Después de meses y años de observación de un pacto hegemónico con el que la política argentina acordó su propia capitulación frente a un poder fáctico global que se muestra hoy todopoderoso, al menos en estas latitudes, llegó el momento de ocuparse de la dirigente que es la piedra angular de toda la componenda. Y el atento lector, aunque no comprendiendo del todo la cuestión o no queriendo aceptar las conclusiones del análisis, debe acordar asimismo que al menos en las últimas dos décadas nada ocurre en nuestra política de cabotaje sin el concurso de Cristina Fernández de Kirchner. El solo reconocimiento de este hecho es la base para comprender todo lo que se sigue y son las consecuencias del propio hecho.
En el léxico de las nuevas generaciones el anglicismo “spoilear” es un verbo que se utiliza para describir el acto de adelantar el desenlace de la trama, arruinándole la experiencia al que consume la narrativa. Solo es posible “spoilear” las obras de ficción, las series de televisión, las películas y los libros de un modo general, porque allí es donde el consumidor no quiere conocer el final de la trama de antemano. Cuando se trata de la realidad y de la política, no obstante, todos queremos saber de antemano de qué se trata. Y por eso aquí hay un adelanto: en esta edición de nuestra Revista Hegemonía el análisis conduce a la conclusión de que Cristina Fernández está implicada como protagonista en el pacto hegemónico.
Pero “spoilear” el final de esta trama no es suficiente para que su contenido sea más digerible para el sentido común. ¿Cómo imaginarse la traición de quien había jurado no traicionar jamás? ¿Cómo aceptar tranquilamente la conclusión de que toda la política argentina capituló ante el poder real, a sabiendas de que en “toda la política” tiene que estar incluida ella? ¿Cómo transitar el duro proceso que se sigue a la enorme desilusión que implica el reconocer que Cristina Fernández hoy juega contra los intereses de las mayorías populares? Y lo que es más importante: ¿Cómo hacerlo sin perder la fe en la política, en los dirigentes e incluso en la humanidad?
Tal vez se esté aquí dramatizando lo que para algunos no es tan dramático, pero es preciso comprender que para muchos la noticia de la claudicación de Cristina Fernández cae como una bomba atómica sobre las ilusiones que son la base de toda idea de la política. Hoy por hoy son todavía cientos de miles y hasta millones los que entienden la realidad partiendo de la premisa de que Cristina Fernández representa mejor que nadie sus intereses colectivos, ella es la conductora de muchos y estos no sabrían hoy qué hacer con lo que piensan y lo que sienten sin contar con la seguridad de esa representación.
El atento lector de Hegemonía probablemente no esté entre esos fieles de Cristina Fernández o, estando en ese lugar, viene ya sospechando hace rato de que hay gato encerrado, de que algo no cierra en la narrativa mesiánica según la que Cristina Fernández vendrá al final a redimirnos a todos luego de un largo periodo de prescindencia en el que el pueblo atravesó, sigue y seguirá atravesando un infierno. Algo no cierra, ya van diez años de maldad contra el pueblo y el país y algo no cuadra en esa narrativa redentora. Y el atento lector, sin perder del todo la fe, sospecha de ello.
Entonces la conclusión no será realmente una sorpresa para nadie, no hay aquí nada original. Lo que sí hay en las siguientes páginas es un análisis detallado no del qué, que ya es conocido, sino del cómo: la descripción de la capitulación del establishment político entero ante el poder fáctico en el marco de una geopolítica que cambia y tiene sus mecanismos para disimular el hecho, no es una cosa que pueda presentarse abiertamente, a cara lavada, frente a la opinión pública. Esa capitulación que se expresa en el pacto hegemónico debe aparecer como una “conspiranoia”, puede ser solo objeto de sospecha y nunca debe conocerse a ciencia cierta.
Esa es la descripción que el atento lector encontrará en la presente edición de Hegemonía, la de cómo se instrumenta la capitulación. Lo que se verá aquí es el método utilizado por Cristina Fernández para hacer lo indecible sin que se note, para sostener en cuatro años a Mauricio Macri, para usar a Macri en el sostenimiento también en cuatro años de Alberto Fernández y, finalmente, para hacer lo propio con Javier Milei. He ahí la conclusión y es que el régimen de Milei se sostiene porque Cristina Fernández no permite que se caiga.
A esa conclusión puede llegar cualquiera “con dos dedos de frente” y con la voluntad para observar el árbol por sus frutos y no por su follaje, que es exuberante y falso como lo suele ser toda ideología y todo discurso. En la observación no ideologizada y no identitaria de la política argentina en diez años está escrita, en letras de molde, la sentencia definitiva: hasta aquí lo único que han hecho el “progresismo” cristinista y el “conservadurismo” primero macrista y luego mileísta es alternarse en apariencia para llevar a cabo la imposición de un mismo proyecto político, el proyecto que mejor les sirve a los intereses del poder fáctico global.
Claro que debe mediar allí la extorsión, puesto que es difícil explicarse una capitulación de otra forma y más aun tratándose de una dirigente que ya tiene una edad avanzada, todos los laureles y un palmarés inigualable. Pero el hecho sigue inalterado, el pacto o el empate hegemónico es una realidad que al conocerse por sus frutos se vuelve indisimulable y es preciso entender de qué se trata para empezar a pensar en cómo se sale de aquí.
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