Después de más de 40 años de prepararse para lo que consideran la batalla final en el marco de una narrativa histórica que no cabe en los presupuestos intelectuales del hombre occidental, los iraníes encontraron finalmente la oportunidad de ejecutar su plan meticulosamente construido al cometer los Estados Unidos aquello que quedará registrado en la historia como el error estratégico más grosero jamás cometido por un régimen de gobierno. Sin que mediara ningún tipo de provocación ni amenaza y con la sola finalidad de satisfacer la voluntad de Tel Aviv y de una élite de multimillonarios sionistas, Washington lanzó contra Irán una agresión militar a traición cuyo saldo más trágico en términos humanos fue la masacre de alrededor de 170 niñas de entre 7 y 12 años en una escuela primaria de Minab, al sur del país. Pero además la ofensiva resultó en el martirio de Alí Jameneí, líder espiritual de unos 200 millones de musulmanes chiitas. Y ahí se cometió el error estratégico en cuestión, un error que podrá pasar a la historia como el punto de inflexión en el proceso de derrumbe de una hegemonía.
Puede decirse que con el bombardeo sobre Irán en las últimas horas del mes de febrero, el que llevó a cabo a instancias de intereses que son ajenos a los de su pueblo-nación, el régimen de Donald Trump empezó un conflicto que hasta el cierre de esta edición seguía pareciendo de imposible resolución favorable. Esta caja de Pandora llamada Operación Furia Épica (“Epic Fury”, en su inglés original, dando la coincidencia de que sus iniciales son las mismas que en “Epstein Files”, los archivos de Epstein que están en la base de este embrollo) ya se revela más bien como una metida de pata épica a tan solo dos semanas de haberse iniciado. El resultado es una guerra en la que los Estados Unidos entraron prácticamente a ciegas y sin saber qué tenía el enemigo. No se trata de que Washington haya subestimado a Teherán, esa sería una descripción poco precisa del problema. Lo más ajustado a la verdad es que los Estados Unidos no tenían la más remota idea de que Irán los estaba esperando con un plan, una estrategia de largo aliento y un arsenal acumulado en cuatro décadas.

Los iraníes los estaban esperando y los estadounidenses al fin mordieron el anzuelo al asesinar con uno de sus misiles teledirigidos a Alí Jameneí, quien estaba para los 200 millones de musulmanes chiitas como puede estar un Papa para los católicos. Y aún mucho más: como se sabe, el islam es una religión que se vive con una intensidad tal que es determinante para toda la existencia material y espiritual de sus fieles. El musulmán —y sobre el todo el de la rama chiita de esta religión— no se parece en nada a los cristianos que, en su mayoría, adhieren pasivamente a su fe. Los musulmanes en general orientan por la religión todos los aspectos de su vida individual y aún más los del ordenamiento social. Esta es una realidad ampliamente conocida y que, como resultado práctico, pone en el caso de los chiitas al ayatolá en un lugar de autoridad con el que ni el Papa de la Iglesia católica, con su grey de 1.400 millones, podría soñar. El predicamento del ayatolá Alí Jameneí fue descomunal y su asesinato, interpretado lógicamente como un martirio, es lo que finalmente detona esta III Guerra Mundial en curso.
Habituado a vivir desde la revolución burguesa de 1789 en un cristianismo meramente decorativo e incluso menos que eso, el hombre en Occidente y aquí en las colonias no puede figurarse la magnitud del hecho que es el martirio de Alí Jameneí en las regiones donde los chiitas están presentes y fundamentalmente en Irán, donde la rama chiita es dominante. Por lo demás y para una total infamia, el crimen imperialista contra Jameneí tuvo lugar en pleno Ramadán, que es el periodo más sagrado del calendario islámico. Alguien decía en las redes sociales a modo de ocurrencia que eso equivaldría al asesinato de un Papa de la Iglesia católica en navidad o en pascuas, aunque desde luego no habría tal equivalencia, como se ve. Al practicarse con mucha intensidad, muchísima más que el cristianismo en general y el catolicismo en particular, el islam tiene la capacidad de sublevar hasta el límite de la autoflagelación y del martirio a 200 millones de individuos, de modo que para fines prácticos y bélicos estos son más numerosos que la suma de los 1.400 millones de católicos e incluso más que los 2.500 millones de cristianos combinados.

