Quizá como una insólita instancia de encuentro y debate cuyo concepto oscila también insólitamente entre la genialidad y la imbecilidad, aunque ciertamente constituye en cualquier caso un documento histórico único y sin lugar a duda irrepetible. Así podría calificarse la reunión organizada unos meses después de la contingencia del coronavirus por el periodista y guionista de televisión catalán Jordi Évole con el objeto de poner por algunas horas en un mismo ambiente al Papa Francisco y a diez jóvenes de distintas extracciones étnicas, nacionalidades y orientaciones ideológicas. El resultado del experimento televisivo fue Amén: Francisco responde (España, 2023. 88 min.), el polémico documental que Disney refritó a pocas horas de conocerse la noticia del fallecimiento del sumo pontífice y que de un modo algo inesperado pone de manifiesto en una sola pieza de video la razón por la que el Vaticano fue a buscar en 2013 “más o menos al fin del mundo”, en sus propias palabras, a Jorge Mario Bergoglio para suceder a un Joseph Ratzinger que entonces había sido derrotado por las circunstancias.
La caracterización de “polémico” para Amén: Francisco responde aquí no es ni mucho menos una adjetivación irreflexiva de esas que tanto gustan entre los tituleros y los operadores mediáticos en general. Y tampoco refiere al contenido del documental en sí, que resulta ser de inestimable valor para la política de hoy y para la historia de mañana. La naturaleza polémica del documental de Jordi Évole resulta de su concepción, radica en la genialidad o en la imbecilidad de poner frente a frente a un cura anciano y a un grupo de adolescentes tardíos cuyo nivel de hormonas y de confusión se ubicaba entonces por la estratósfera. Diez contra uno, preguntas que en condiciones normales de temperatura y presión un jefe de la Iglesia católica no podría responder, hostilidad y discusiones frenéticas que estuvieron entre lo chabacano y lo ofensivo, con arrebatos de resentimiento explícito. A primera vista no parecería quedar muy claro qué quisieron lograr los realizadores ni por qué Francisco accedió a exponerse al fusilamiento. Y menos aún por qué el Vaticano lo autorizó.
Pero todas las dudas se disipan al observarse la razón geopolítica por la que entre los 115 cardenales habilitados en marzo de 2013 el Vaticano eligió al ultraperiférico Jorge Mario Bergoglio para poner en sus manos la conducción del catolicismo universal. El debate propuesto para la realización del film de Jordi Évole no es otra cosa que una breve síntesis de los años de papado de Francisco, esto es, una metáfora de su labor al frente del Vaticano en la ejecución de la tarea que le había sido encargada por una Iglesia que estaba en riesgo de disolución y necesitaba salir del brete. En una palabra, al enviar a su máximo jefe a “dar la cara” para responder los cuestionamientos de diez jóvenes díscolos en un ambiente relativamente controlado el Vaticano no quedaba expuesto, sino precisamente todo lo contrario: exponía de una vez y para siempre la obra de Francisco ante los ojos del mundo en un material fílmico que será para siempre la evidencia indeleble e irrefutable de algo.

¿De qué cosa? Pues de que en más de una década Francisco no hizo más que poner la cara por el catolicismo en una actitud que podría calificarse como un doblarse para no romperse. Comentaristas más idóneos que este cronista vendrán en los próximos años a explicar cómo un cardenal argentino fue ungido —inesperadamente para muchos— como Papa con la sola misión de salvar la unidad de una institución que había sabido transitar exitosamente la política del mundo en dos milenios y que para marzo de 2013 estaba en vías de extinción al no poder dar respuesta a las innumerables anomalías de la posmodernidad. El cardenal Bergoglio elevado ya a Papa Francisco hizo precisamente eso, suavizó y humanizó el discurso y la imagen de una institución que se percibía vetusta y, por lo tanto, superflua y prescindible. Todo eso, véase bien, sin tener que ocultar ni renegar de los principios doctrinarios del catolicismo que, en el fondo, eran el objeto de todos los cuestionamientos posmodernos.
Un poco de memoria a corto y a mediano plazo puede ayudar a resolver la cuestión. Aunque se despidió aduciendo no tener ya la fortaleza física para seguir en el trono, Joseph Ratzinger como Benedicto XVI gozaba aún de buena salud al momento de abdicar en febrero de 2013 y la prueba de ello es que vivió casi una década más hasta el último día de 2022. En realidad, no hubo problema de salud alguno entre las razones por las que Ratzinger tomó la extraordinaria decisión de renunciar a un puesto del que por lo general —los sucesores de San Pedro, como se sabe, simplemente no suelen renunciar— nadie se va caminando. La correcta observación de ese hecho que confundió entonces al mundo y que hoy puede analizarse con más claridad indica que con Benedicto XVI la Iglesia católica no iba a poder capear la tormenta que ya en 2005 se avecinaba y que para 2013 se había desatado: la de una nueva ola del mal llamado “progresismo” que todo lo arrolla a su paso mediante la imposición de la moral posmoderna.

