Teorías de la conspiración

En medio a una gestión política del Estado paralizado y un país que se dirige a una situación quizá irreversible sin que medie un shock, la conductora de la primera minoría política en Argentina permanece en silencio. ¿Cuáles serían las razones de ello? ¿Puede y no quiere o quiere y no puede hablar? El secretismo de las mesas chicas de la conducción obliga a militantes y simpatizantes a adivinar sus instrucciones y eso va resultando en una lenta disolución del campo. ¿Qué resultado tendrá esta extraña anarquía en un movimiento acostumbrado a una conducción siempre activa y presente?
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En una nota de opinión publicada en el diario español El País el 20 de octubre de este año, el operador mediático Ernesto Tenembaum mete el dedo en la llaga y se cuestiona, ya desde el titular, sobre El paradero desconocido de Cristina Kirchner. Es sabido que Tenembaum no tiene más compromisos que los asumidos con quienes le pagan para opinar y por eso puede preguntarse abiertamente por aquello que muchos de nosotros en el lado opuesto tenemos prohibido: el verdadero rol de Cristina Fernández de Kirchner en la actual construcción política precaria que hace el Frente de Todos desde diciembre de 2019.

Ernesto Tenembaum ya empieza recordando que nuestra vicepresidenta dio el faltazo en el acto por la lealtad peronista celebrado tres días antes de la publicación y sugiere que esa ausencia no es anecdótica, sino que significa “algo más”.

La nota de Tenembaum en El País no tiene mucha importancia, no es otra cosa que la opinión de un reconocido operador cuyo objetivo es agitar las aguas en un escenario de río ya bien revuelto. Lo que sí es interesante notar es la emergencia de algunas voces que empiezan a cuestionar esta situación —a todas luces extrañísima— de ausencia en la conducción del Frente de Todos.

En todo lo que va del año, la voz más autorizada del campo de lo nacional-popular prácticamente no abrió la boca más allá de lo estrictamente esencial para el cumplimiento del rol institucional de presidente del Senado que por ley le corresponde al vicepresidente de la Nación. Cristina Fernández solo habló públicamente para presidir las sesiones del Senado y apenas en cuestiones relacionadas a esa función.

El operador mediático Ernesto Tenembaum, autor del cuestionamiento sobre el silencio de Cristina Fernández de Kirchner en el ‘Diario El País’. Al no tener compromisos militantes con el sector kirchnerista, Tenembaum puede levantar una liebre que para los que estamos “de este lado” resulta muy incómoda.

Políticamente hablando, o en todo lo que tiene que ver con opinar sobre los asuntos de la organización social del país, desde la asunción del nuevo gobierno Cristina Fernández jamás se manifestó. De hecho, Cristina solo habló vía Twitter y además muy escasamente: desde la primera tuiteada en enero hasta la fecha, fueron poco más de cien tuits de la vicepresidenta en diez meses, con un promedio aproximado de un mensaje bien cortito cada tres días.

Es escaso y además con poca sustancia. Cristina Fernández utilizó el inmenso canal de Twitter que tiene mayormente para celebrar efemérides, retuitear alguna que otra ocurrencia de los suyos y poco más que eso. Un breve análisis del contenido publicado por la vicepresidenta en la red del pajarito arroja como resultado que, salvo por ese artículo de Página/12 escrito por Alfredo Zaiat que contenía una crítica a la economía política del gobierno y que fue publicado a mediados de julio, Cristina no dio opinión sobre el rumbo de la verdadera política del país, que es la política económica.

Las cosas ocurren, el país avanza hacia una situación de extrema complejidad, hasta terminal para algunos, pero la jefa del movimiento que tiene (al menos en teoría, como veremos más adelante) el poder político en el Estado simplemente no se manifiesta. No lo hace para decir que está bien y tampoco para decir que está mal, no lo hace en absoluto.

Y eso es llamativo. A esta altura de los acontecimientos y ante el estado de la economía, sobre un escenario político demasiado inestable, cientos de miles de militantes y otros tantos simpatizantes de lo nacional-popular en su variedad de colores no saben para qué lado disparar. La única instrucción que tiene la tropa kirchnerista de la conducción es de la campaña electoral, esto es, data de hace más de un año: había que votar a Alberto Fernández, elevarlo a la presidencia de la Nación y así se hizo.

