Urbi et orbi

En un contexto de profunda crisis institucional en el que la Iglesia católica parecía a punto de caer ante los embates del “progresismo” posmoderno, el Vaticano fue a buscar “más o menos al fin del mundo” a un cardenal ultraperiférico que trajera bajo el brazo la salvación del catolicismo. Ese cardenal fue el argentino Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco que acaba de pasar a la eternidad a los 88 años. ‘Amén: Francisco responde’ registra en 88 intensos minutos toda la fortaleza política y espiritual del primer Papa americano: cara a cara con diez jóvenes que representan las tensiones del presente, desde el feminismo hasta el ateísmo militante, Francisco deja testimonio de su lucha. Contener sin conceder, escuchar sin claudicar. Francisco vino a mostrar que es posible abrazar al pecador sin validar el pecado.
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Quizá como una insólita instancia de encuentro y debate cuyo concepto oscila también insólitamente entre la genialidad y la imbecilidad, aunque ciertamente constituye en cualquier caso un documento histórico único y sin lugar a duda irrepetible. Así podría calificarse la reunión organizada unos meses después de la contingencia del coronavirus por el periodista y guionista de televisión catalán Jordi Évole con el objeto de poner por algunas horas en un mismo ambiente al Papa Francisco y a diez jóvenes de distintas extracciones étnicas, nacionalidades y orientaciones ideológicas. El resultado del experimento televisivo fue Amén: Francisco responde (España, 2023. 88 min.), el polémico documental que Disney refritó a pocas horas de conocerse la noticia del fallecimiento del sumo pontífice y que de un modo algo inesperado pone de manifiesto en una sola pieza de video la razón por la que el Vaticano fue a buscar en 2013 “más o menos al fin del mundo”, en sus propias palabras, a Jorge Mario Bergoglio para suceder a un Joseph Ratzinger que entonces había sido derrotado por las circunstancias.

La caracterización de “polémico” para Amén: Francisco responde aquí no es ni mucho menos una adjetivación irreflexiva de esas que tanto gustan entre los tituleros y los operadores mediáticos en general. Y tampoco refiere al contenido del documental en sí, que resulta ser de inestimable valor para la política de hoy y para la historia de mañana. La naturaleza polémica del documental de Jordi Évole resulta de su concepción, radica en la genialidad o en la imbecilidad de poner frente a frente a un cura anciano y a un grupo de adolescentes tardíos cuyo nivel de hormonas y de confusión se ubicaba entonces por la estratósfera. Diez contra uno, preguntas que en condiciones normales de temperatura y presión un jefe de la Iglesia católica no podría responder, hostilidad y discusiones frenéticas que estuvieron entre lo chabacano y lo ofensivo, con arrebatos de resentimiento explícito. A primera vista no parecería quedar muy claro qué quisieron lograr los realizadores ni por qué Francisco accedió a exponerse al fusilamiento. Y menos aún por qué el Vaticano lo autorizó.

Pero todas las dudas se disipan al observarse la razón geopolítica por la que entre los 115 cardenales habilitados en marzo de 2013 el Vaticano eligió al ultraperiférico Jorge Mario Bergoglio para poner en sus manos la conducción del catolicismo universal. El debate propuesto para la realización del film de Jordi Évole no es otra cosa que una breve síntesis de los años de papado de Francisco, esto es, una metáfora de su labor al frente del Vaticano en la ejecución de la tarea que le había sido encargada por una Iglesia que estaba en riesgo de disolución y necesitaba salir del brete. En una palabra, al enviar a su máximo jefe a “dar la cara” para responder los cuestionamientos de diez jóvenes díscolos en un ambiente relativamente controlado el Vaticano no quedaba expuesto, sino precisamente todo lo contrario: exponía de una vez y para siempre la obra de Francisco ante los ojos del mundo en un material fílmico que será para siempre la evidencia indeleble e irrefutable de algo.

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Escena del documental ‘Amén: Francisco responde’ en la que puede verse a cinco de los diez jóvenes presentes en la reunión: una evangelista, un hombre que en su infancia fue abusado por el Opus Dei, una lesbiana “no binaria”, un musulmán y una “católica” que resultó aquí ser la gran operadora de la ideología “progresista”. Pese a las sonrisas hubo tensión y muchos momentos incómodos que pusieron a prueba la templanza, la paciencia y sobre todo la cintura política de Francisco.