Ya para 2005, véase bien, que es cuando Joseph Ratzinger se convierte en Benedicto XVI para reemplazar al mítico y longevo Juan Pablo II, estaba bien claro que ese “progresismo” venía otra vez en ascenso y la elección de Ratzinger fue ese año un error que el Vaticano habría de subsanar, tarde pero seguro, al forzar su renuncia a principios de 2013. No son pocas las voces en el Vaticano que reclaman para Ratzinger el título de doctor de la Iglesia, lo que puede servirle al atento lector como un indicativo del altísimo nivel intelectual del alemán. Pero eso no era lo que se necesitaba, no era lo que las circunstancias exigían. Pese a su enorme capacidad intelectual, el Papa Benedicto XVI no tenía ninguna de las otras dos cualidades requeridas en esos días para ser el máximo exponente del catolicismo, a saberlas, carisma y flexibilidad. Ratzinger siempre fue un “duro” de los que están dispuestos a morir con las botas bien puestas.
Por lo tanto, la propia elección de Ratzinger en abril de 2005 fue ya un error del colegio de cardenales desde un principio. La Iglesia católica de esos días no necesitaba un doctor de la teología, sino un personaje entrañable, una cara amigable que supiera además tener la suficiente cintura política para enfrentar “por izquierda” los embates propuestos por las élites globalistas. Ratzinger jamás fue apto para interpretar ese rol y naturalmente su papado se volvió insostenible a medida que avanzaba en el sentido común de Occidente y de las colonias el veneno identitario de un “progresismo” que en sí mismo es una especie de religión y un fanatismo. El Vaticano debía hacer renunciar a Benedicto XVI y darse rápidamente un nuevo jefe carismático y flexible. Y así lo hizo cuando encontró en Jorge Bergoglio la figura indicada: la de un cura hispanoamericano con arraigo entre las mayorías populares y mucha, pero mucha capacidad de ajustarse a la coyuntura bailando al ritmo de la música que ponen quienes tienen el poder para hacerlo.

Es evidente en este punto y en retrospectiva que el elegido ya en 2005 debió ser un Bergoglio o similar, aunque también es justo decir que la evidencia solo es así de evidente en posesión del diario del lunes. El colegio de cardenales cometió un error de evaluación de la ciudad de los hombres al entronizar a Ratzinger en 2005, no vio venir todo lo que finalmente vino después. Pero lo más importante para el catolicismo es que funcionaron los anticuerpos y el sistema supo purgarse a tiempo cambiando de piel antes de la llegada del invierno más crudo: para cuando el feminismo, el abortismo, el racismo, la ideología de género, la exaltación de la homosexualidad y demás venenos “progresistas” lograron trascender el ámbito limitado de las universidades yanquis, corriendo por todo Occidente y sus suburbios como reguero de pólvora, el cardenal Bergoglio ya no era cardenal ni se llamaba Bergoglio. El apogeo del tsunami “progresista” posmoderno ya lo encontró como Papa, haciéndose llamar Francisco a modo de declaración de principios y a la espera del enemigo para librar el buen combate.
Contrariamente a lo que suelen suponer los frenéticos, los fanáticos y demás inexpertos en el arte de vivir, no siempre la rigidez es el mejor método para enfrentar un peligro y hasta podría decirse que casi nunca lo es. Lo saben incluso ciertos árboles que tienen la suficiente flexibilidad para doblarse y no romperse frente a las tormentas, es decir, para seguir siendo árboles e incluso recobrar su postura erecta original cuando el viento huracanado termina de pasar. Es una cosa proverbial, casi de sentido común, aunque no todos los hombres son capaces de comprenderla. Por más violenta que sea, toda tormenta más temprano que tarde pasa y la cuestión, como se ve, es seguir siendo árbol y no dejarse hacer leña para la fogata y el asado. Es una metáfora que ciertamente habría de gustarle al Papa Francisco y se trata de mantenerse de pie sobre las raíces, que son los fundamentos y son los principios, haciendo en el proceso el esfuerzo de carácter a la espera de que pase la tormenta. Doblarse, de ser necesario, pero sin romperse jamás.
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