Un Cristo colectivo

A partir del crimen de lesa humanidad cometido por el eje imperial en una escuela primaria de Minab y del martirio del ayatolá Jameneí, Estados Unidos e Israel activaron un conflicto cuyas consecuencias son desconocidas. Ahora Irán parece estar decidido a dar la batalla final contra la degeneración y la perfidia del imperialismo occidental sin dar señales de que vaya a aflojar. Los iraníes asumieron el rol de un Cristo colectivo, del que viene a entregarse en sacrificio con el fin de salvar a la humanidad de un destino trágico que hasta hace dos semanas parecía inevitable.
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Después de más de 40 años de prepararse para lo que consideran la batalla final en el marco de una narrativa histórica que no cabe en los presupuestos intelectuales del hombre occidental, los iraníes encontraron finalmente la oportunidad de ejecutar su plan meticulosamente construido al cometer los Estados Unidos aquello que quedará registrado en la historia como el error estratégico más grosero jamás cometido por un régimen de gobierno. Sin que mediara ningún tipo de provocación ni amenaza y con la sola finalidad de satisfacer la voluntad de Tel Aviv y de una élite de multimillonarios sionistas, Washington lanzó contra Irán una agresión militar a traición cuyo saldo más trágico en términos humanos fue la masacre de alrededor de 170 niñas de entre 7 y 12 años en una escuela primaria de Minab, al sur del país. Pero además la ofensiva resultó en el martirio de Alí Jameneí, líder espiritual de unos 200 millones de musulmanes chiitas. Y ahí se cometió el error estratégico en cuestión, un error que podrá pasar a la historia como el punto de inflexión en el proceso de derrumbe de una hegemonía.

Puede decirse que con el bombardeo sobre Irán en las últimas horas del mes de febrero, el que llevó a cabo a instancias de intereses que son ajenos a los de su pueblo-nación, el régimen de Donald Trump empezó un conflicto que hasta el cierre de esta edición seguía pareciendo de imposible resolución favorable. Esta caja de Pandora llamada Operación Furia Épica (“Epic Fury”, en su inglés original, dando la coincidencia de que sus iniciales son las mismas que en “Epstein Files”, los archivos de Epstein que están en la base de este embrollo) ya se revela más bien como una metida de pata épica a tan solo dos semanas de haberse iniciado. El resultado es una guerra en la que los Estados Unidos entraron prácticamente a ciegas y sin saber qué tenía el enemigo. No se trata de que Washington haya subestimado a Teherán, esa sería una descripción poco precisa del problema. Lo más ajustado a la verdad es que los Estados Unidos no tenían la más remota idea de que Irán los estaba esperando con un plan, una estrategia de largo aliento y un arsenal acumulado en cuatro décadas.

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El funeral de las víctimas del ataque a una escuela primaria en Minab fue multitudinario e igual de grande fue la indignación a nivel mundial al descubrirse que se trató de lo que los estadounidenses llaman un “double tap”: un segundo misil fue lanzado instantes después del primer ataque para asesinar a toda la gente que acudió al lugar del bombardeo para auxiliar a las víctimas. Una masacre de niñas iraníes como ofrenda a la deidad que adoran los pedófilos de Occidente e Israel.

Los iraníes los estaban esperando y los estadounidenses al fin mordieron el anzuelo al asesinar con uno de sus misiles teledirigidos a Alí Jameneí, quien estaba para los 200 millones de musulmanes chiitas como puede estar un Papa para los católicos. Y aún mucho más: como se sabe, el islam es una religión que se vive con una intensidad tal que es determinante para toda la existencia material y espiritual de sus fieles. El musulmán —y sobre el todo el de la rama chiita de esta religión— no se parece en nada a los cristianos que, en su mayoría, adhieren pasivamente a su fe. Los musulmanes en general orientan por la religión todos los aspectos de su vida individual y aún más los del ordenamiento social. Esta es una realidad ampliamente conocida y que, como resultado práctico, pone en el caso de los chiitas al ayatolá en un lugar de autoridad con el que ni el Papa de la Iglesia católica, con su grey de 1.400 millones, podría soñar. El predicamento del ayatolá Alí Jameneí fue descomunal y su asesinato, interpretado lógicamente como un martirio, es lo que finalmente detona esta III Guerra Mundial en curso.