¿De qué cosa? Pues de que en más de una década Francisco no hizo más que poner la cara por el catolicismo en una actitud que podría calificarse como un doblarse para no romperse. Comentaristas más idóneos que este cronista vendrán en los próximos años a explicar cómo un cardenal argentino fue ungido —inesperadamente para muchos— como Papa con la sola misión de salvar la unidad de una institución que había sabido transitar exitosamente la política del mundo en dos milenios y que para marzo de 2013 estaba en vías de extinción al no poder dar respuesta a las innumerables anomalías de la posmodernidad. El cardenal Bergoglio elevado ya a Papa Francisco hizo precisamente eso, suavizó y humanizó el discurso y la imagen de una institución que se percibía vetusta y, por lo tanto, superflua y prescindible. Todo eso, véase bien, sin tener que ocultar ni renegar de los principios doctrinarios del catolicismo que, en el fondo, eran el objeto de todos los cuestionamientos posmodernos.

Un poco de memoria a corto y a mediano plazo puede ayudar a resolver la cuestión. Aunque se despidió aduciendo no tener ya la fortaleza física para seguir en el trono, Joseph Ratzinger como Benedicto XVI gozaba aún de buena salud al momento de abdicar en febrero de 2013 y la prueba de ello es que vivió casi una década más hasta el último día de 2022. En realidad, no hubo problema de salud alguno entre las razones por las que Ratzinger tomó la extraordinaria decisión de renunciar a un puesto del que por lo general —los sucesores de San Pedro, como se sabe, simplemente no suelen renunciar— nadie se va caminando. La correcta observación de ese hecho que confundió entonces al mundo y que hoy puede analizarse con más claridad indica que con Benedicto XVI la Iglesia católica no iba a poder capear la tormenta que ya en 2005 se avecinaba y que para 2013 se había desatado: la de una nueva ola del mal llamado “progresismo” que todo lo arrolla a su paso mediante la imposición de la moral posmoderna.

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El cardenal alemán Joseph Ratzinger, aquí como Benedicto XVI en vísperas de su abdicación. Ratzinger fue una mala elección del colegio de cardenales en vista del avance de la ola “progresista” que venía con la finalidad de arrasar con la Iglesia católica inundándola de contradicciones insalvables. El Vaticano tardó siete años en reconocer su error, pero llegó a tiempo para reemplazar al rígido y seco Ratzinger por el flexible y carismático Bergoglio y salvar la Iglesia católica de una disolución que para 2013 parecía ser solo una cuestión de tiempo.

Ya para 2005, véase bien, que es cuando Joseph Ratzinger se convierte en Benedicto XVI para reemplazar al mítico y longevo Juan Pablo II, estaba bien claro que ese “progresismo” venía otra vez en ascenso y la elección de Ratzinger fue ese año un error que el Vaticano habría de subsanar, tarde pero seguro, al forzar su renuncia a principios de 2013. No son pocas las voces en el Vaticano que reclaman para Ratzinger el título de doctor de la Iglesia, lo que puede servirle al atento lector como un indicativo del altísimo nivel intelectual del alemán. Pero eso no era lo que se necesitaba, no era lo que las circunstancias exigían. Pese a su enorme capacidad intelectual, el Papa Benedicto XVI no tenía ninguna de las otras dos cualidades requeridas en esos días para ser el máximo exponente del catolicismo, a saberlas, carisma y flexibilidad. Ratzinger siempre fue un “duro” de los que están dispuestos a morir con las botas bien puestas.

Por lo tanto, la propia elección de Ratzinger en abril de 2005 fue ya un error del colegio de cardenales desde un principio. La Iglesia católica de esos días no necesitaba un doctor de la teología, sino un personaje entrañable, una cara amigable que supiera además tener la suficiente cintura política para enfrentar “por izquierda” los embates propuestos por las élites globalistas. Ratzinger jamás fue apto para interpretar ese rol y naturalmente su papado se volvió insostenible a medida que avanzaba en el sentido común de Occidente y de las colonias el veneno identitario de un “progresismo” que en sí mismo es una especie de religión y un fanatismo. El Vaticano debía hacer renunciar a Benedicto XVI y darse rápidamente un nuevo jefe carismático y flexible. Y así lo hizo cuando encontró en Jorge Bergoglio la figura indicada: la de un cura hispanoamericano con arraigo entre las mayorías populares y mucha, pero mucha capacidad de ajustarse a la coyuntura bailando al ritmo de la música que ponen quienes tienen el poder para hacerlo.

