Exactos tres años después del inicio de la llamada operación militar especial de Rusia sobre el territorio de Ucrania y como si la temporalidad se hubiese ajustado adrede para coincidir con ese aniversario, el proceso de larguísimo aliento iniciado por Vladimir Putin en 1999 llega finalmente a un desenlace con el desaire de Donald Trump a Volodímir Zelenski en la Casa Blanca. Con este extraordinario hecho que tuvo lugar frente a las cámaras de televisión Trump oficializó ante los ojos de un mundo estupefacto el giro copernicano en la orientación de la política exterior estadounidense y, a la vez, decretó el triunfo final de un Putin que todo lo miraba de lejos y en silencio. Al plegarse Washington a la tesis rusa de la legitimidad de la campaña militar en Ucrania se desató toda una serie de eventos y consecuencias en la geopolítica dejando a los europeos en un estado de precariedad que estos no habían conocido desde 1945. Y a los rusos, por otra parte, con las dos manos puestas sobre el trofeo.
Lo que hizo Donald Trump al acorralar junto a su vicepresidente J. D. Vance y su secretario de Estado Marco Rubio a Zelenski, regañarlo duramente en público y luego echarlo sin contemplaciones de la Casa Blanca, arrojándolo al lugar del paria, fue decirle al mundo en un brillante acting televisivo que Putin tiene la razón en el diferendo y ya ganó la guerra, puesto que sin la ayuda económica de los Estados Unidos es imposible continuar la lucha en el frente oriental. Zelenski intentará “pasar el sombrero” por última vez entre los europeos para estirar un poco más la farsa, pero la suerte ya está echada. Los Estados Unidos responden por más del 70% del presupuesto de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y será muy poco lo que los europeos puedan hacer si se interrumpe el flujo de dinero —unos 860 mil millones de dólares anuales, según números de 2023— desde Washington a la OTAN.
De hecho, lo más probable es que Trump esté precisamente esperando que los europeos “muerdan el anzuelo” y se lancen a la rebeldía de apoyar a un Zelenski del que Washington ya renegó. Ese será el argumento final, la gota que rebalsará el vaso y legitimará a Trump para hacer aquello que viene amenazando desde su primer mandato presidencial: retirar a los Estados Unidos de la OTAN, lo que en la práctica significaría la inviabilidad de esta organización terrorista por falta de fondos. El continentalista Trump es un hombre pragmático y comprende que el atlantismo es el mal, sabe que la OTAN fue creada para combatir a los soviéticos en el contexto de la Guerra Fría, en los límites de la “cortina de hierro”. Y por lo tanto que, al no haber hoy soviéticos, “cortina de hierro” ni Guerra Fría alguna, la OTAN ya es un ente desfasado y un derroche monumental de dinero. Trump no tiene ningún interés en hacerles la guerra a Putin y a Rusia sino más bien todo lo opuesto, razón por la que la OTAN ahora sobra.

El resultado es el triunfo de Putin, pero no solo en el diferendo limítrofe con la OTAN que finalmente hizo crisis en Ucrania, eso es lo de menos. El triunfo de Putin es el reconocimiento por parte de Trump —de los Estados Unidos, en rigor— de la realidad geopolítica multipolar. Bien mirada la cosa, el continentalismo de Trump es similar al del presidente Franklin Roosevelt hasta Pearl Harbor. Mientras no se produjo ese que fue a todas luces un atentado de falsa bandera, Roosevelt insistió en que los Estados Unidos estaban separados de Europa por un enorme océano y no podían tener ningún interés en una guerra europea. Más de ocho décadas después de Roosevelt, Trump hace el mismo discurso utilizando incluso las mismas categorías y lógicamente concluye que cualquier diferendo entre europeos occidentales y orientales debe resolverse sin la intervención de los Estados Unidos.