Imagen de portada, cargada de semiología, de ‘La conducción política del poder económico’, el artículo de Alfredo Zaiat con el que Cristina Fernández rompió el silencio enviando por Twitter un mensaje clarísimo que, no obstante, no fue correctamente interpretado por la tropa. El kirchnerismo no funciona con mensajes cifrados ni por la conducción de intelectuales y cuadros medios, sino con la presencia clara y el discurso inequívoco de la conductora.

Después de eso no hubo más instrucciones y desde entonces la multitud de seguidores de Cristina Fernández se ha dedicado prácticamente a adivinar la voluntad de la conductora. Los militantes y simpatizantes hacen eso mismo, buscan en ella algún gesto, alguna pista hasta en su lenguaje corporal que permita deducir una orden, sin éxito. Y entonces su procedimiento es lógico porque se limita a aferrarse a la última orden emitida allá por octubre de 2019. Al no haber comandos, rige el último comando recibido.

El resultado práctico es que el llamado kirchnerismo sigue apoyando el gobierno de Alberto Fernández, aunque cada vez con menos intensidad y básicamente solo porque en la vicepresidencia está la conductora del movimiento, porque ella dijo hace más de un año que eso era lo que debía hacerse. Por su parte, los cuadros medios se contradicen entre sí y no logran hacerse de la debida autoridad para conducir parcialmente ante la ausencia de la jefa de todos.

Y allí empieza una dispersión que crece todos los días, hora tras hora va debilitándose la fe que es el motor de toda militancia y el gobierno va perdiendo apoyo a medida que se estanca y claudica en sus fallidos intentos por recuperar una iniciativa que, a esta altura, parece irrecuperable. El sector jacobino del kirchnerismo opta por hacer caso omiso del estancamiento y la claudicación del gobierno de Alberto Fernández y sigue allí, firme en la defensa de ya no se sabe muy bien qué cosa.

Pero lo cierto es que la mayoría de los que apoyaron y votaron la lista del Frente de Todos en octubre de 2019 o bien ya bajó los brazos, está apática y hasta demuestra públicamente su insatisfacción frente a lo que parecería encaminarse a un rotundo y peligroso fracaso.

La hipótesis “buena”

Todo eso, como veíamos, ante un ensordecedor silencio de Cristina Fernández, un silencio que aturde y confunde sobre todo a los que se acostumbraron a la presencia fuerte de la conducción, una marca registrada del peronismo en general y de Cristina en particular. Se despide el mes de octubre y pronto estaremos a treinta días de despedir el primer año de un gobierno que llegó con las más altas expectativas y hasta aquí no pudo hacer pie, los focos de conflicto se multiplican y se diversifican por todo el país abriéndole nuevos frentes de lucha a un Alberto Fernández atribulado, desbordado por una situación potencialmente explosiva a la que no logra dar respuestas.

Y a todo eso Cristina Fernández sigue en silencio, sin dar una sola pista de qué opinión tiene sobre la realidad actual. Nada, la conductora no dice nada y entonces entre los conducidos la pregunta es inevitable: ¿Dónde está Cristina Fernández de Kirchner?

Cristina Fernández de Kirchner, visible en la presidencia del Senado que por ley le corresponde al vicepresidente de la Nación. Más allá de estas apariciones protocolares, Cristina ha estado en absoluto silencio durante lo que va del año, dando lugar a una serie de conjeturas que ahora se ponen al rojo vivo ante la situación terminal del país.

Está en la vicepresidencia de la Nación y encabezando el Senado, eso es una obviedad. Físicamente Cristina está allí y en ocasiones hasta se deja ver, no es misterioso. Lo enigmático es la ubicación de Cristina en el escenario político actual, es decir, el lugar que ocupa realmente la conductora de multitudes en el presente proceso. “Cristina banca”, dicen los kirchneristas más duros, sobre todo los que ocupan cargos o funcionan en el aparato. “No habla, pero banca”.

La afirmación es temeraria y da lugar a hipótesis sobre los motivos reales del silencio de la jefa, hipótesis que le quitan el sueño a más de uno. Una de esas hipótesis es “buena”, esto es, se basa en que la respuesta al misterio está en la voluntad de Cristina, en que la vicepresidenta resolverá el problema cuando quiera. Y la otra es “mala” en la suposición de que, por el contrario, Cristina Fernández quiere resolver y no puede, hay algo que le impide hacer lo que tiene que hacer.