Habituado a vivir desde la revolución burguesa de 1789 en un cristianismo meramente decorativo e incluso menos que eso, el hombre en Occidente y aquí en las colonias no puede figurarse la magnitud del hecho que es el martirio de Alí Jameneí en las regiones donde los chiitas están presentes y fundamentalmente en Irán, donde la rama chiita es dominante. Por lo demás y para una total infamia, el crimen imperialista contra Jameneí tuvo lugar en pleno Ramadán, que es el periodo más sagrado del calendario islámico. Alguien decía en las redes sociales a modo de ocurrencia que eso equivaldría al asesinato de un Papa de la Iglesia católica en navidad o en pascuas, aunque desde luego no habría tal equivalencia, como se ve. Al practicarse con mucha intensidad, muchísima más que el cristianismo en general y el catolicismo en particular, el islam tiene la capacidad de sublevar hasta el límite de la autoflagelación y del martirio a 200 millones de individuos, de modo que para fines prácticos y bélicos estos son más numerosos que la suma de los 1.400 millones de católicos e incluso más que los 2.500 millones de cristianos combinados.

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Musulmanes chiitas lloran la muerte de Alí Jameneí, el líder espiritual de una grey de 200 millones. Limitados por su incapacidad intelectual, los estadounidenses pisaron el palito puesto por los israelíes y cometieron el error fatal de atentar contra la vida de Jameneí en pleno Ramadán, desatando de esta forma una tormenta que ahora no podrán capear. Los Estados Unidos mataron a Jameneí, pero la que quedará enterrada en Irán será su hegemonía unipolar.

Es posible que en su degeneración espiritual e intelectual los dirigentes de la política estadounidense no hayan tenido en cuenta nada de esto, ni se les habrá ocurrido. Simplemente fueron y liquidaron con un misil al ayatolá en pleno Ramadán creyendo quizá que el impacto psicológico alcanzaría para poder desbandar a todo un pueblo o que, en términos más bien militares, con la supresión del líder carismático habrían de lograr desarticular el orden político de Irán como preludio necesario para una invasión del territorio. Claramente no es posible saber a ciencia cierta qué es lo que los dirigentes políticos de los Estados Unidos pretendían lograr con la perfidia que fue el asesinato del máximo exponente religioso de los musulmanes chiitas, pero es fácil comprender qué lograron en efecto, pues todas las consecuencias están a la vista. Además de meterse en un conflicto del que no saben cómo salir y que puede dar como resultado la descomposición de su propia hegemonía imperial, lo único que lograron los yanquis además de cometer un crimen de lesa humanidad en la escuela primaria de Minab fue sustituir a un ayatolá Jameneí por otro ayatolá Jameneí.

Uno más joven y sano por otro que ya estaba viejo y enfermo, además. Alí Jameneí ya tenía 86 años y al parecer padecía de cáncer, tenía contados ya sus días biológicos, como es natural. Y los yanquis le dieron aquello que seguramente deseó toda su vida y es el martirio. La verdad histórica es que Alí Jameneí cayó luchando, estaba en su puesto de combate pese a que su custodia intentó llevarlo a un lugar seguro. Todo esto permite concluir sin mayor esfuerzo intelectual ni abstracción que Jameneí voluntariamente entregó lo que le quedaba de vida con la finalidad de poner su martirio en el altar de la patria. Ahora los iraníes, incluso muchos de aquellos que se habían retobado políticamente en las últimas semanas, tienen la consigna que les faltaba para abrazar la causa nacional en la forma de defensa de la soberanía y del orgullo ante una agresión imperial. Entonces Jameneí se expuso al martirio, no es difícil verlo. Se entregó en sacrificio para que Irán como pueblo-nación triunfe y trascienda. La colectividad por encima de la individualidad, que es lo propio de los orientales de un modo general.

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Además de regalarles a los iraníes un mártir del más alto perfil en su causa nacional, al matar a Alí Jameneí los Estados Unidos instalaron en su lugar a otro Jameneí más joven y sano, pero además con sed de venganza, poca inclinación al diálogo y el mandato de cancelar la ‘fatwa’ que prohibía a los iraníes el empleo de armas de destrucción masiva. El asesinato del archiduque Francisco Fernando, que desató la I Guerra Mundial, será una nimiedad en comparación con esta metida de pata de los yanquis.