Es posible que en su degeneración espiritual e intelectual los dirigentes de la política estadounidense no hayan tenido en cuenta nada de esto, ni se les habrá ocurrido. Simplemente fueron y liquidaron con un misil al ayatolá en pleno Ramadán creyendo quizá que el impacto psicológico alcanzaría para poder desbandar a todo un pueblo o que, en términos más bien militares, con la supresión del líder carismático habrían de lograr desarticular el orden político de Irán como preludio necesario para una invasión del territorio. Claramente no es posible saber a ciencia cierta qué es lo que los dirigentes políticos de los Estados Unidos pretendían lograr con la perfidia que fue el asesinato del máximo exponente religioso de los musulmanes chiitas, pero es fácil comprender qué lograron en efecto, pues todas las consecuencias están a la vista. Además de meterse en un conflicto del que no saben cómo salir y que puede dar como resultado la descomposición de su propia hegemonía imperial, lo único que lograron los yanquis además de cometer un crimen de lesa humanidad en la escuela primaria de Minab fue sustituir a un ayatolá Jameneí por otro ayatolá Jameneí.
Uno más joven y sano por otro que ya estaba viejo y enfermo, además. Alí Jameneí ya tenía 86 años y al parecer padecía de cáncer, tenía contados ya sus días biológicos, como es natural. Y los yanquis le dieron aquello que seguramente deseó toda su vida y es el martirio. La verdad histórica es que Alí Jameneí cayó luchando, estaba en su puesto de combate pese a que su custodia intentó llevarlo a un lugar seguro. Todo esto permite concluir sin mayor esfuerzo intelectual ni abstracción que Jameneí voluntariamente entregó lo que le quedaba de vida con la finalidad de poner su martirio en el altar de la patria. Ahora los iraníes, incluso muchos de aquellos que se habían retobado políticamente en las últimas semanas, tienen la consigna que les faltaba para abrazar la causa nacional en la forma de defensa de la soberanía y del orgullo ante una agresión imperial. Entonces Jameneí se expuso al martirio, no es difícil verlo. Se entregó en sacrificio para que Irán como pueblo-nación triunfe y trascienda. La colectividad por encima de la individualidad, que es lo propio de los orientales de un modo general.

Jameneí lo hizo y además logró mitificar su propia sucesión, no sería lo mismo de haber fallecido por causas naturales y eso es lógico. Pero también logró que de esa sucesión resultara el recambio generacional necesario para lo que se viene. Queriéndolo o no —probablemente ni se les ocurrió esta posibilidad—, Trump y los demás dirigentes de una política yanqui que ha degenerado terminalmente les regalaron a los iraníes a la vez un gran mártir para la causa nacional y un nuevo líder supremo 30 años más joven. Ahora Mojtabá Jameneí es el nuevo ayatolá de Irán y se presume que, por sus afiliaciones e inclinaciones políticas, pertenece a una línea mucho más dura que la de su padre. Se especula que Mojtabá Jameneí viene a cancelar la fatwa o decreto religioso emitido por su padre en 2003 prohibiendo el desarrollo o al menos el uso —no está del todo clara la interpretación del texto— de armas de destrucción masiva al considerarlas un pecado en los términos de la moralidad islámica. Solo un líder supremo puede dejar sin efecto una fatwa emitida por sus predecesores y Mojtabá Jameneí es el nuevo líder supremo de Irán.