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Karol Wojtyla, el popular, carismático, viajero y longevo Juan Pablo II, posteriormente canonizado por orden de Francisco y ahora santo de los católicos. El polaco Wojtyla reinó durante largos 26 años y 170 días y vino con la misión específica de combatir el socialismo soviético en Europa oriental, tarea que habría de realizar con mucho éxito y que iba a materializarse en el derrumbe del Muro de Berlín y en la disolución de la URSS. Después de Juan Pablo II el colegio de cardenales debió darse un jefe con similar carisma, pero optó por un rígido intelectual. Hoy se vio que el sucesor de Wojtyla debió haber sido Bergoglio.

Es evidente en este punto y en retrospectiva que el elegido ya en 2005 debió ser un Bergoglio o similar, aunque también es justo decir que la evidencia solo es así de evidente en posesión del diario del lunes. El colegio de cardenales cometió un error de evaluación de la ciudad de los hombres al entronizar a Ratzinger en 2005, no vio venir todo lo que finalmente vino después. Pero lo más importante para el catolicismo es que funcionaron los anticuerpos y el sistema supo purgarse a tiempo cambiando de piel antes de la llegada del invierno más crudo: para cuando el feminismo, el abortismo, el racismo, la ideología de género, la exaltación de la homosexualidad y demás venenos “progresistas” lograron trascender el ámbito limitado de las universidades yanquis, corriendo por todo Occidente y sus suburbios como reguero de pólvora, el cardenal Bergoglio ya no era cardenal ni se llamaba Bergoglio. El apogeo del tsunami “progresista” posmoderno ya lo encontró como Papa, haciéndose llamar Francisco a modo de declaración de principios y a la espera del enemigo para librar el buen combate.

Contrariamente a lo que suelen suponer los frenéticos, los fanáticos y demás inexpertos en el arte de vivir, no siempre la rigidez es el mejor método para enfrentar un peligro y hasta podría decirse que casi nunca lo es. Lo saben incluso ciertos árboles que tienen la suficiente flexibilidad para doblarse y no romperse frente a las tormentas, es decir, para seguir siendo árboles e incluso recobrar su postura erecta original cuando el viento huracanado termina de pasar. Es una cosa proverbial, casi de sentido común, aunque no todos los hombres son capaces de comprenderla. Por más violenta que sea, toda tormenta más temprano que tarde pasa y la cuestión, como se ve, es seguir siendo árbol y no dejarse hacer leña para la fogata y el asado. Es una metáfora que ciertamente habría de gustarle al Papa Francisco y se trata de mantenerse de pie sobre las raíces, que son los fundamentos y son los principios, haciendo en el proceso el esfuerzo de carácter a la espera de que pase la tormenta. Doblarse, de ser necesario, pero sin romperse jamás.

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El cardenal argentino Bergoglio llega al Vaticano para el cónclave del que finalmente saldría electo Papa de la Iglesia católica en los primeros días de marzo de 2013. Al parecer, Bergoglio fue uno de los primeros en llegar ese día y, si bien no ignoraba la posibilidad, no tenía al momento de tomarse esta fotografía mucha conciencia de que sería el elegido. Entró al cónclave como cardenal y salió Papa, como manda la tradición: el que se proyecta en el puesto normalmente allí nunca llega.

He ahí la razón por la que la elección de Joseph Ratzinger fue un error que el colegio de cardenales cometió en 2005 y luego subsanó justo a tiempo en 2013 al ver llegar el huracán del “progresismo” posmoderno financiado por las élites globales con la finalidad de hacer pasar el catolicismo al catálogo histórico. En su forma institucional la Iglesia católica existe hace unos dos mil años y este rutilante logro de gestión puede explicarse por la fe y por la razón: con la fe, puede concluirse que la Iglesia ha resistido al paso del tiempo porque Dios así lo quiso y está bien, incluso el no creyente debe admitir que algo de eso está mediando allí. Pero también puede razonarse la cosa observando que a lo largo de los siglos la Iglesia supo adaptarse y ajustarse a los tiempos viviendo siempre en el presente, un día tras el otro con la firme resolución de doblarse para no romperse cada vez que una tormenta asomaba en el horizonte. De ahí que la elección de Ratzinger haya sido un error atípico, impropio de la tradición de un colegio de cardenales que sabe templar.