Ahí está, en muy pocas palabras, el triunfo final de Putin allí donde Stalin fracasó. Después de 80 años de intervención, de Plan Marshall y de haber empujado la OTAN hacia Oriente hasta los límites territoriales de Rusia, Washington declara con toda la solemnidad que les suelta la mano a los europeos y los deja para que se las arreglen solos frente a los rusos. Habría que ser un necio para no comprender que es solo una cuestión de tiempo, de poco tiempo, hasta que Moscú subvierta por presión económica el orden político de Europa instalando a sus corresponsales en el poder político de todos los países del subcontinente. No es una cuestión de que al retirarse la OTAN los rusos querrán avanzar militarmente sobre los países de Europa occidental, esa es una mentalidad impropia del siglo XXI. Lo que Moscú tendrá en Europa es ni más ni menos que el tipo de control que Washington ejerció allí desde 1945 en adelante.

Entonces está al fin en vías de concretarse aquel proyecto euroasiático que Stalin quiso realizar después del fin de la II Guerra Mundial y no pudo porque Harry Truman desconoció en Potsdam lo conversado por el soviético con Roosevelt en Yalta y luego impuso su voluntad mediante la amenaza nuclear, aprovechándose de que los Estados Unidos obtuvieron primero y en el momento justo el dominio de dicha tecnología. El triunfo de Putin no es que va a hacerse del control de la parte oriental del territorio de Ucrania en un reparto, sino algo mucho más profundo. Lo que Putin logró fue que los estadounidenses acrediten dos realidades que hasta aquí estaban en disputa. La primera es que la hegemonía unipolar es insostenible y que tratar de sostenerla por la fuerza conduciría a una nueva guerra mundial, inviable en un contexto de proliferación de las armas nucleares. Y la segunda es que los Estados Unidos, ahora potencia regional de América, no tienen nada que hacer en Europa.
Todo eso es lo que Trump acredita cuando habla de un “grande y hermoso océano que nos separa (de los europeos)” y cuestiona la existencia de la OTAN señalándola como un gasto excesivo e inútil para el contribuyente de los Estados Unidos. Trump está diciendo que los Estados Unidos no tienen interés, voluntad ni fuerza para seguir sosteniendo su presencia en el continente europeo, está reafirmando la realidad del continuum territorial —ya abundantemente expuesto en estas páginas— por el que, según la lógica geográfica, Europa está para Moscú como América para Washington: como una zona de influencia natural. Eso es lo que decía Roosevelt antes de Pearl Harbor y es lo que decía Stalin después de capturar Berlín, pero es lo que Truman subvirtió al arrojar sobre Japón dos bombas atómicas con el solo fin de informarles a los soviéticos que el proyecto euroasiático quedaba cancelado por la imposición de la hegemonía liberal de Occidente.

Obsérvese que Roosevelt, Stalin, Trump y Putin tienen en común el ser o el haber sido continentalistas, todos ellos entienden o entendían que el esquema multipolar anterior a las dos grandes guerras del siglo XX es más equilibrado al respetar esos límites geográficos naturales que son los océanos. Esta es una realidad que está al alcance de la comprensión de cualquier niño en edad escolar capaz de observar e interpretar un planisferio. El Océano Atlántico existe, América es para los americanos y Eurasia es para los euroasiáticos. Cuando los Estados Unidos decidieron en 1945 sacar provecho de su ventaja nuclear para subvertir ese orden instalándose en Europa con su diplomacia intervencionista, con el Plan Marshall y la OTAN, lo que hicieron fue generar un desequilibrio que duró 80 años, resultó en un desquicio generalizado y finalmente hoy termina.
Conviene tener presente la magnitud del disparate planteado por los Estados Unidos desde Truman en adelante. Con el fin de privar a los soviéticos del control de una Europa que es contigua a su territorio y que ellos habían conquistado al derrotar a Alemania en la II Guerra Mundial, capturando la ciudad de Berlín, Washington se inventó un tratado político sobre el agua, literalmente. Ese es el Tratado del Atlántico Norte con el que los Estados Unidos forzaron la idea de que existe una continuidad territorial artificial entre América y Europa, pero además una discontinuidad también artificial entre Europa y Rusia. Eso ofendió enormemente a los rusos y mucho más todavía cuando al disolverse la Unión Soviética los estadounidenses aprovecharon la volteada para avanzar con la OTAN, la expresión militar de ese delirante tratado firmado sobre el agua, sobre los países de Europa oriental que históricamente estuvieron dentro, muy dentro de la zona de influencia de Rusia.