También se presume que el nuevo ayatolá Jameneí tiene estrechos vínculos con la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán (CGRI, por sus siglas), una fuerza especial creada por el ayatolá Jomeini en las primeras semanas de la revolución, en 1979. La CGRI es el brazo ejecutivo revolucionario en la práctica y considera, como no podía ser de otro modo, que el armamento nuclear es fundamental para garantizar la soberanía nacional de Irán. Los medios en los Estados Unidos y en Occidente de un modo general dan por sentado el hecho de que Mojtabá Jameneí fue impuesto como sucesor de su padre por la CGRI y con la finalidad específica de cancelar la fatwa que prohíbe el desarrollo de la bomba nuclear. Y si todo esto fuera finalmente así, entonces al lanzarle un misil teledirigido a Alí Jameneí los yanquis no solo le regalaron al viejo ayatolá el martirio que este deseaba porque es el máximo desiderátum del hombre en su cosmovisión y, en consecuencia, además, le regalaron al pueblo-nación iraní un mártir sagrado del más alto nivel. También abrieron la puerta para que Irán sea, ahora sí, una potencia nuclear.

Sí, es en efecto una catástrofe total para la hegemonía unipolar de Occidente con los Estados Unidos a la cabeza, una catástrofe que ahora corre como una mancha venenosa destruyendo todo a su paso. La catástrofe es una cosa multidimensional que empieza lógicamente por un conflicto que Occidente no puede ganar a menos que Irán se quede sin misiles y drones, lo que en sí parecería ser poco probable. A diferencia de guerras anteriores, esta no es una clásica disputa por cada centímetro del territorio y no lo es gracias a la proliferación de los sistemas de misiles y drones de mediano y largo alcance. Cuando Irán se plantó en su propia tierra teniendo la capacidad de disparar desde allí alcanzando sus objetivos militares e imposibilitando que el enemigo ubique o pueda destruir los sitios de lanzamiento, allí quedó cerrado un capítulo de la historia bélica: el de la guerra de maniobras en el terreno. Los iraníes solo saldrán de Irán a plantar su bandera en suelo del enemigo cuando dicho suelo esté ya absolutamente devastado por los misiles. No habrá combate cuerpo a cuerpo en estas circunstancias.
Eso es lo que los Estados Unidos, Occidente de un modo general e Israel no vieron venir. El eje imperial no comprendió la estrategia que Irán venía desarrollando como una paciente trama quizá desde el triunfo mismo de la revolución islámica en 1979. En las cabezas del régimen imperial está la imagen de Vietnam, de Irak, de Afganistán, piensan en el forcejeo de rusos y ucranianos en Europa oriental y, en fin, quedaron trabados en la idea de la guerra clásica de maniobras sobre el terreno, mientras los iraníes ya venían desarrollando un concepto totalmente nuevo. Y entonces la guerra ahora no es una cuestión de quién tiene más “fierros” para hacerla, sino de quién aguanta más las consecuencias de las bombas que van cayendo. Los “fierros” siguen siendo esenciales, pero se han resumido a misiles, a drones y a sus respectivos lanzadores. Es la guerra teledirigida, desde lejos y con el fin de determinar quién aguanta más cuando las papas queman y la diplomacia se vuelve inviable.

Y aquí el que tiene todas las de perder es Israel. Con un territorio pequeño en el que todo está concentrado en un radio de pocos kilómetros y la población civil no tiene adónde ir para alejarse de los blancos militares, puesto que está todo amontonado en un mismo lugar, Israel apostaba al mal llamado “domo” o “cúpula de hierro”. La imagen de un domo o de una cúpula es errónea e induce a la confusión, no hay ni podría haber nada de eso fuera de la ciencia ficción. En realidad son baterías antiaéreas que derriban misiles y drones. Eso es todo. Para cada objeto volador lanzado hacia su territorio, Israel debe lanzar dos interceptores y derribarlo. Además de no ser infalible, el sistema es caro, carísimo. Se estima que para cada cacharro lanzado sobre Israel, trátese de un misil o de un simple cohete improvisado, los israelíes deben gastar dos interceptores que cuestan, según su clase, entre 4 y 7 millones de dólares por pieza. De modo que si Irán envía un dron cuya fabricación no cuesta más de 20 mil dólares o Hezbolá lanza un cohete que es aún más barato que eso, los israelíes deben gastar entre 8 y 14 millones de dólares para derribarlo.