Jameneí lo hizo y además logró mitificar su propia sucesión, no sería lo mismo de haber fallecido por causas naturales y eso es lógico. Pero también logró que de esa sucesión resultara el recambio generacional necesario para lo que se viene. Queriéndolo o no —probablemente ni se les ocurrió esta posibilidad—, Trump y los demás dirigentes de una política yanqui que ha degenerado terminalmente les regalaron a los iraníes a la vez un gran mártir para la causa nacional y un nuevo líder supremo 30 años más joven. Ahora Mojtabá Jameneí es el nuevo ayatolá de Irán y se presume que, por sus afiliaciones e inclinaciones políticas, pertenece a una línea mucho más dura que la de su padre. Se especula que Mojtabá Jameneí viene a cancelar la fatwa o decreto religioso emitido por su padre en 2003 prohibiendo el desarrollo o al menos el uso —no está del todo clara la interpretación del texto— de armas de destrucción masiva al considerarlas un pecado en los términos de la moralidad islámica. Solo un líder supremo puede dejar sin efecto una fatwa emitida por sus predecesores y Mojtabá Jameneí es el nuevo líder supremo de Irán.

También se presume que el nuevo ayatolá Jameneí tiene estrechos vínculos con la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán (CGRI, por sus siglas), una fuerza especial creada por el ayatolá Jomeini en las primeras semanas de la revolución, en 1979. La CGRI es el brazo ejecutivo revolucionario en la práctica y considera, como no podía ser de otro modo, que el armamento nuclear es fundamental para garantizar la soberanía nacional de Irán. Los medios en los Estados Unidos y en Occidente de un modo general dan por sentado el hecho de que Mojtabá Jameneí fue impuesto como sucesor de su padre por la CGRI y con la finalidad específica de cancelar la fatwa que prohíbe el desarrollo de la bomba nuclear. Y si todo esto fuera finalmente así, entonces al lanzarle un misil teledirigido a Alí Jameneí los yanquis no solo le regalaron al viejo ayatolá el martirio que este deseaba porque es el máximo desiderátum del hombre en su cosmovisión y, en consecuencia, además, le regalaron al pueblo-nación iraní un mártir sagrado del más alto nivel. También abrieron la puerta para que Irán sea, ahora sí, una potencia nuclear.

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La continuidad gráficamente expresada: los ayatolás Jomeini y Jameneí hacen el relevo entregándole la bandera de Irán a Mojtabá Jameneí, quien llega además con el apoyo de la Guardia Revolucionaria a remover todas las limitaciones que su padre debió imponer para construir una imagen de moderación y hacer política. Mojtabá Jameneí surge como resultado de la guerra y no está obligado a hacer equilibrios. Ahora los iraníes tienen un líder guerrero, incluso quizá más que el propio Jomeini. Alguien en Washington pateó un avispero.

Sí, es en efecto una catástrofe total para la hegemonía unipolar de Occidente con los Estados Unidos a la cabeza, una catástrofe que ahora corre como una mancha venenosa destruyendo todo a su paso. La catástrofe es una cosa multidimensional que empieza lógicamente por un conflicto que Occidente no puede ganar a menos que Irán se quede sin misiles y drones, lo que en sí parecería ser poco probable. A diferencia de guerras anteriores, esta no es una clásica disputa por cada centímetro del territorio y no lo es gracias a la proliferación de los sistemas de misiles y drones de mediano y largo alcance. Cuando Irán se plantó en su propia tierra teniendo la capacidad de disparar desde allí alcanzando sus objetivos militares e imposibilitando que el enemigo ubique o pueda destruir los sitios de lanzamiento, allí quedó cerrado un capítulo de la historia bélica: el de la guerra de maniobras en el terreno. Los iraníes solo saldrán de Irán a plantar su bandera en suelo del enemigo cuando dicho suelo esté ya absolutamente devastado por los misiles. No habrá combate cuerpo a cuerpo en estas circunstancias.


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