Desde 1991 los Estados Unidos empujaron la OTAN sobre los territorios de los países que habían formado parte de la “cortina de hierro” de los soviéticos e incluso sobre los que fueron parte de la propia Unión Soviética. Cayeron en esa volteada, además de Alemania oriental por la reunificación, República Checa y Eslovaquia (antes Checoslovaquia), Eslovenia, Macedonia del Norte, Montenegro y Croacia (antes Yugoslavia), Hungría, Polonia, Albania, Bulgaria y Rumania, todos Estados satélites de los soviéticos en Europa y en algún momento miembros del Pacto de Varsovia, la alianza que los socialistas crearon para contrarrestar la amenaza que planteaba la OTAN desde Occidente. Pero la expansión de la OTAN después del colapso soviético fue mucho más allá e incluyó a Letonia, Lituania y Estonia, países que fueron directamente parte de la Unión Soviética. ¿Cómo no iban a ofenderse y sentirse amenazados en su soberanía los rusos con semejante avance?

Cuando a partir del golpe de Estado de Plaza Maidán en 2013 y 2014 los Estados Unidos intentaron incorporar el territorio de Ucrania a la OTAN la amenaza al fin hizo crisis. Ucrania no solo fue también un miembro de la Unión Soviética y es un país cultural e históricamente hermanado con Rusia, sino que además sus fronteras orientales están a pocos kilómetros de Moscú y San Petersburgo, que es donde está concentrada la mayor parte de los rusos. De haberse metido de lleno en el territorio ucraniano, la OTAN habría tenido la posibilidad de emplazar misiles de mediano alcance y de estacionar tropas en las inmediaciones de esa frontera, constituyendo una amenaza existencial para Rusia como unidad política y territorial. Y eso claramente es inaceptable para Moscú.
Maidán fue un punto de inflexión. Ese golpe de Estado derrocó al presidente Víktor Yanukóvich —que planteaba naturales buenas relaciones con Rusia— y luego lo suplantó con Petró Poroshenko, un vulgar títere del liberalismo occidental. Con Poroshenko empezó la invasión diplomática y a prepararse el terreno para la incorporación de Ucrania a la OTAN, proceso que iba a acentuarse a partir de 2019 al advenir el mediocre actor cómico Volodímir Zelenski como reemplazo de Poroshenko. En muy pocas palabras, lo que hizo Occidente en Ucrania fue tensar la cuerda progresivamente con el fin de “medirles el aceite” a los rusos, más precisamente a Putin. Estados Unidos y sus lacayos de Europa occidental fueron buscando el límite de la paciencia rusa como suelen hacer esos niños que tienen la mala fortuna de nacer en hogares conducidos por padres demasiado laxos.

Como el que pide normalmente recibe y el que busca no tarda en encontrar, Occidente iba a hallar el límite de la tolerancia de Putin en febrero de 2022. Viendo que la provocación de la OTAN había llegado a convertirse en una masacre contra los ucranianos étnicamente rusos de las regiones del bajo Río Don, concretamente en Donetsk y Luhansk, Putin decide lanzar su operación militar especial sobre el oriente de Ucrania teóricamente para liberar a los ucranianos étnicamente rusos que estaban siendo objeto de un genocidio. Teóricamente, véase bien, porque a la luz de todo lo que vino después es posible comprender hoy que la operación militar especial fue mucho más que eso: fue un movimiento táctico en el contexto de una estrategia de largo plazo cuya comprensión cabal requiere de un análisis en cierta profundidad de la historia reciente desde fines de los años 1980 a la actualidad.