Y aun así no tienen garantizado el 100% de efectividad, puesto que aquí se habla de golpear en su trayectoria a objetos en pleno vuelo y eso puede fallar, por supuesto. Algo siempre cae al suelo, eso sin hablar de las esquirlas y los restos tanto de los objetos derribados como de los interceptores, que caen siempre. Pero ese no es el principal problema que tienen los israelíes. El verdadero problema es que los costos de mantenimiento del sistema son viables cuando se habla de algunas decenas o centenares de objetos lanzados, pero no cuando Irán empieza a atacar con miles, decenas de miles y solo Dios sabe cuántos misiles más. Aquí empiezan a multiplicarse los números y aquellos 8 y 14 millones de dólares por par de interceptores van a convertirse en miles de millones en cuestión de pocos días. Esto es justo lo que está pasando y también lo otro, a saberlo, el natural agotamiento de los interceptores sumado a la destrucción de radares y todo el sistema de detección necesario para que los interceptores puedan cumplir su función. No se puede derribar algo que los sistemas electrónicos no detectan porque es imposible el cálculo de su trayectoria.

¿No tendrá Irán el mismo problema, es decir, no tendrá que lidiar con los misiles del enemigo cayendo sobre su territorio? Claro que sí, pero con dos diferencias significativas. La primera es que el territorio de Irán tiene unos 1,7 millones de kilómetros cuadrados y es aproximadamente 75 veces más grande que Israel. ¿Dónde en esa inmensidad territorial hay que arrojar los misiles para que Irán acuse el golpe y se rinda? Por el momento el eje imperial no puede dar ni siquiera con los sitios de lanzamiento de misiles y drones en el territorio iraní, razón por la que está arrasando con cualquier cosa que se parezca a una instalación militar, una pista de aterrizaje o lo que fuere. Y también bombardea a los civiles para presionar a los iraníes con la amenaza de la muerte, lo que obviamente no funciona porque aquella es una cultura muy distinta. Los iraníes van a perecer bajo bombardeos salvajes y los que vayan quedando van a padecer el infierno, pero nada de eso va a servir para que aflojen.
He ahí la segunda diferencia, que es una diferencia de calidad humana. Los iraníes están mucho mejor preparados para vivir en medio a la adversidad que los israelíes, quienes por su parte se han habituado a un estilo de vida lujoso que aburguesa a cualquiera. El éxodo de israelíes huyendo de la zona de conflicto que se ve a tan solo dos semanas de iniciada la guerra es la prueba de ello: al primer impacto de proyectil o ante la escasez de agua o de lo que fuere, los israelíes huyen y seguirán huyendo de Palestina porque, fundamentalmente, todos son colonos provenientes de otros países y pueden volver a sus lugares de origen. Lo mismo no corre para los iraníes que están asentados en ese territorio hace miles de años y no pueden ni quieren irse a ninguna parte. Un iraní está obligado a sobrevivir en Irán aunque no haya agua, comida ni nada en absoluto. Un israelí, en cambio, no tiene que sufrir penurias. Solo tiene que tomarse un avión a Nueva York, a Moscú, a París, a Berlín o a Buenos Aires. En todos esos lugares serán recibidos con los brazos abiertos por el Estado y por sus familiares que ya están instalados allí.

Los misiles, los drones y las bombas caen en el patio de ambos y el asunto es determinar quién soporta más las consecuencias de ello. Al parecer, por no conocer la estrategia de largo aliento de Irán (en realidad ni sabían que había una estrategia), los estadounidenses y los israelíes se metieron solos en la boca del lobo cuando realizaron el primer ataque el pasado 28 de febrero matando a las 170 nenas en la escuela primaria de Minab y dándole el martirio al ayatolá Jameneí. Dos bombardeos innecesarios que, dicho sea de paso, fueron a traición porque ocurrieron mientras las delegaciones de Teherán y Washington estaban reunidas para intentar aliviar diplomáticamente las tensiones. Aquí claramente hay alguien tratando de sabotear los diálogos, alguien que quiere la guerra y no la puede hacer solo, necesita que luchen y mueran otros en su lugar. Y la opinión pública estadounidense, cada vez menos manipulada por los medios de difusión tradicionales e informándose cada vez más por influenciadores de las redes sociales que no tienen cola de paja, ya sospecha que ese alguien es Israel.
