Desde lo alto de su inmensa e indiscutible sabiduría criolla el General Perón solía decir que el argentino era un pueblo muy politizado, aunque de escasa cultura política. Esta definición, que a primera vista parecería encerrar una contradicción y podría considerarse críptica e incluso enigmática desde cierto punto de vista, es la descripción más precisa del argentino hasta el presente. El pueblo-nación argentino se apasiona muchísimo más que el promedio de los demás pueblos con los asuntos de la política, aunque desde luego lo hace sin comprender en absoluto de qué se trata.
En la metáfora facilonga, el argentino es como esos neófitos que de pronto se apasionan por el fútbol e insisten en ir al estadio todos los domingos sin comprender nada del juego, simplemente por la pasión en sí misma. El neófito futbolero ama al fútbol legítimamente, aunque desde la tribuna mira los partidos sin entender, por ejemplo, la regla del off-side. Cada vez que un jugador queda en posición fuera de juego, el neófito solo va a reclamarle la sanción de esa posición al árbitro o al juez de línea cuando otros lo hagan, esto es, va a gritar porque los demás gritan.
Y no por entender por qué se está gritando, por supuesto. Así es el argentino ante la política, ante ese juego complejo al que ama y no comprende. Alguien dirá con mucha razón que tampoco los brasileños, los chinos o los haitianos entienden un pomo de política y que por eso mismo los dirigentes hacen básicamente lo que quieren con las mayorías en esos países, pero con la diferencia de que allí el ciudadano común no se apasiona por la cosa como lo hace en Argentina. Lo llamativo, diría Perón, es que aquí todos somos analistas de una política que ignoramos.

Entonces cada mínima declaración de un dirigente, conato de escándalo o la nada misma genera en la opinión pública potenciada por las redes sociales un torbellino, todos queremos estar actualizados con el tema del momento teniendo, además, una opinión formada y llena de convicción sobre todo lo que pasa y lo que se dice. Todo es un escándalo, todo es polémico hasta el paroxismo. Y en consecuencia se arman insólitas escaramuzas discursivas que el desavisado podría pensar que son ideológicas.
Pero no lo son. Al menos en la mayoría de los casos, la opinión encendida no está fundada en ninguna convicción ideológica ni nada por el estilo, sino en el propio acto reflejo del neófito futbolero que grita “orsay, referí” cuando todos los demás en la tribuna gritan “orsay, referí”, pero en verdad no sabe si hay o no hay “orsay” en la jugada y putea enloquecido al “referí” porque los otros a su lado también lo hacen. El argentino grita en la política cosas que normalmente no comprende y ni siquiera sabe si son convenientes desde el punto de vista de sus propios intereses.
Las consecuencias de este lamentable hecho son verdaderamente nefastas para el pueblo, aunque por otra parte son redituables para los dirigentes. Hacer política en la Argentina no es una cuestión de proponer soluciones a la problemática social desde el Estado, sino más bien de apasionar a la mayor cantidad posible de incautos y neófitos para que estos hagan el aguante por razones netamente identitarias. En una palabra, un dirigente político no necesita tener un proyecto ni una praxis concreta. Lo único que necesita es apasionar de alguna forma a sus seguidores.

Y aquí aparece otro problema, el de que para apasionar a los seguidores un dirigente ni siquiera necesita tener carisma. La gran politización en un pueblo sin cultura política da como resultado la grieta, esto es, un estado de pasión generalizado respecto a la política que se aleja de la racionalidad necesaria. En la grieta, al apasionarse un sector del pueblo por un dirigente carismático automáticamente se apasiona en contra de este otro sector, dando como resultado el ascenso de dirigentes faltos de carisma que van a representar ese sector divergente en un sentido negativo.
La mejor representación concreta de lo descrito en el anterior párrafo es la ya clásica grieta del kirchnerismo cristinista y el macrismo que existió hasta fines de la década pasada. Ese escenario presentaba, de una parte, a una líder carismática que agrupaba con dicho carisma o por pasión a un sector de la sociedad y agrupaba también al sector que la odiaba por otra parte, en consecuencia, alrededor de otro líder, este sin carisma alguno. La gran politización en un pueblo sin cultura política en esa coyuntura dio como resultado el liderazgo de un Mauricio Macri que en condiciones normales de temperatura y presión no llegaría jamás a ocupar ese lugar.
Macri llegó a ser presidente de la Nación representando negativamente a millones, es decir, solo llegó ahí porque representaba en su momento el odio de esos millones hacia Cristina Fernández. El odio, como se sabe, no es más que pasión quizá mal canalizada, es una forma irracional de enfrentar la realidad. Solía decirse en ese momento que no existía en la base social el macrismo, que no había macristas sino simplemente anticristinistas que se agarraban de Macri para tener representación en su odio. Y, teniendo en vista el desenlace de esa coyuntura, hoy se sabe que eso era rigurosamente cierto porque Macri nunca tuvo el carisma para representar a nadie.
De ahí la representación en un sentido negativo, que naturalmente resulta de la grieta y es el producto más puro de la gran politización en un pueblo sin cultura política. Al fanatizarse con lo que no comprende, el argentino cae en la trampa por derecha y por izquierda allí donde la grieta se vuelve una cuestión de vida o muerte en la que uno se ve conminado a alinearse con la parte o con la contraparte sin fijarse —y esto es lo fundamental— en qué representan concretamente esos polos en términos de praxis política. En la grieta el apoyo es sin miramientos porque del otro lado siempre está el mal absoluto.