Primero es preciso decir que Putin es el gran ganador de la geopolítica y probablemente sea el Príncipe ideal de Maquiavelo en este siglo XXI porque es, entre los líderes de nivel mundial en condiciones de establecer el nuevo orden jurídico internacional (los que se cuentan con tres dedos), el que más largamente ha estado trabajando en ese establecimiento. Los menos informados piensan que la maniobra de Putin empieza con la operación militar especial en 2022. Otros, tal vez algo menos miopes, ubican el punto inicial de esa epopeya en la reincorporación de Crimea al territorio ruso en 2014 y algunos, los menos, miran un poco más lejos en el pasado identificando el origen en la Conferencia de Seguridad de Múnich en 2007, donde Putin anunció sorpresivamente el cambio en la actitud geopolítica de una Rusia que ya estaba entonces recuperada de la catástrofe que fue la disolución de la Unión Soviética. Pero las tres opiniones son equívocas en mayor o menor medida. La genial maniobra estratégica de Putin empieza mucho, muchísimo antes.

La correcta observación de esa trayectoria pone a Xi Jinping y más aún a Donald Trump en un modesto lugar de advenedizos, pues mientras estos estaban políticamente en pañales y/o ni soñaban con estos asuntos, Putin ya estaba en camino para llegar donde finalmente llegó. Allá por el año 1989, en medio a un peligrosísimo clima disolvente que es propicio para todo tipo de revancha, el joven Vladimir Putin se encontraba estacionado en Dresde como oficial subalterno del ya extinto Comité para la Seguridad del Estado (KGB, por sus siglas en ruso). El Muro de Berlín se había derrumbado unos días antes y ahora las turbas enloquecidas recorrían las calles de las ciudades de Alemania oriental buscando vengarse de todo aquello que tuviera un mínimo olor a socialismo y a represión. Y un buen día esa turba llegó a las puertas de los cuarteles de la KGB en Dresde.
En realidad, la turba tenía por objetivo saquear e incendiar las oficinas de la Stasi, la temida policía secreta de Alemania oriental, pero al no poder ingresar allí por cualquier motivo las atenciones se volvieron al edificio de la KGB que estaba justo al otro lado de la calle. El caso es que esa sede estaba desierta por esas horas, solo se encontraban allí el oficial Putin y un par de guardias de seguridad alemanes que rápida e inteligentemente se dieron a la fuga al ver venir la multitud enfurecida. Putin había quedado solo y lejos de asustarse frente a ese montón de alemanes orientales dispuestos a todo para saciar su deseo de venganza, se paró delante de ellos y les anunció que era una mala idea entrar rompiendo. “No traten de ingresar a este edificio: mis camaradas están armados y autorizados a disparar a matar en caso de emergencia”. La turba comprendió que unos rusos con armas constituían un gran peligro y se marchó, probablemente a descargar su furia en otra parte.

El caso es que Putin mintió, hizo el famoso “bluf”, pues no había camarada alguno de la KGB armado al interior del edificio. Después de evitar solo y en perfecto alemán el saqueo de las oficinas de la KGB, pero comprendiendo que el peligro no había pasado, Putin se dispuso a llamar por teléfono a la unidad de tanques soviéticos emplazada en las afueras de Dresde para solicitar refuerzos y custodiar la sede de la KGB. Y aquí ocurre el episodio que quizá lo haya determinado para siempre, tal vez el punto inicial de su idea de una Rusia fuerte y geopolíticamente dominante: al teléfono un oficial superior le informaba a Putin que no iba a ser posible enviar ningún refuerzo porque para ello sería necesaria la autorización de Moscú y Moscú estaba en silencio, esto es, no había respuesta a nada por parte del poder político central de la Unión Soviética. Nadie se hacía cargo.
El atento lector, adicto a la belleza de las letras y a la narrativa, no negará que este episodio —corroborado posteriormente por Putin y por los demás implicados— constituiría una sensacional introducción para una novela biográfica, aunque eso es del todo accesorio. Lo importante aquí es poder meterse de lleno en la historia buscando ese momento crucial en el que un protagonista toma la decisión de modificar la realidad. “Moscú está en silencio”, escuchaba Putin ese día. Y eso no podía ser. ¿Cómo iba a estar en silencio el poder político central del país que en la cosmovisión de los contemporáneos era entonces una de las dos superpotencias del orden mundial bipolar? Nadie se hacía cargo, la “madre Rusia” de todos los zares, de Nevski, de Lenin y de Stalin, de los brillantes conductores, había quedado insólitamente sin conducción.