Sea como fuere, el error fue subsanado a tiempo y llegó el argentino Jorge Mario Bergoglio a vestirse modestamente como Francisco para doblarse hasta los límites de su flexibilidad sin romperse ni abandonar los principios. Todo esto está representado de un modo extraordinario y al alcance del escrutinio popular en Amén: Francisco responde. Durante casi noventa minutos se ve a un anciano paciente y carismático haciendo ciertas concesiones a gente que difícilmente entraría al reino de Dios por los criterios de la doctrina del catolicismo, algunos incluso con animadversión contra la Iglesia católica o directamente declarándose ateos anticristianos. Concesiones, sí, pero sin ceder un solo milímetro en lo esencial que son los principios doctrinarios. Lo que está a la vista y finalmente explica la realización de este documental es que Joseph Ratzinger jamás habría sido capaz de interpretar ese rol y que Bergoglio como Francisco es el salvador de la vieja institución católica en la que probablemente fue su hora más oscura desde la revolución burguesa de los jacobinos a fines del siglo XVIII.

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Representación artística de la masacre de los frailes en la basílica San Francisco de Madrid en 1834, al calor de la locura jacobina que barrió toda Europa en el marco del proceso de largo aliento que se conoce como “revolución francesa”. Si bien algunos historiadores señalan ese periodo como uno de los más peligrosos para la integridad de la Iglesia católica en un sentido institucional, la verdad es que las religiones no se destruyen con ataques violentos directos. Mucho más riesgo corrió la Iglesia en los primeros años del presente siglo bajo la amenaza de disolución planteada por el “progresismo” en esta posmodernidad de verdad relativa y caída de la fe.

El documental es entonces eso mismo, es una síntesis en casi una hora y media de lo que el Vaticano le encargó al cardenal Bergoglio en 2013 y de lo que el mismísimo Bergoglio hizo como Francisco en la última década larga: afrontar los embates del “progresismo” financiado por los globalistas con carisma, flexibilidad y una paciencia envidiable. Conviene observar con atención esta sutil maniobra política y geopolítica para no caer en las estupideces que la derecha y la izquierda repiten al unísono, según las que Francisco fue un “progresista” o un “zurdo” que validó el feminismo, el aborto, la ideología de género y la homosexualidad contra la doctrina de la Iglesia católica. Eso no pasó ni podría pasar, puesto que ningún individuo puede interpretar esa doctrina como mejor le plazca ni tiene la autoridad —aunque se trate del mismísimo Papa— para validar lo que allí es inválido. Francisco hizo exactamente como Jesucristo: acogió y abrazó al pecador, pero sin validar jamás el pecado.

Esa fue una maniobra discursiva propia de un genio y quedó registrada en video para toda la eternidad en Amén: Francisco responde. Un breve vistazo a los frenéticos personajes seleccionados por Jordi Évole (y por el Vaticano, por supuesto) para hacerle preguntas a Francisco será suficiente para entender de qué se trata. Entre los diez jóvenes invitados había por lo menos ocho inclinados o directamente decididos a gritar su animadversión contra la Iglesia católica: una lesbiana con pasado de monja (convertida, según sus propias palabras, al ateísmo y al anticatolicismo), otra lesbiana autopercibida “no binaria”, un musulmán, un ateo declarado y militante, una evangelista, una estadounidense de origen hindú con lengua “progresista” bien afilada y ese desparpajo que es tan típico de los yanquis, una prostituta virtual orgullosa de su actividad y un joven comprensiblemente resentido con la Iglesia católica por haber sido abusado en un colegio del Opus Dei. Como se ve, todos personajes ajenos o enajenados respecto al catolicismo y por lo tanto sin escrúpulos para herir con la palabra.