La hipótesis “buena” es que puede y no quiere intervenir, o que por lo menos no quiere hacerlo ahora. Y la primera posibilidad de por qué no quiere hacerlo es la más evidente, aunque también la menos probable: Cristina Fernández calla y otorga, es decir, no habla porque suscribe y está de acuerdo con el modo de gobernar de Alberto Fernández.

El atento lector sentirá el ruido que hace la sola enunciación de esta parte de la hipótesis, la afirmación de que Cristina Fernández calla y otorga porque está de acuerdo con el modo de gobernar de Alberto Fernández y por lo tanto con los resultados, porque suscribe los ajustes, las devaluaciones, las concesiones al poder, las claudicaciones y demás horrores que le son absolutamente ajenos. La idea de que Cristina no habla porque “banca” es la favorita de ese kirchnerismo duro que está instalado en la administración pública y sin dudas es la más obvia, pero también es la más inverosímil.

Mientras fue presidenta de la Nación, Cristina Fernández no solo ejerció una conducción clara y constante, como se ve en esta imagen de los famosos “patios militantes” en los que daba orientación a la tropa, sino que además implementó políticas que difieren radicalmente de las actualmente propuestas por Alberto Fernández. La idea de que Cristina suscribe lo hecho por Alberto es ideológicamente delirante. Y prácticamente también.

Por razones de historial político e ideología, por razones lógicas, si Cristina Fernández no habla porque “banca” la totalidad de la gestión albertista, entonces muy lejos tendrá que haber quedado la que fue dos veces presidenta de la Nación e hizo casi siempre todo lo opuesto. Es muy poco creíble, como se ve, allí donde la ideología de Cristina Fernández ya es bien conocida y es improbable que haya cambiado, sería difícil aceptar que la conductora de un movimiento popular de masas durante más de una década haya cambiado ideológicamente a punto de que le parezca aceptable el descalabro actual.

En una palabra, si Cristina Fernández calla y otorga en el presente contexto, entonces hubo en ella un cambio de ideología radical y eso no es una cosa fácil de aceptar.

También existe la posibilidad de que su silencio sea estratégico, lo que en sí es la idea favorita de los más optimistas entre los kirchneristas, de los que tienen una fe cuasi religiosa en la capacidad estratégica de Cristina Fernández. Aquí, el silencio de la vicepresidenta no se debería a que suscribe el descalabro del gobierno del candidato que ella misma —supuestamente— eligió, sino más bien a que tiene todavía una jugada oculta, una carta más en la manga y fuera de nuestra vista.

¿Cuál podría ser esa carta? Pues es imposible anticiparlo, dada la naturaleza misteriosa de la mente estratégica de Cristina. Nadie sabe ni tiene la más remota idea de qué podría ser, pero los que creen están seguros de que algo hay y por lo tanto el silencio de Cristina Fernández se explica en una jugada estratégica que en algún momento conoceremos, cual una revelación o una epifanía.

La conjetura de un silencio estratégico es cuasi religiosa, sí, pero de ninguna manera es delirante. Bien mirada la cosa, Cristina Fernández ha roto el silencio luego de largos periodos de ausencia con el anuncio de alguna movida estratégica que dejó desconcertados a propios y extraños. A mediados del año pasado, sin ir mucho más lejos, cuando anunció la inesperada fórmula del Frente de Todos para las elecciones de octubre con Alberto Fernández encabezando la lista y ella misma en el lugar de vice, por ejemplo.

La “jugada estratégica magistral” que sorprendió tanto a propios como a extraños. Luego de un largo periodo de silencio, Cristina apareció un buen día con la fórmula para derrotar a Mauricio Macri. ¿Por qué no habría de hacerlo otra vez, emergiendo desde la oscuridad con la fórmula salvadora? Esa es la fe del kirchnerismo en la conductora: la fe del hincha en el crack al que no se lo sustituye jamás porque en cualquier momento del partido hace la jugada genial y gol ganador, aunque haya estado apagado durante todo el partido.

Cristina podría perfectamente estar agazapada, esperando el momento de pasar a la ofensiva con un plan previamente concebido y esa es la fe que sigue moviendo a una gran cantidad de militantes y simpatizantes kirchneristas pese a las pálidas que distribuye al por mayor el gobierno del Frente de Todos hoy.

También en la hipótesis “buena” está la alternativa prescindente, que se divide en dos partes. Por un lado, la sencilla posibilidad de que calla porque quiere estar en silencio y simplemente no le interesa más intervenir en la política. Por otro, la de que calla porque no sabe o no tiene la solución al problema. Ambas serían muy decepcionantes, sobre todo para un cierto fan club que le atribuye poderes sobrenaturales a CFK, por supuesto.