Lo que se sigue naturalmente es lo que siempre pasa cuando la conducción está ausente: un periodo de caos y de disolución política, un interregno en el que el rastro de Putin se pierde. Las malas lenguas dicen que manejó un taxi, las peores que se enquistó en lugares oscuros de la función pública al volver a Moscú. Nada de eso importa porque cuando Putin vuelve a aparecer ya lo hace al lado de Boris Yeltsin, ganándose paulatinamente la confianza del patético cipayo hasta desplazarlo de sus funciones en la práctica. En el último día de 1999, tras una década humillaciones internacionales y de una crisis multidimensional puertas adentro, todo como resultado de la aplicación del neoliberalismo salvaje sobre un pueblo que culturalmente no estaba preparado para eso, Putin logra persuadir a Yeltsin de que era hora de dar un paso al costado. Ahora alguien iba a hacerse cargo, ahora Moscú iba a dejar de estar en silencio. Ese 31 de diciembre marca el hito inicial de una Rusia conducida por primera vez desde 1953 por un Príncipe maquiavélico.

Ahora bien, el país que Putin encontró al asumir el legado de Yeltsin estaba hecho trizas y había que reconstruirlo desde una base iliberal, la única forma que el pueblo-nación ruso comprende pues jamás en su historia conoció el liberalismo. Las revoluciones burguesas que en los siglos XVIII y XIX barrieron con Europa nunca llegaron a Rusia. La monarquía premoderna no será destruida allí sino recién a principios del siglo XX, pero por unos bolcheviques que eran aún menos liberales que el zar. La reconstrucción de Rusia tras el colapso de la Unión Soviética y la anarquía neoliberal de Boris Yeltsin no iba a poder realizarse sin un régimen centralizado, represor y autoritario. Así funcionan las cosas en esa región del mundo y Putin supo leer perfectamente la tendencia gobernando con mano de hierro por los siguientes ocho años hasta 2007, que es cuando llega a Múnich a darles a los europeos el primer aviso de que ya había reconstruido la unidad nacional, reformado la economía y pacificado el territorio. Y que ahora iba a buscar la restauración de la grandeza de Rusia en el escenario geopolítico.
Frente a una desconcertada Angela Merkel y demás líderes europeos de ese momento, Putin hace un discurso cuya lectura hoy, con el diario del lunes, revela la totalidad de una estrategia de largo aliento. Es verdaderamente un hallazgo para los historiadores el encontrarse con el texto de ese discurso con todas sus consecuencias prácticas ya a la vista casi dos décadas más tarde. Lo que en ese momento pareció ser la bravuconada del líder de un país que los europeos consideraban histórica y permanentemente derrotado terminó siendo la exposición sincera, todo lo sincera que puede llegar a ser la política, de lo que iba a venir después. “Profético”, titulará alguien, aunque sin razón. No se trató de ninguna profecía, Putin no fue a Múnich a decir lo que iba a pasar. Putin se paró frente a los europeos en 2007 para avisarles de lo que él iba a hacer en primera persona.

Para empezar, Putin denuncia en Múnich la hegemonía liberal unipolar de Occidente y por primera vez dice que dicho modelo ya era imposible, inviable e inaceptable. Señalando sin ambigüedades que desde la disolución de la Unión Soviética los Estados Unidos venían imponiendo su voluntad a los demás países y haciendo solos las reglas de ese modelo de dominación unipolar, Putin declaró allí mismo que el sistema estaba condenado ya en 2007, véase bien, extendió el certificado de defunción a una hegemonía que en esos días parecía indestructible con George Bush haciendo desastres en Medio Oriente sin oposición por parte de nadie. En el momento de mayor fortaleza de la hegemonía liberal de Occidente, cuando nadie se atrevía a objetarle prácticamente nada a Washington, el líder de una Rusia que todos creían estar desactivada para la geopolítica fue a una cumbre de seguridad en Europa occidental a decir que su país no iba a tolerar nada de eso.