Y como si un 80% de hostilidad en un grupo de diez personas fuera poco, el realizador del material también se las ingenió para meter un “topo” en el pelotón de fusilamiento. En el pesebre también debía haber católicos y hubo en efecto dos, una española y una argentina oriunda de un barrio popular de Santiago del Estero. A lo largo de toda la introducción, que es la parte del film en la que al espectador se le da a conocer un poco del perfil de cada personaje, la santiagueña Milagros Acosta aparece como una auténtica “chupacirios”, esto es, como una católica a ultranza cuya única actividad en todo el día es rezar y prender velas desde antes del amanecer. Pero pronto aparece la sorpresa y es que, pese a ser católica practicante (al menos según su propia autodescripción), Milagros Acosta se le presenta de entrada a su compatriota Francisco como feminista, abortera y militante de una agrupación proaborto que George Soros financia en el seno de la Iglesia con la finalidad de romper por dentro.

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La otra mitad del grupo de jóvenes seleccionados para interrogar al Papa Francisco: un ateo, una estadounidense de origen hindú, una lesbiana con pasado de monja, una prostituta virtual y María, la única católica real de un grupo formado por enemigos del catolicismo en un 90 por ciento. A esto debió someterse Francisco para dejar testimonio en video de la misión de salvataje de la Iglesia católica que él había cumplido en medio a una coyuntura social muy hostil a nivel mundial. Estos diez jóvenes representan la relación de fuerzas existente en 2013, en el apogeo de la marea “progresista”.

Acosta es la única argentina seleccionada para el film y es precisamente la más dispuesta a complicar a Francisco e incluso se anima a interrumpirlo a los gritos y a contradecirlo. El mensaje es potente: la argentina ultracatólica del grupo es la más anticatólica de todos los presentes y la única que hace muecas de desagrado mientras el Papa responde a las preguntas. Acosta también festeja, asiente y sonríe con satisfacción (y el editor del video la “poncha” siempre que lo hace) cada vez que algún participante desafía a Francisco con cuestiones de ideología de género, sexualidad, inmigración, etc. En otras palabras, Milagros Acosta no es militante feminista y abortera, sino de cualquier asunto que ponga al catolicismo en una contradicción. Es la “católica” que califica al Papa como un “liberal”, pondera las bondades de la pornografía y todo lo que venga. Como el que come santos normalmente caga diablos, Acosta resulta ser a lo largo de todo el documental la más furiosa entre los ateos y los anticristianos del pelotón de fusilamiento papal.

Entonces la hostilidad dicha “progresista” la portaban nueve de cada diez en el grupo y a eso debe enfrentarse Francisco en las horas de duración de la entrevista que resultan finalmente en esos 88 minutos netos después de la edición. Un cura anciano que ya estaba entonces en la recta final de su vida —vendría a fallecer exactos dos años después de este encuentro— frente a nueve individuos jóvenes y físicamente sanos cuyo único interés es vomitar sus resentimientos contra el catolicismo y exigir definiciones y reparaciones que un jefe de la Iglesia católica no puede dar. ¿Y entonces por qué el film constituye un documento de inestimable valor para la política y para la historia? Precisamente porque ese fue el escenario mundial con el que Bergoglio se encontró al convertirse en Francisco: gracias a la ingeniería social “progresista” del globalismo, para 2013 aproximadamente nueve de cada diez entre quienes opinan sobre estos asuntos estaban convencidos de que el mundo iba a estar mejor sin la Iglesia católica.

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La curiosamente nefasta “católica” santiagueña Milagros Acosta, el “topo” introducido por Jordi Évole en el grupo con una finalidad misteriosa. Acosta aparece en su presentación como una verdadera “chupacirios” y no deja pasar una sola oportunidad para repetir que es “católica y participa en la Iglesia”, es decir, practicante, aunque en la práctica milita activamente todas las causas “progresistas” con las que las élites globales intentaron destruir el catolicismo. Acosta demuestra una vez más la veracidad en la afirmación según la que el más fanático normalmente resulta ser el traidor.

