fachada.

Al igual que en la década infame de los años 1930 y 1940, como se ve, de esta farsa difícilmente se sale votando pues todos los candidatos estarán siempre dispuestos a ser unos hijos de puta en el país propio. Tendrá que venir un criollo a mandar en estas tierras, uno que no esté interesado en ser muy bien considerado en Washington, en Londres o en Tel Aviv. Tendrá que venir ese criollo con la revolución a mandar o tendremos los gauchos que aguantar hasta que nos trague el hoyo.


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