La hipótesis de la prescindencia sigue siendo “buena” porque no existiría la incidencia de los peligrosos factores externos que veremos en la hipótesis “mala”, pero no por eso dejaría de producir una enorme tristeza entre los que siguen a Cristina Fernández incondicionalmente.

Si Cristina puede y no quiere simplemente porque ya se retiró de la política por voluntad propia —tiene ganas de dedicarse a su familia, a su hija y sus nietos, o lo que fuere—, entonces con mucha desilusión descubriríamos que ella es humana y que, como tal, desea tener un estilo de vida familiar que normalmente se les prohíbe a los dirigentes políticos de alto perfil.

Muchos se pondrían tristes si llegaran a enterarse alguna vez de que CFK se retiró por razones estrictamente personales, no relacionadas con ninguna presión externa ni nada por el estilo, pero lo cierto es que tampoco se le podría reprochar la decisión. Cristina dio mucho, muchísimo hasta aquí en todos los años en los que estuvo activa. Sería hasta injusto exigirle que dé más.

La familia, una de las razones probables de la prescindencia de Cristina Fernández. La vicepresidenta ya es abuela y no está demasiado lejos de cumplir los 70 años de edad, por lo que sería natural que tuviera deseos de dedicarse más a los suyos y menos a la rosca infinita contra el poder fáctico.

Ahora bien, si por esa misma naturaleza humana que le es inherente lo que ocurre es que Cristina quiere y no sabe cómo intervenir para resolver el problema, entonces estaríamos frente al dilema de aceptar de una buena vez la falibilidad de los que creíamos infalibles. Puede pasar tranquilamente que la situación se haya vuelto demasiado compleja y que Cristina Fernández no tenga toda la solución con los recursos presentes.

Sería verdaderamente inútil en tal caso y hasta contraproducente meter la cuchara para embarrar aún más una cancha sobre la que ha llovido muchísimo y es ya puro barro. Si no es para resolver la cuestión o por lo menos para hacerla avanzar hacia una probable resolución, lo más prudente es no intervenir en ella y quizá esa sea la razón del silencio de Cristina Fernández ante el descontrol creciente del gobierno del Frente de Todos.

La hipótesis “mala”

Hasta ahí la hipótesis “buena” con las distintas alternativas de una CFK en silencio frente a un gobierno que ganó las elecciones gracias a su voto y que, sin embargo, no logra emular la performance que la propia Cristina Fernández supo tener mientras fue presidenta. La hipótesis “buena” siempre supone que todo está sujeto a la sola voluntad de la conductora y en que, por lo tanto, no existen factores externos forzando su silencio.

¿Pero qué pasaría si no fuera así? ¿Qué pasaría si, en realidad, Cristina no puede opinar y debe mantener un perfil bajísimo por razones que exceden su propia voluntad?

Para analizar esa alternativa y el abanico de posibilidades que pueden desprenderse de ella habrá que retroceder en el tiempo por la ancha avenida de la memoria y tratar de temas muy incómodos, de cosas que al día de hoy son verdaderos tabúes entre la militancia y demás simpatizantes de la causa de los pueblos en toda su diversidad.

En una palabra, habrá que indagar en el origen de la alianza entre CFK y Alberto Fernández, en el génesis del Frente de Todos tal vez hasta mediados del año 2018 y más atrás también. Habrá que meterse en ese asunto de lleno, sin prejuicios y sin dar nada por sentado si lo que se quiere es acercarse asintóticamente a la verdad, averiguar qué fuerzas externas a la voluntad de la conductora podrían estar forzando su silencio. Y eso puede ser más que incómodo para algunos.

Cristina Fernández en el 2017, durante la malograda experiencia progresista en Unidad Ciudadana. A partir de esa derrota las cosas cambiaron y en algún momento del año 2018 se da acuerdo con Alberto Fernández para hacer la fórmula al año siguiente. Todo lo que ocurrió en ese periodo es un enorme misterio, del que apenas son conocidos algunos retazos de verdad a partir del testimonio de los actores de reparto involucrados. De boca de Cristina o de Alberto todavía no se sabe absolutamente nada de lo sucedido mientras las luces estuvieron apagadas.