Ahora bien, la boca del lobo en la que estadounidenses e israelíes fueron a meterse, probablemente a instancias de estos últimos, parece ser mucho más profunda y oscura de lo que se suponía. Con la idea equivocada de que matando a Alí Jameneí iban a lograr descabezar a los iraníes en la antesala de una invasión al territorio que se imaginaba razonablemente sencilla para el poder imperial, Washington y Tel Aviv pueden más bien haber prendido una máquina que nadie —ni los propios iraníes— son capaces de detener. Algunos informes sugieren hoy una hipótesis escalofriante: la de que nadie está al frente del comando de guerra en Irán, esto es, que esa guerra está funcionando en piloto automático. Según el analista geopolítico Shanaka Anslem, en el año 2003 el general iraní Mohammad Alí Jafari fue testigo de cómo los Estados Unidos vencieron la resistencia en Irak en tan solo tres semanas mediante la decapitación del comando centralizado en Bagdad. Al ver este hecho concretado, Jafari llegó a la conclusión de que el problema solo podía ser, precisamente, la centralización del comando.

Jafari se dedicó entonces a la creación de una arquitectura militar que no pudiera ser decapitada y lo hizo mediante la restructuración de las fuerzas armadas iraníes en 31 comandos independientes, uno por provincia. Ya a partir de 2007 cada una de las 31 provincias iraníes tuvo su propio cuartel general, su comando y, por supuesto, la responsabilidad de ir acopiando arsenal para cuando llegara la hora de la verdad. A cada una de esas células provinciales se le impartieron dos órdenes irrevocables. La primera fue la de empezar a atacar con sus misiles y drones a los enemigos señalados, de acuerdo con un cronograma meticuloso, al recibir la noticia del martirio del líder supremo Alí Jameneí. Y la segunda fue la de no parar de atacar hasta que se hayan disparado el último misil y el último dron. De acuerdo con la Constitución de Irán nadie está autorizado a revocar esas órdenes, salvo el ayatolá, que es el único comandante en jefe de todas las armas de Irán. El viejo ayatolá está muerto y el nuevo, como veíamos, no parecería inclinarse por ningún cesar fuego.
“Esta doctrina no está diseñada para ganar”, explica Shanaka Anslem en su informe. “Está diseñada para que la derrota sea una imposibilidad. Jafari estudió cómo mueren los ejércitos centralizados y entonces diseñó uno que no muere”, agrega el analista. Ninguno de los comandantes provinciales puede desobedecer las órdenes recibidas ni debe aceptar la revocación de estas por parte de nadie que no sea el ayatolá, ninguno va a exponerse a un castigo que ciertamente es la pena capital por traición a la patria. Entonces los yanquis y los israelíes no descabezaron a Irán al asesinar a su líder supremo, sino más bien todo lo contrario. Lo que hicieron fue dar la señal para que 31 comandos descentralizados empezaran a atacar coordinados por un cronograma prestablecido, es decir, sin la necesidad de que haya comunicación entre esos comandos y sin importar si alguno o algunos de ellos resultan destruidos. Los iraníes no van a parar de lanzar todo lo que tengan contra Israel, contra las posiciones estadounidenses en Medio Oriente y contra todo lo que tengan previsto en su cronograma.