Lo que en un principio se tomó con sorna pronto se convirtió en susto. De hecho, el entonces secretario general de la OTAN, el holandés Jaap de Hoop Scheffer, se asustó tanto que salió de la conferencia balbuceando palabras sin sentido, calificando el discurso de Putin de “decepcionante e inútil”. En realidad, como se ve ahora con claridad cristalina, el holandés comprendió perfectamente en ese momento —y con razón estaba en estado de shock, sin saber muy bien qué decir— que los días de la OTAN estaban contados si Rusia se disponía a realizar al menos una parte de lo expresado por Putin en su discurso. Jaap de Hoop Scheffer entendió intuitivamente que la Rusia de Yeltsin ya no existía, que el golpe de 1991 había terminado y finalmente que Europa iba a volver a tener la amenaza de siempre desde Oriente.

Sobre la OTAN, Putin diría concretamente en esa conferencia y para más susto de Jaap de Hoop Scheffer que se trataba de “una organización cuya finalidad es la provocación” mediante el expansionismo hacia Oriente, sobre la zona de influencia natural de Rusia. Es importante comprender que hasta esa conferencia de Múnich en febrero de 2007 tanto Washington como sus lacayos en Europa occidental habían tenido la certeza de que Rusia no iba a ponerse otra vez de pie, al menos no en el mediano plazo. Los yanquis y los europeos creían que podrían seguir avanzando indefinidamente sobre Europa oriental con la OTAN sin oposición alguna de Moscú y que al final del proceso iban a lograr el objetivo de tener a Rusia rodeada para garantizar el carácter permanente de su desactivación geopolítica. En una palabra, los europeos se vieron sorprendidos en pleno acto de saqueo imperialista por un enemigo al que ya no tenían en cuenta y que volvía a aparecer como de la nada misma a frustrar todos los planes. Eso es sin lugar a duda un shock.
Entonces Putin denunció abiertamente el acercamiento de la OTAN a las fronteras de Rusia, lo que equivalía a una declaración de guerra por parte de Moscú. En términos de cronología, la mayor expansión de la OTAN había tenido lugar en 2004, tres años antes de la conferencia de Múnich. En marzo de ese año se incorporaron siete países de la zona de influencia natural de Rusia a la alianza guerrera de Occidente, tres de ellos exsoviéticos: Letonia, Lituania y Estonia, los países del Báltico cuya ubicación geográfica es estratégica para la seguridad nacional rusa. De hecho, la distancia entre Moscú y el límite de Rusia y Letonia es de menos de 600 kilómetros, es más o menos como si los rusos tuvieran su alianza guerrera e incorporaran a ella el territorio de Canadá, emplazando sus misiles y tropas a tiro de piedra de Washington y Nueva York. Sin este ejercicio de abstracción resulta imposible comprender la gravedad que tuvo para Rusia el expansionismo de la OTAN después de la desintegración de la Unión Soviética.

Por eso Putin puso el grito en el cielo en Múnich, pero no a modo de la típica expresión de resignación que los dirigentes políticos suelen tener cuando son impotentes frente a una determinada realidad. Putin fue a Múnich a avisarle a Occidente —el que avisa no traiciona— que estaba en condiciones de modificar la realidad y además tenía la voluntad política para hacerlo. Esta es la definición de lo que el General Perón llamó “conducción política”, son los intereses permanentes de un pueblo-nación sintetizados en un conductor y por lo tanto válidos para la política, efectivos en la lucha por el poder en el Estado. No es que el pueblo-nación ruso haya adquirido colectivamente y de golpe la conciencia de su sometimiento, humillación y condición semicolonial, eso no ocurre. Es que al pueblo-nación ruso le fue dado un conductor capaz de sintetizar sus intereses nacionales y también dispuesto a hacerlo frente a un poder inmenso que lo oprimía.