El colegio de cardenales hizo renunciar a Benedicto XVI y entronizó a Jorge Mario Bergoglio como Francisco para revertir aquella que era una situación terminal para el catolicismo. Esa fue la misión asignada al modesto cardenal argentino y la cumplió, pues si bien la imagen negativa de la Iglesia católica sigue siendo alta en países como el nuestro, donde el catolicismo es mayoritario, el peligro de disolución ha pasado y esta ola de “progresismo” globalista está derrotada. Al morir, Francisco deja la casa relativamente en orden allí donde antes de su llegada solo había caos. ¿Cómo lo logró? Pues justamente como se ve en Amén: Francisco responde, con carisma, paciencia y flexibilidad. En vez de chocar de frente con el cuestionamiento “por izquierda” —que es lo que venía haciendo Benedicto XVI y por eso fue destituido por sus pares—, Francisco adoptó la postura de no saltar encima de todas las granadas y se resume, como veíamos, en reivindicar el amor de Dios al pecador sin validar asimismo el pecado.

De ahí, por lo tanto, la importancia de este documental. En tan solo algo más de una hora puede verse ahí una síntesis integral de lo que hizo Francisco en sus doce años de papado. Durante el periodo, Francisco no hizo otra cosa que desactivar las bombas que el globalismo había armado “por izquierda” para destruir la Iglesia. A cada exigencia de validación del aborto, por ejemplo, Francisco respondió que eso era imposible porque la doctrina de Cristo no puede tolerar la ejecución de un ser humano como método para resolver un problema, pero por otra parte tendió la mano decretando que las puertas de la Iglesia estaban abiertas para contener a las mujeres que abortan. Otro tanto hizo con la homosexualidad y la ideología de género de un modo general: sin validar comportamientos que califican como pecado en los criterios de la doctrina católica, el Papa Francisco simplemente declaró que no tenía la autoridad para definir quién puede o no ser parte de la grey. Y eso en efecto es así, es la base misma del catolicismo que siempre fue universal porque incluyó a todos desde el fundamento del cristianismo que ninguna otra religión tiene.

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El periodista y guionista televisivo catalán Jordi Évole ordena la escena durante la grabación de ‘Amén: Francisco responde’. Habiéndose ganado de antemano la confianza de Bergoglio, Évole pudo realizar este encuentro cuyo resultado final —más allá de lo que el propio Évole haya querido lograr— es un documento de inestimable valor histórico a modo de testimonio sobre la tarea que el Vaticano encargó y Francisco realizó en poco más de una década de papado.

Entonces el criticismo “por izquierda” se desactiva al no encontrarse con un muro, con una pared a la que debe voltear. Sí, los operadores pueden seguir y de hecho siguen exigiendo más, quieren que la Iglesia católica derogue su doctrina y valide el aborto, la homosexualidad, la ideología de género, etc., pero esa argumentación ya es más débil y dura poco porque pronto se encuentra con la lógica del sentido común en la conclusión de que no se le puede exigir a un individuo o a una institución que modifique su propia naturaleza pues esto resultaría es una desfiguración del individuo o de la institución hasta que sean algo distinto. Y ese no puede ser el objetivo. El que quiera comulgar en religiones que validan el aborto y la homosexualidad, por ejemplo, no necesita alterar las características del catolicismo. Puede simplemente convertirse a otras religiones más tolerantes con el pecado, que las hay y abundan. ¿Por qué la insistencia en pertenecer a un club cuyas reglas no se ajustan a la cosmovisión propia?

Ese fracaso de la crítica al encontrarse con este razonamiento también se ve representado en Amén: Francisco responde, más precisamente cuando Milagros Acosta pierde la paciencia ante el concepto de abrazar al pecador sin validar el pecado. Frente a un Francisco firme y sereno que insiste en darles contención a las mujeres que abortan sin asimismo validar lo que hicieron, Acosta empieza a exigir algo más sin llegar nunca a definir qué podría ser eso. Acosta evidentemente intenta extorsionar a Francisco con la emocionalidad de las mujeres que mueren abortando y todo el discurso de “este es un tema de salud pública” con el que el “progresismo” pretende validar aquello que para el catolicismo es un pecado, pero la argumentación ya no tiene la fuerza arrolladora que solía tener. Milagros Acosta queda, como suele decir el buen sentido popular, pedaleando en el aire, cosa que el espectador puede ver expresada en sus muecas, en el tono de su voz y en su comportamiento errático y nervioso.