Y ahora el eje imperial tiene que alcanzar un cesar fuego ya no con una sola autoridad centralizada, sino con 31 ejércitos independientes entre sí que atacan coordinados a un mismo enemigo. Mojtabá Jameneí es el único con la autoridad para revocar la orden a las 31 provincias para que dejen de disparar, pero a Mojtabá Jameneí el eje imperial le mató a traición el padre, la madre, a su esposa junto a un hijo suyo, a una hermana y a dos sobrinos, además del comandante de la Guardia Revolucionaria, el ministro de Defensa, el jefe del Estado Mayor y un importante asesor de seguridad. Nada pareciera indicar una tendencia de Mojtabá Jameneí al diálogo con Israel y los Estados Unidos. De hecho, al momento de escribir estas líneas, Mojtabá Jameneí pronunciaba su primer discurso como líder supremo de Irán para decir que iba a seguir tirando tiros a lo grande hasta la total sumisión del enemigo. Es una obviedad ululante la de que el nuevo ayatolá Jameneí no se desvive ni mucho menos por revocar ninguna orden de ataque.
Todo esto sugiere que para los Estados Unidos e Israel, el eje imperial, hay un escenario infernal en el que aun bombardeando a Irán con todo su poderío e incluso arrojándole una o más bombas nucleares no hay garantía alguna de que cesen los ataques devastadores con misiles y drones. Los iraníes no quieren ganar, solo quieren que los Estados Unidos e Israel pierdan y por eso ordenaron también el cierre del Estrecho de Ormuz para poner patas arriba la economía global y reventar el sistema. Ahora además de tener que mirar impotentes cómo Israel queda devastada por bombardeos cada vez más fuertes y más efectivos a medida que van agotándose los interceptores, los grandes halcones de Occidente —acostumbrados a hacer siempre lo que les venga en ganas sin mayores consecuencias— tienen entre manos nada menos que un inminente estallido económico de proporciones bíblicas que seguramente los va a llevar puestos en la volteada, además de la consabida derrota bélica que se hace todos los días un poco más patente con los israelíes abandonando la actitud prepotente y exponiendo, en cambio, las miserias padecidas con cada misil iraní que impacta en su minúsculo y ahora vulnerable territorio.

El imperio también se cae porque es incapaz de sostener la falsa narrativa de siempre en la que Occidente siempre aparece como lo bello, lo bueno y lo verdadero, como la fuente de toda justicia y razón, cuando en realidad es lo diametralmente opuesto. Tras ocho décadas de hegemonía unipolar de unos Estados Unidos parasitados por quienes nunca dicen la verdad, Occidente es hoy la podredumbre moral por antonomasia, sobre todo entre sus clases dirigentes. Y al encontrarse con un enemigo militarmente inferior, pero decidido a llegar hasta las últimas consecuencias, toda esa degeneración queda expuesta en la forma de debilidad. El advenimiento de las redes sociales rompe el monopolio de la narrativa de los medios de difusión del poder y la verdad aparece gracias al trabajo desinteresado de millones, decenas de millones en todo el mundo. Mentir hoy es un poco más difícil que ayer y eso ciertamente complica los planes de quienes por método y por naturaleza solo saben construir sobre la mentira en detrimento de toda la humanidad en su conjunto. E Irán es la punta de lanza de todo esto.
Irán lucha contra un eje imperial degenerado que ha matado desde 1945 a esta parte a por lo menos 40 millones de seres humanos solo en agresiones imperialistas con fines de saqueo. Un eje imperial que no solo está dirigido por pedófilos afiliados a oscuros cultos, sino que además hace la guerra para desviar la atención de ese hecho cuando empieza a destaparse la olla. Irán es la síntesis del dolor y el resentimiento acumulados en 80 años por todos los que alguna vez fueron victimados por el eje imperial y cuenta con el apoyo de una aplastante mayoría incluso en países como la Argentina, donde su imagen ha sido vilipendiada durante décadas al atribuírsele falsamente la autoría de atentados terroristas. Por primera vez ocurre un conflicto entre el eje imperial y una fuerza que, si bien es militarmente inferior, parece estar decidida a llegar hasta las últimas consecuencias al comprender que de su parte está la verdad, que lucha contra el mal absoluto y que no puede detenerse hasta haberlo destruido.