Desde Maquiavelo y el Príncipe hasta Hegel con su astucia de la razón todos los filósofos han tratado de acercarse teóricamente a lo que Putin realiza prácticamente desde 1999 como líder indiscutido de los rusos en Rusia y en otras partes, puesto que el propio concepto de “ruso” excede los límites territoriales de lo que hoy es la Federación Rusa. En realidad, como bien comprenden por ejemplo los serbios, el de Putin es un liderazgo carismático para todos los eslavos y, en un sentido aún más amplio, para Oriente en oposición frontal al liberalismo occidental que los orientales jamás comprendieron. Putin es la expresión de rebeldía iliberal en la forma de un Príncipe maquiavélico, de una astucia de la razón hegeliana o del conductor político peronista que Oriente opone ostensivamente al liberalismo que Occidente inventó con la Ilustración y luego generalizó en sus revoluciones burguesas a partir del siglo XVIII. Al atento lector le conviene entender que esas ideas nunca hicieron pie en Oriente y probablemente jamás lo harán.
Lo anterior explica a Putin y da también la respuesta a la angustiante duda existencial sobre qué va a pasar una vez que Putin pase. La respuesta es sencilla y es que habrá otro Putin con otro apellido y otro rostro porque la astucia de la razón no es ningún milagro, sino la síntesis de la conciencia colectiva de una determinada cultura. Los Putin genéricos no ocurren, por ejemplo, en nuestra América porque aquí no existe la conciencia colectiva iliberal que en Oriente es la norma. A diferencia de quienes estamos en estas latitudes hace dos siglos y medio bajo la tiranía de las ideas de los jacobinos liberales de Francia, en Oriente esas ideas simplemente no existen y el resultado será siempre algún Putin genérico como síntesis de lo opuesto. La revolución liberal de los jacobinos nunca pasó por Oriente. Napoleón intentó llevársela a los rusos en 1812 con un ejército de 700 mil hombres, pero entre el zar Alejandro I y el “general invierno” lo echaron a patadas.

Hasta aquí el aspecto histórico y filosófico de la cuestión, que es enorme. Lo esencial sería comprender ahora en posesión de la historia reciente la magnitud de la obra de Putin en dos décadas y media. Putin tomó el timón de un Oriente que por primera vez en la historia estaba para el cachetazo, literalmente, del todo vulnerable a la colonización occidental que hubiera sido el triunfo final del atlantismo y del globalismo. Y en 25 años puso de pie a un pueblo moralmente derrotado hasta aparecer desafiando otra vez a Occidente, como en la Guerra Fría, negando en el tablero de la geopolítica más grande la hegemonía unipolar de los liberales. Y mucho más que eso: al obtener de Trump un reconocimiento que ningún líder occidental jamás le otorgó a un oriental, Putin instala políticamente el nuevo ordenamiento jurídico internacional del mundo multipolar que implica la caducidad del imperialismo estadounidense y reubica a los Estados Unidos en el lugar de potencia regional que los yanquis supieron ocupar antes de las dos grandes guerras del siglo XX.
Aquí está lo que Trump quiso comunicar al regañar y humillar a Zelenski en la Casa Blanca, frente a las cámaras de televisión para que lo vea todo el mundo: los Estados Unidos reconocen que el orden jurídico unipolar resultante del cierre de la II Guerra Mundial y las dos bombas atómicas de Truman sobre Japón está agotado, no se puede sostener ya sin una nueva guerra mundial que por lo demás es inviable en un mundo de proliferación del armamento nuclear. Trump dice claramente en esa reunión para la historia que los Estados Unidos se retiran de Europa, dejan la zona liberada para los rusos y se dedican en lo sucesivo a imponerse en su continuum territorial americano, concentran sus fuerzas de este lado del Atlántico y en la disputa comercial y de tarifas para equilibrar la balanza en lo industrial respecto a China. Y eso es todo. El mundo de Harry Truman ya no existe.

Fundamental es comprender, no obstante, que Trump no liquida el sistema-mundo de Truman por bueno y humanista, no hay nada de eso. Trump se lo carga porque ya es insostenible, los Estados Unidos no pueden sostener su dominación global sino a un costo económico altísimo (del que los 860 mil millones de dólares anuales a la OTAN son solo una pequeña parte visible) que está destruyendo a los Estados Unidos como país más que como imperio. Dicho de otra forma, a los yanquis se les terminó la nafta para sostener la farsa y máxime considerando los apremios de China en lo económico y de Rusia en lo militar, hay demasiados retobados. El paradigma se llenó de anomalías y no logra dar respuesta a todos ellos, por lo que en los términos planteados por Kuhn el propio paradigma ya hizo crisis y se derrumbó.