Hay que empezar desde el principio para comprender de qué se trata. Allá por el año 2003, cuando Carlos Menem ganaba las elecciones y luego se bajaba del ballotage para evitar un “efecto Le Pen” en su contra, Néstor Kirchner asumía la presidencia de la Nación con tan solo el 22% de los votos. Empezaba un gobierno débil de entrada, sin la debida legitimidad electoral. Y allí el Diario La Nación, representando la voz del establishment, le presentó a Kirchner un pliego de cinco condiciones entre las que constaban la impunidad para los genocidas de la última dictadura (1976/1983), el acuerdo con la embajada de los Estados Unidos y el pacto con los “empresarios”, esto es, con el poder fáctico de tipo económico.

A través de un José Claudio Escribano como emisario, ese poder fáctico intentó madrugar y condicionar a Kirchner antes de que asumiera, pero Kirchner fue valiente, desoyó las condiciones que le imponían desde arriba y optó por hacer todo lo opuesto. Así es como sale publicado en el propio Diario La Nación la declaración de guerra en la forma de un editorial titulado Treinta y seis horas de un carnaval decadente, del 15 de mayo de 2003, donde el mismísimo Escribano decreta que la Argentina había resuelto darse un gobierno por un año.

Estaba entonces declarada la guerra contra el nuevo gobierno por parte del poder fáctico, el establishment declaraba su oposición a diez días de la asunción del nuevo presidente. Frente al desafío, Néstor Kirchner hizo lo que indica el manual: construyó una correlación de fuerzas favorable para la lucha. Lo primero que hizo fue pactar con el Diario Clarín, en el que se iba a recostar durante todo su gobierno. De hecho, la fusión entre Cablevisión y Multicanal fue el precio que pagó Kirchner por el apoyo de Héctor Magnetto, fundamental para hacerles frente a los oligarcas representados en La Nación.

El acuerdo estaba sellado, Magnetto iba a tener la fusión deseada y solo necesitaba una garantía fuerte de que Kirchner cumpliría lo pactado. Esa garantía fue el nombramiento de Alberto Fernández en la Jefatura de Gabinete de Ministros. Fernández ya era en ese entonces un notorio operador de Héctor Magnetto y fue el elegido para garantizar el pacto funcionando como el hombre de Clarín en el gobierno de Néstor Kirchner.

Néstor Kirchner, observando tranquilamente por televisión cómo Carlos Menem se bajaba del ballotage. En ese momento, Néstor se consagraba presidente de la Nación y daba inicio al proceso del que hoy vivimos los últimos días.

El tiempo pasó, Kirchner triunfó y sacó a flote un país que se había hundido desde el estallido de diciembre del 2001. Néstor Kirchner terminó su mandato y no tuvo problema en hacerse suceder por su compañera, Cristina Fernández de Kirchner, quien ganó las elecciones del año 2007 en primera vuelta con un 46% de los votos, muchos más de los que había obtenido Néstor cuatro años antes.

Pero Cristina también tuvo que hacer concesiones para llegar. Una de ellas fue aceptar a un radical como Julio Cobos en el lugar de la vicepresidencia y la continuidad de Alberto Fernández en la Jefatura de Gabinete. Se renovaban las alianzas para mantener a raya a los oligarcas nucleados en La Nación, que seguían buscando la forma de colocar a uno de los suyos en la primera magistratura del país.

Esas alianzas habrían de durar muy poco, empero. Ya en los primeros meses del nuevo gobierno, a raíz de la Resolución Nº. 125 estallaba el famoso “conflicto con el campo”, en rigor un lock-out patronal contra las modificaciones propuestas en el régimen de retenciones a las exportaciones del agro. La propia Resolución Nº. 125 es cosa puerca, es donde el diablo metió la cola, aunque eso no es tan relevante por el momento.

El asunto es que allí se termina la alianza entre el kirchnerismo y el Grupo Clarín, Julio Cobos traiciona en la presidencia del Senado y Alberto Fernández termina expulsado del gobierno por el propio Néstor Kirchner y por razones que ahora resultan más que evidentes.

Néstor intervino allí para depurar de entrada el gobierno de su compañera y para inaugurar una nueva etapa: el tiempo de la guerra total contra todas las corporaciones mediáticas juntas. Se alineaban ahora Clarín y La Nación en contra del gobierno del Cristina Fernández de Kirchner y empezaba una lucha que sigue hasta los días de hoy.