Alguien podrá aducir que esto es así en todas partes, que por ejemplo en los Estados Unidos los actuales republicanos trumpistas se identifican con Trump más bien por motivos identitarios y que, en sentido opuesto, los demócratas hoy lo son finalmente por ser antitrumpistas. Algo de eso hay en todos los países porque la política identitaria es un fenómeno global, pero está la diferencia fundamental en el nivel de politización de la sociedad, como decía Perón. En los Estados Unidos la actividad política es del interés del 30% de la población, con toda la furia. En la Argentina no es así.
Entonces aquí la mayoría está politizada, opina sobre la política y lo hace con la intensidad propia de la pasión, pero son realmente muy poquitos los que entienden de qué están opinando. Lo que hacen los más es emitir una opinión identitaria, son cristinistas, macristas o mileístas por amor al líder carismático propio o por odio al líder carismático ajeno. Y en medio a esta locura identitaria lo que termina perdiéndose a mediano plazo son los contenidos del proyecto político que, al menos teóricamente, cada fuerza debió tener.
El resultado es que hoy en Argentina ya a nadie realmente le interesan los contenidos de los proyectos políticos, aquí lo único que importa es imponer la derrota al símbolo antagónico para festejar eso como si de un triunfo deportivo se tratara. A ningún macrista jamás le interesó la propuesta del “cambio” en sus contenidos reales y entonces, como reflejo de ello, a ningún mileísta le interesa la “libertad” propuesta por Javier Milei hoy, empezando por el hecho de que nadie sabe —ni podría saberlo, ahí está el truco— en qué consiste esa “libertad”. Lo único que importa es derrotar al kirchnerismo cristinista, vaya uno a saber qué significa eso.
Claro que los kirchneristas cristinistas tampoco están exentos ni mucho menos de identitarismo, más bien todo lo contrario: son el identitarismo por antonomasia. Subida a una idea difusa de “justicia social” que el común de la ciudadanía entiende correctamente como asistencialismo, la mayoría de los llamados “kukas” no sabe muy bien qué es lo que quiere políticamente y lo único que hace hasta el día de hoy es cumplir mecánicamente las órdenes emitidas por un liderazgo carismático cada vez más ausente, aun cuando dichas instrucciones sean diametralmente contradictorias respecto a la justicia social, la soberanía política y la independencia económica.

No existe hoy ninguna posibilidad de discutir política horizontalmente en Argentina entre las mayorías. Cada propuesta política concreta debe venir acompañada por el nombre y el apellido de uno de los dirigentes de la grieta identitaria, de modo tal que la propuesta en sí es rápidamente olvidada y empieza a declamarse como un mantra el nombre del dirigente en cuestión. El pueblo mordió el anzuelo identitario y ya no sabe proceder desde la exigencia de la representación de sus intereses hacia la designación de los individuos que van a dar esa representación. Se procede al revés y se espera el milagro de que el dirigente ungido se acuerde de cumplir el compromiso que nunca asumió.
No hay debate político y entonces no solo puede Milei seguir gobernando sin representar los intereses de quienes lo bancan, sino que después de Milei probablemente vendrá otro Alberto Fernández materializado en la figura de un Sergio Massa, un Eduardo de Pedro u otro cipayo de esta calaña a no representar los intereses de unos “kukas” que para empezar ni saben cuáles son sus intereses. La cuestión será derrotar a Milei para ver llorar y correr a los mileístas y después vemos.
Claro que en el “después vemos” está el problema de fondo que propicia la existencia del péndulo identitario propiamente dicho. Como con Alberto Fernández, quien llegó a ser presidente con el único fin de desplazar de ese lugar a Macri, el que suceda al régimen mileísta será un régimen sostenido desde lo identitario y por lo tanto sin ningún compromiso político con la representación de los intereses de las mayorías. ¿Por qué habría un Sergio Massa genérico de hacer lo que el pueblo quiere si al llegar llega con el solo objetivo de derrotar a Milei y nada más que eso?

Evidentemente no habría de haberlo y es así como se instala un dirigente comprometido con los intereses del poder fáctico y, al desgastarse este en el tiempo, se propone para reemplazarlo a otro dirigente igualmente comprometido con los intereses del poder fáctico. Ninguno llega a tener el poder político por el contenido concreto de su proyecto sino con el fin de echar del sillón al que allí está instalado. Y una vez que allí llega no tiene ninguna obligación respecto a los intereses colectivos de las mayorías. El pueblo está ocupado en satisfacer rivalidades identitarias y se olvida de exigir representación.
El pueblo-nación argentino está muy politizado y no tiene cultura política, en esto Perón estaba en lo cierto como en muchas otras cosas. Quiere opinar sobre la política y quiere hacerlo con pasión, quiere ponerse la camiseta de este o de aquel dirigente en cada coyuntura y quiere ver derrotado y humillado al dirigente del bando identitario opuesto. La politización es total. Lo que falta es detenerse un momento a reflexionar sobre cuál es la finalidad de dicha politización en aquello de modificar la realidad social. El pueblo-nación argentino quiere que las elecciones las ganen los unos y las pierdan los otros, pero no sabe muy bien por qué quiere eso.
Esta es, finalmente, la señal clara e inequívoca de la quiebra del sistema mal llamado “democrático” de representación, el contrato está roto y es solo una cuestión de tiempo hasta que las mayorías se percaten de que el resultado de las elecciones no modifica la orientación política del gobierno en el Estado. La politización extrema en un contexto de poca cultura política es un problema crónico que da necesariamente como resultado una resaca con sabor a derrota o lo que los politólogos llaman anomia y no es más que agotamiento sistémico en perjuicio siempre de los pueblos.