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Al ser oficialmente anunciado como Papa de la Iglesia católica en 2013, un Bergoglio fresco y ya convertido en Francisco dijo frente a la multitud concentrada en la Plaza de San Pedro que sus colegas cardenales lo fueron a buscar “más o menos al fin del mundo” (“Sembra che i miei fratelli cardinali siano andati a prenderlo il nuovo Papa quasi alla fine del mondo”, decía Francisco, como de costumbre en italiano, ese día). La afirmación, aunque en tono jocoso, es rigurosamente cierta e indica que Roma se dio por primera vez un jefe ultraperiférico buscando su propia salvación.

El que se enoja pierde, por supuesto, porque además da testimonio público de su derrota al enojarse. El gesto hipócrita, calculado y ensayado de darle a Francisco un pañuelo verde entre lágrimas queda desdibujado cuando el Papa propone ser misericordioso con el otro, por más pecador que sea, pero sin validar el pecado cometido. Cuando eso pasa Milagros Acosta pierde literalmente los cabales. “¿Es lícito eliminar una vida humana para resolver un problema?”, se pregunta Francisco, para la desesperación de la “católica” Acosta. “¿Es lícito recurrir a un sicario (el médico que practica el aborto) para resolver un problema?”. Es un jaque mate. Acosta acusa el golpe e interrumpe, ya desorbitada, a Francisco en plena argumentación. “Claro, pero existen realidades. Existe el aborto”, dice la joven operadora del “derecho a decidir”. Pero la necesidad de contener a las mujeres que abortan ya había sido declarada por Francisco y en este punto del relato el espectador queda sin comprender qué cosa en realidad es la que exige la lacrimógena Milagros Acosta.

Nada, Acosta quería la validación del Papa al aborto, pero no sabía cómo exigírsela. Y ahí tenemos otra vez la conclusión de que es una perfecta estupidez exigirle peras al olmo, cosa que aquí concretamente es pretender que una institución que en dos mil años se ha basado en el “no matarás” como principio y valor fundacional de pronto acredite que en determinados casos es lícito matar con el fin de resolver un problema. “A una mujer que aborta no hay que dejarla sola”, dice tajantemente Francisco, dando la solución del catolicismo a la cuestión. “Tomó esa decisión, abortó. No hay que mandarla al infierno de golpe, no hay que aislarla (…) Pero conviene llamar a las cosas por su nombre porque una cosa es acompañar a la persona y otra es justificar el acto”. ¿Qué más puede exigírsele a la Iglesia católica dentro de una lógica honesta y sin ignorar ni perder de vista los principios rectores que definen la institución en sí misma? ¿Qué es lo que quieren los que exigen al catolicismo que deje de serlo y por qué lo hacen?

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Una de las tantas conferencias de prensa algo improvisadas mediante las que Francisco aprovechaba las largas horas de vuelo para atender a los periodistas que lo acompañaban en sus viajes. Al igual que Juan Pablo II, aunque desde luego no con la misma intensidad, Francisco fue un Papa peregrino que recorrió 66 países durante su papado y nunca fue amigo de atornillarse en la comodidad del sillón romano.

No hay lógicamente respuestas para estas últimas preguntas simplemente porque ningún “progresista” va a admitir jamás que no busca la validación del aborto por parte de la Iglesia católica ni por el estilo, sino la disolución de esta institución en sí misma. Esto fue lo que los intelectuales del Vaticano finalmente comprendieron —tarde, como veíamos— en 2013 al ver que la ola del “progresismo” posmoderno venía degollando. No convenía ponerse demasiado rígidos bajo la tormenta, había que templar y la Iglesia templó con Francisco a la cabeza haciendo las concesiones discursivas del caso para no tener que ceder en materia de doctrina, lo que sería precisamente una liquidación. Acá todos se conocen y los intelectuales del Vaticano saben desde siempre que el enemigo globalista es el heredero de los jacobinos de antaño y no tiene escrúpulos a la hora de pegar tanto con la derecha como con la izquierda. El cuestionamiento “progresista” al catolicismo jamás tuvo ninguna intención de generar cambios en la Iglesia, sino más bien vino a enterrarla para siempre.