Alberto Fernández y Martín Lousteau, padres del engendro conocido como Resolución Nº. 125 que puso en una situación de mucho peligro al recién nacido gobierno de Cristina Fernández. Al ver la actuación de Alberto en esa coyuntura, Néstor Kirchner perdió la paciencia y expulsó al operador de Magnetto del gobierno, dando inicio a la guerra contra el Grupo Clarín.

Precisamente a los medios del Grupo Clarín —del que siempre fue un empleado y un operador— fue Alberto Fernández a ocupar el lugar de feroz detractor del gobierno de Cristina Fernández. Una y otra vez Alberto golpeó a Cristina en los medios de Héctor Magnetto, acusándola permanentemente, sin mucho éxito. Cristina Fernández ganaría las elecciones del año 2011 por una cantidad aún mayor de votos, el 54%, para más precisiones.

Alberto seguía atornillado en los estudios de televisión y la cosa seguiría aparentemente inalterada hasta las elecciones legislativas de 2013, en las que cae derrotado el gobierno a manos de un Sergio Massa acompañado por Alberto Fernández en el Frente Renovador, cuya única plataforma había sido el punitivismo: Massa prometía “frenar” a CFK, enviarla a prisión, meterla presa.

Y el pretexto habría de aparecer a fines del año siguiente cuando con otro Alberto, el fiscal Nisman, el poder fáctico dio finalmente con la bala de plata. La operación Nisman hizo temblar el escenario político del país y fue letal para la continuidad del gobierno con un sucesor de Cristina Fernández. Y allí estuvo Alberto Fernández en la marcha por el fiscal Nisman, implicando a Cristina en el supuesto crimen.

Todo esto en muy resumidas cuentas para demostrar que Alberto Fernández fue uno de los más feroces opositores al gobierno kirchnerista desde que Néstor Kirchner lo expulsara del lugar de operador del Grupo Clarín en el propio gobierno. Y entonces la hipótesis “mala” aquí empieza necesariamente con una pregunta: ¿Cómo termina Alberto Fernández otra vez “casado” con el kirchnerismo y ungido por la mismísima Cristina Fernández como candidato a presidente del espacio?

Alberto Fernández en Israel, probablemente rindiendo cuentas de algo relacionado con el caso Nisman. Alberto intentó implicar a Cristina Fernández en el supuesto crimen y hasta participó de la marcha de los paraguas organizada por los fiscales golpistas, una mancha más en un prontuario antikirchnerista que incluye hasta la práctica de lobby rentado en favor de Repsol y en contra de YPF, entre muchos otros lugares oscuros.

El atento lector que logre dar con la respuesta a dicha pregunta no tendrá dificultades en comprender que aquí lo que hay es un nuevo pacto, un acuerdo motivado por un condicionamiento.

Nadie sabe, por supuesto, de qué se trata específicamente, esa es la carta que nadie ve y no está para que la veamos. Pero la hipótesis “mala” es que Cristina Fernández está atada de pies y manos, está amordazada y obligada a aceptar condiciones a raíz de una extorsión probablemente de tipo judicial. La hipótesis “mala” es que Cristina quiere y no puede, que su silencio no es voluntario, no resulta de una estrategia suya a mediano y largo plazo, sino de que sus enemigos la han logrado neutralizar de una forma que todavía no comprendemos.

La neutralizaron y pactaron con ella primero el apoyo y la participación en una fórmula encabezada por el viejo topo de siempre y luego el silencio ante la obra de destrucción que dicho topo estaría llevando a cabo de modo disimulado, sirviéndose para ello del prestigio y del discurso de la propia Cristina Fernández de Kirchner.

La hipótesis “peor”

Alguien aducirá la imposibilidad de la existencia de una extorsión judicial en contra de Cristina Fernández, puesto que ella es inocente de lo que se le acusa y nunca han podido reunir pruebas de lo contrario para privarla de su libertad. Eso es incorrecto, la extorsión judicial no depende de pruebas concretas para tener lugar. Si observamos la historia reciente a nivel regional, encontraremos en Brasil el ejemplo de cómo es posible encarcelar y sacar de circulación a un dirigente de masas con tan solo reunir las voluntades de cuatro o cinco sicarios judiciales dispuestos a destruir sus carreras en el mediano plazo a cambio de mucho dinero.

Lula da Silva estuvo preso por varios meses para allanar el camino al triunfo de Jair Bolsonaro en el año 2018 sin que pesase en su contra ninguna prueba de la comisión de delitos. Aun siendo inocente frente a la ley, Lula da Silva conoció la cárcel y ahora subsiste en la política de Brasil en un lugar de extraña pasividad, un rol que habla a los gritos de un retiro forzado.