Aunque deba inmolarse en el proceso. Irán es una suerte de Cristo colectivo, es un pueblo-nación ancestral que en esta coyuntura histórica se rebela contra un orden establecido injusto y, además, abiertamente afiliado al mal. Lo quieren crucificar los mismos que en su momento acudieron a esa Roma imperial con el mismo fin y se entrega en sacrificio dando de su carne y de su sangre para que se restablezca la verdad. El pueblo-nación iraní expone la degeneración de Occidente al presentarse frente al mundo con una fe inquebrantable en Dios y en sí mismo, modestamente y sin alardear. Honra en su lucha no solo a las víctimas del genocidio en Gaza —antecedente que terminó de revelarle a toda la humanidad dónde realmente está el mal— sino a todos los que padecieron y padecen a manos del yanquisionismo y sus rapaces lacayos en Europa occidental. Irán es el Cristo colectivo al que a lo mejor lograrán crucificar brutalmente sin que eso impida la revelación. El resultado de cualquier guerra es naturalmente incierto, pero lo cierto es que el orden unipolar que los Estados Unidos construyeron sobre la farsa histórica de 1945 está agotado y se termina.
Los de a pie en Occidente y aquí en las colonias nada sabemos sobre Irán o sobre Oriente de un modo general. No comprendemos sus costumbres, no tenemos parámetros para homologar su cultura, nada de nada. Los iraníes son más o menos como los chinos o los mongoles desde el punto de vista del hombre educado en la cultura occidental, son opacos. Pero nada de esto importa hoy porque Irán se ha convertido en un símbolo de resistencia y de dignidad frente al atropello imperial y, además, de justicia universal por el genocidio perpetrado por los israelíes contra el pueblo-nación palestino. Nadie entiende muy bien qué pasa y no obstante todos comprenden que Irán es el bien luchando contra el mal absoluto. Y que si Irán llegara a resultar derrotado en esta contienda no habría ya ningún freno para que dicho mal avance sobre todo el mundo barriendo con buena parte de la humanidad y luego sometiendo a los que vayan quedando a un régimen globalista de esclavitud cuyo signo es literalmente el signo de la bestia.

De alguna forma el hombre en todas partes ya comprende intuitivamente que entre Washington y Tel Aviv está el sostenimiento de ese orden político global inhumano. Aunque más no sea por mera intuición, cualquier individuo bienintencionado sabe que Irán es el último antagonista posible a ese régimen y la conclusión se cae de madura: el pueblo-nación iraní lucha por toda la humanidad contra quienes lo único que saben hacer es mentir, robar, saquear, violar, matar y, como se sabe gracias a revelaciones recientes, abusar sexual y físicamente de niños hasta el límite grotesco de chuparles la sangre. El eje imperial de yanquis e israelíes ya aparece en la conciencia colectiva con la imagen del vampiro clásico y, en contraposición lógica, el pueblo-nación iraní con su valentía surge de su opacidad como la fuerza liberadora cuyo esfuerzo y sacrificio son la expresión humana del bien por antonomasia. Pocos entienden todo esto con el cerebro, pero nadie duda en su corazón de que esto es exactamente así. Esta es la manifestación de Dios, es el Cristo colectivo que viene a salvar la humanidad aunque el hombre no sea capaz de comprenderlo.
Pierda o gane, el pueblo-nación iraní ya triunfó pues cumplió la misión que le fue asignada: puso de rodillas al que parecía invencible y expuso al mal de un modo irreversible. Ahora el victimario no podrá seguir simulando ser la víctima y ninguna de sus maldades pasará impunemente. El Cristo colectivo ya transmitió el mensaje y es irrelevante lo que hagan los poderosos con su cuerpo. Para quienes creen en la trascendencia —y los iraníes solo piensan en ella, viven y mueren por ella— el cuerpo siempre es irrelevante cuando el espíritu no puede corromperse. Gana la guerra el que logra sus objetivos y el pueblo-nación iraní ya los alcanzó holgadamente.
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