Entonces el globalismo liberal pegó con la izquierda metiendo en el debate categorías ideológicas “progresistas” como la ideología de género, el aborto, la homosexualidad, el feminismo cuyo objeto es destruir la especificidad de los sexos para que todo dé lo mismo y muchas otras cosas más. La Iglesia católica reaccionó inicialmente mal frente a esa maniobra y se dio en 2005 un jefe “duro”, un ortodoxo, pero pronto se percató de que así perdería como en la guerra y rectificó el rumbo en 2013 reemplazando al rígido alemán por un hispanoamericano carismático y flexible que habría de percibirse como un “blando”, aunque en realidad no lo es en absoluto. Y así Francisco pudo en doce años capear la tormenta conduciendo la nave del catolicismo a un puerto un poco más seguro que las aguas abiertas del océano. Ahora la avanzada “progresista” está derrotada y va a tardar años, quizá décadas, en lograr montarse sobre otra ola. Y eso significa que para la Iglesia católica el peligro de disolución se alejó, al menos por el momento.

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Ratzinger y Bergoglio o Benedicto XVI y Francisco, en uno de los encuentros que inspiraron la película ‘Los dos Papas’ (Reino Unido, Estados Unidos, Italia y Argentina, 2019. 125 min.), un film que también pinta a Bergoglio de cuerpo entero en su generosidad y que presenta las actuaciones descollantes de Anthony Hopkins y Jonathan Pryce —quien ya había interpretado al General Perón— respectivamente como Ratzinger y Bergoglio. No quedan dudas de que por su carisma y por los avances tecnológicos de estos días, Francisco es hasta aquí el Papa más mediático de todos los tiempos.

Esa obra es ciertamente un milagro y debería el Vaticano apurar por ello el trámite de santificación de Jorge Mario Bergoglio, tal vez con el simpático, ajustado y muy argentino nombre de San Francisco del Bajo Flores. Ese sería un honor para el país, sin lugar a duda, pero también una forma de hacerle justicia a un hombre santo que dedicó su vida a desactivar conflictos de naturaleza socialmente disolvente. La izquierda y la derecha se dedican a pelear, son herederas de la tradición de la lucha de clases y no lo entienden, no son capaces de comprender el valor de la paz social ni la quieren. Y por eso gritan su incomprensión hacia la figura de Francisco metiéndolo una vez más en la grieta del cabotaje sin entender tampoco que el Vaticano habla urbi et orbi, es decir, habla para Roma —que es donde se da la rosca del cabotaje en un sentido simbólico— y fundamentalmente habla para todo el mundo.

Lo que la izquierda y la derecha no comprenden es eso mismo, es que como Francisco en el Vaticano el cardenal Bergoglio dejó de serlo y fue universal, es ahora un símbolo para toda la cristiandad católica en sus 1.500 millones de feligreses desde las Filipinas hasta México, de Irlanda a la Argentina y aún mucho más allá. El Papa Francisco no fue un “facho” que condena el aborto ni fue un “zurdo” que abrió las puertas de la Iglesia a la mujeres que por desgracia debieron abortar, no fue de derecha por decir que en un hogar hay un hombre y una mujer que son papá y mamá —a imagen y semejanza de la Sagrada Familia, precisamente—, pero tampoco fue de izquierda por decir que nadie tiene la autoridad para excluir a los homosexuales. Francisco fue el hombre de la paz que supo interpretar el verdadero cristianismo, el que concede el amor de Dios a todos sin miramientos y abraza al pecador sin validar el pecado. Y eso, en los tiempos, que corren, es un milagro propio de un santo o una genialidad propia de un genio.

Ahora Dios lo tiene en la gloria al hombre que luchó por la paz, que tuvo la valentía de exponer a enemigos muy poderosos como el sionismo israelí y la mismísima mafia que puertas adentro en el Vaticano comete y encubre los más hediondos delitos y crímenes. Y para mayor gloria de una nación joven que siempre está en peligro de disolución como la nuestra fue un argentino, razón más que suficiente por sí sola para que aquí y en Hispanoamérica de un modo general se lo honre para siempre. Es probable que eso ocurra de aquí en más a medida que el tiempo vaya reemplazando la imagen del hombre por la del mito y los americanos tengamos conciencia de que Roma vino a buscar aquí, más o menos al fin del mundo, a su salvador. Ese día escribiremos en la historia con letras doradas el nombre de San Francisco de América, el santo patrono y protector de los bienaventurados que tienen hambre y sed de justicia y paz.

Amén.


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