La hipótesis “peor” es que dicha extorsión judicial —el famoso “lawfare”— esté hoy pesando sobre Cristina Fernández quizá en algo relacionado a la llamada “causa de los cuadernos” u otra cosa para posibilitar un pacto de impunidad. En otras palabras, la peor alternativa aquí es que hayan forzado el retiro de Cristina Fernández con una acusación falsa, pero suficiente para privarla de su libertad, con el objetivo de garantizar la impunidad a quienes sí cometieron delitos.

El juez Sergio Moro, uno de los sicarios judiciales que aceptaron corromperse por dinero para privar de la libertad a Lula da Silva sin tener las pruebas para hacerlo. El “lawfare” es justamente eso, es el momento en el que el poder fáctico reúne las condiciones suficientes para encarcelar a un dirigente político más allá de la existencia de pruebas en su contra. ¿Qué pasaría si esas condiciones estuvieran dadas en nuestro país respecto a Cristina Fernández o incluso respecto a Florencia Kirchner, que está en el país y no cuenta con fueros?

Es bien sabido o al menos esperable que de haber estado activa y con poder en el Estado, Cristina Fernández estaría hoy exigiendo investigación, juicio y castigo a los responsables por el monumental saqueo que se llevó a cabo durante el gobierno de Mauricio Macri entre el 2015 y el 2019. Si Cristina pudiera hablar y si tuviera en sus manos la botonera, activaría de inmediato una seria investigación por los casi 90 mil millones de dólares fugados por Macri y sus secuaces en el periodo.

Pero dicha investigación no tiene lugar, ni siquiera se habla del tema. Tanto Macri como sus socios siguen en libertad, el botín del saqueo sigue escondido en paraísos fiscales y aquí, señores, no pasó nada. Entonces la hipótesis peor ya sin comillas es esa misma, la de que hayan dado con la bala de plata para retirar de la política a Cristina Fernández y para ubicar en el lugar de presidente a un Alberto Fernández cuyo objetivo es meramente cocinar en fuego lento una crisis terminal sin amenazar jamás a los que se robaron un país entero y provocaron la crisis, que como vemos es terminal porque aquí no quedó nada de nada luego del saqueo.

De ser así, la coartada de Alberto Fernández para llevar a cabo el plan es perfecta. Habiendo sido despojado de su conducción y sin saber qué hacer, el kirchnerismo se ve obligado a seguir apoyando a Alberto Fernández en base al último comando emitido por la conductora durante la campaña electoral.

También en ese sentido, el coronavirus le habría venido al pelo al nuevo presidente para congelar la situación, distraer con un problema real y estirar el proceso indefinidamente basado en un pretexto ideal para justificar cualquier fracaso y cualquier claudicación: la pandemia. Existe la amenaza del coronavirus y así es imposible llevar a cabo ninguna gestión de gobierno que no sea fomento a la ideología de género (una exigencia del poder real concentrado en las corporaciones trasnacionales, la sinarquía internacional de la que solía hablar Perón) y la gestión dudosa de la misma pandemia. No hay lugar para nada más y mucho menos para investigaciones sobre el destino de esos casi 90 mil millones de dólares que Macri y los suyos saquearon en cuatro años.

Es un verdadero pacto hegemónico entre el Frente Renovador (Sergio Massa, Alberto Fernández, Felipe Solá y asociados) y Juntos por el Cambio (Mauricio Macri y sus socios saqueadores) en el que se garantiza la impunidad de estos últimos a cambio de la gobernabilidad futura de los primeros, esto es, el saqueo queda impune y Macri acepta la entronización de Massa como presidente cuando Fernández termine de “hundirse”.

La puesta en escena del “café” durante el que Alberto Fernández habría persuadido a Sergio Massa a sumarse al Frente de Todos, una enorme patraña. Massa siempre fue el jefe del Frente Renovador y por lo tanto siempre fue el conductor de Alberto, no al revés. El Frente Renovador es uno de los suscriptores del pacto hegemónico y Fernández no es más que un adelantado, un lugarteniente de Sergio Massa.