Pero tampoco corresponde creer que el paradigma político que era el orden jurídico internacional unipolar del liberalismo Occidental se agotó por desgaste propio y nada más, ahí está la cuestión. En dos décadas y media Putin hizo todo lo que pudo para acelerar ese desgaste, respondió a cada provocación con un movimiento táctico siempre orientado a la estrategia. Lo hizo por lo menos desde 1999 y a partir de 2013 contó con la asistencia de China al advenir como líder de ese gigante un Xi Jinping con la misma idea de establecer la multipolaridad. El catastrófico estado actual de la hegemonía unipolar de Occidente —que obliga a Trump a firmar la capitulación y tomar el camino del descenso suave a la posición de potencia regional— es el resultado de las contradicciones internas de la propia hegemonía, sí, pero además de la acción de las fuerzas contrahegemónicas que tienen en su conducción indiscutida a Vladimir Putin.

Los historiadores del futuro deberán encontrar la manera de explicar cómo el orden jurídico internacional de tipo unipolar fue derogado oficialmente en una reunión en la Casa Blanca entre el presidente de los Estados Unidos y un cocainómano ucraniano en remerita. Siempre es un gran desafío dar cuenta de la realidad geopolítica a partir de un relato fantástico, de un realismo mágico que ni al mismísimo Gabriel García Márquez pudo habérsele ocurrido. Habrá que hacer de aquí en más el recuento de la estrategia de Putin y muchos lo harán, adornando además cada hazaña suya y haciendo de toda la narrativa una épica fundacional. Todo ordenamiento político tiene su épica fundacional, toda construcción política tiene un correlato en el que hay villanos, hay mártires y sobre todo hay héroes, a quienes se les atribuye poderes sobrenaturales que van acrecentándose mientras el tiempo pasa y se alejan las generaciones del hecho.
El ganador escribe la historia y ahora le tocará a Vladimir Putin escribirla, la van a rubricar los estadounidenses y muy probablemente los chinos, pues estos no son tontos. Y suscrita por todos los poderes de una época esa historia será la verdad sobre la que las futuras generaciones interpretarán el mundo. Y si hasta un genocida con 300.000 víctimas inocentes como Harry Truman quedó para posteridad como “el hombre de la paz”, no será muy difícil construir la imagen de Putin como el artífice del nuevo ordenamiento multipolar que trajo la paz y la prosperidad evitando una guerra mundial que, al ser nuclear, habría sido la última para la humanidad. Al fin y al cabo, Putin no tiene genocidios en su haber, nunca arrojó una bomba atómica sobre la cabeza de nadie y más bien detuvo con su operación militar especial un genocidio contra las minorías étnicamente rusas en Ucrania. Al no tener puesta la marca del villano, tiene el traje de héroe ya a medio vestir. Todo el resto lo harán las talentosas plumas que escriben la historia.
Admirable mundo nuevo, como diría un Huxley, bienvenido. Es imposible saber de antemano si esta multipolaridad de tres polos que se inauguró en la Casa Blanca a expensas de Volodímir Zelenski será más o menos justa que el sistema-mundo que Harry Truman impuso en 1945, nadie puede adelantar que ese equilibrio relativo será mejor que la centralización del poder en los últimos 80 años. Nadie sabe nada, todo está ocurriendo ahora mismo a una velocidad además alucinante. La única certeza es que el mundo cambió con la consagración de lo que venía cocinándose desde la disolución de la Unión Soviética, la que marcó la derrota del socialismo oriental pero también del liberalismo occidental porque así es la dialéctica: el que se queda sin antagonista deja de existir, simula su propia existencia durante un tiempo y luego se hunde para que de dicho hundimiento pueda emerger un tercero, una síntesis. Ese tercero es el mundo de Putin, no es socialista ni es liberal, es una tercera posición de la que el mundo a partir de ahora sabrá de qué está realmente hecha.
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