En realidad, no se hunde en absoluto, por supuesto, ya que funciona en el pacto y en un rol preciso que más adelante será debidamente remunerado. El tema es que en dicho pacto hegemónico el kirchnerismo entraría como convidado de piedra, como garante de la estabilidad de Alberto Fernández sin ninguna contrapartida. Lo único que obtiene el kirchnerismo es la presente libertad de Cristina Fernández, una libertad que, de no cesar el “lawfare” en el futuro, tendrá sus días contados cuando Sergio Massa se haga del control y ya no necesite el apoyo del tercio duro kirchnerista.

Cuando el proceso esté concluido, el saqueo quede definitivamente enterrado y Alberto Fernández termine su cocción a fuego lento, surgirá Massa en el horizonte con la vieja idea de encarcelar a Cristina Fernández y así ganarse el apoyo de todos los que desean eso, amén del apoyo de los que, hundidos en la pobreza, van a estar suplicando un gobierno fuerte que resuelva la situación.

El plan solo funciona porque la piedra angular no se mueve. Cristina Fernández no habla, no les explica la coyuntura a los suyos y estos, en consecuencia, optan por no innovar, el kirchnerismo sin una conducción presente, clara y visible no existe como fuerza política, no es más que el rejunte de individualidades autoconvocadas por un difuso ideal de justicia.

Si Cristina Fernández no habla y no ordena la tropa, lo único que puede seguir pasando es esta disolución a cuentagotas donde todos los días van cayendo derrotados moralmente los soldados. Y mientras tanto Alberto Fernández sigue cocinando a fuego lento la debacle total de un país.

Por su parte, Cristina trata de hacer aquello que está hoy a su alcance y es intentar desactivar el “lawfare” mediante la acción de sus alfiles contra el poder judicial y así los Mauricio Macri siguen libres, disfrutando de lo robado y cumpliendo su rol en el pacto hegemónico, que es el de distraer al kirchnerismo con sendas provocaciones.

Todo eso es lo que Tenembaum en su indagación no indaga ni indagará jamás, es lo que el poder no quiere que se vea. Macri es el pasado y Massa es el futuro, sobre un escenario de poskirchnerismo y cierre de la grieta por disolución de uno de los polos, algo parecido a lo que ocurrió al terminar la Guerra Fría con la caída de la Unión Soviética. Todo eso es lo que tanto el kirchnerismo como el antikirchnerismo no ven al estar ambos extremos enfrascados en la entelequia de una contradicción que ya dejó de existir.

Mauricio Macri, la otra punta del pacto hegemónico, lanzando provocaciones para que el kirchnerismo siga firme por exclusión en el apoyo a Alberto Fernández. Al no existir razones políticas para sostener ese apoyo, al kirchnerismo le ofrecen la presencia de Macri para recordarle siempre: “si no sostienen a Alberto, vuelve el que ya se había ido”. Muchos kirchneristas son hoy más antimacristas que kirchneristas propiamente dichos y el pacto hegemónico lo sabe.

Y todo eso, nada más ni menos que eso, es lo que tiene paralizado a un país entero allí donde los dirigentes abandonaron la gestión política del Estado para construir una transición de cara al futuro. Los objetivos son garantizar la impunidad del macrismo y la neutralización del kirchnerismo hasta la disolución de ambos bandos, la construcción de una síntesis en la figura de Sergio Massa, borrón y cuenta nueva en el mediano plazo.

Eso es lo que está pasando mientras Cristina no habla, ya sea porque puede y no quiere o porque quiere y no puede, es irrelevante. Si la conducción del único espacio político con representación real de uno de los sectores de nuestra sociedad no habla, la consecuencia inevitable es la disolución del propio espacio.

Algunos ya comprendieron que la Argentina no es viable con esa grieta que Néstor Kirchner reflotó allá por mayo de 2003 al declararle la guerra a la oligarquía representada en el Diario La Nación, que no es viable eso sin que una o ambas parcialidades en la grieta se hundan. Y ante la imposibilidad manifiesta de hundir una sola —puesto que se retroalimentan mutuamente, el macrismo existe en tanto exista el kirchnerismo y viceversa—, optaron por hundir a ambas donde, más adelante y en realidad, los intereses de solo una de las dos se verán representados en la síntesis.

No vienen a cerrar esta grieta con una idea peronista de tercera posición. Vienen a eliminar las identidades fuertes para hacer un proyecto de colonia que el kirchnerismo ha jurado combatir. Y todo eso con la complicidad del propio kirchnerismo, que sin conducción es un gigante bobo, torpe y funcional a su propia destrucción.

Sea como fuere, la perspectiva de cara al futuro no es buena para los pueblos. El silencio nunca es salud.


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