Al irrumpir en la escena como uno de los miembros del Grupo de Oficiales Unidos (GOU) que terminó en 1943 con la llamada década infame, el entonces coronel Juan Domingo Perón ponía primera en la construcción de lo que sería luego una nueva política para la Argentina. Perón no podía saberlo de antemano, pero al participar como protagonista en el golpe de Estado del GOU en 1943 habría de hacer mucho más que terminar con 13 años de fraude, infamia y entreguismo cipayo coyunturales. La obra política de Perón es, en su naturaleza, distinta a la de todos los demás dirigentes en nuestra historia porque es fundacional, esto es, hay un antes y un después de Perón. Lo que realmente hizo Perón a partir de 1943 y con más intensidad después del 17 de octubre de 1945 fue terminar con un esquema político bipartidista que excluía del debate al pueblo mientras se presentaba con la falsa antinomia de conservadores y radicales para disimular el hecho de que ni los unos ni los otros representaban los intereses de las mayorías populares, sino los de las propias élites dirigentes y los del imperialismo del que esas élites eran las personeras cipayas.
Con Perón iba a desaparecer del mapa político el conservadurismo, aunque también se extinguiría el radicalismo como tal. Tanto conservadores como radicales habrían de abandonar sus viejas identidades y reconvertirse en peronistas y antiperonistas en lo sucesivo. Un clásico ejemplo de lo primero pueden ser los jóvenes de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), quienes con Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz y Homero Manzi a la cabeza fueron a plegarse al peronismo naciente desde el vamos mientras, por otra parte y como ejemplo de lo segundo, los demás radicales asumían plenamente la nueva identidad antiperonista del “gorila” yendo a formar frentes “democráticos” junto al embajador estadounidense Spruille Braden con la idea de que Perón era nazi y otras patrañas típicas de aquella contingencia. Sea como fuere, está claro que con el advenimiento del peronismo los radicales dejaron de serlo y se plegaron a la hegemonía de Perón en los dos únicos lugares posibles de toda hegemonía, que son el de quienes la afirman y el de quienes la niegan y con ello no hacen más que afirmarla una y otra vez.

Lo mismo puede decirse de los conservadores, aunque con el agregado de que estos directamente liquidaron el partido y optaron por pasar, en su gran mayoría, a las filas del peronismo. Muchos conservadores en el orden bipartidista anterior formaron parte del gobierno de Perón y del peronismo como movimiento a partir de 1946, lo que aporta la evidencia definitiva de que hay un antes y un después de Perón en la política argentina. Perón es un divisor de aguas, es un punto de inflexión en tanto y en cuanto al advenir destruye el orden existente e impone un nuevo orden en el que su propia figura se ubica en el centro de la escena definiendo a todos los demás por los criterios de amigo y enemigo. Perón es la figura fundacional de nuestra política porque define hasta los días de hoy a quienes lo siguieron y fueron los peronistas después de él, pero mucho más aún porque define a los que optaron por no seguirlo y asumieron una identidad “contreras”, la que en definitiva es ese polo negativo que toda hegemonía necesita para existir.
Algo similar ocurre, salvando todas las distancias geográficas y culturales, en los Estados Unidos hoy alrededor de la figura del nuevamente electo presidente Donald Trump. Después de gobernar durante cuatro años y de no lograr su reelección en medio a serias sospechas de fraude, Trump resurgió de las cenizas cual ave fénix para arrebatar una vez más el poder político en el Estado en las elecciones de este año, a ocho años de su primer triunfo electoral en 2016. Y no solo eso, sino que ese resurgimiento ocurre en un contexto en el que Trump tendrá amplio control del poder legislativo y un nivel de apoyo popular que le da carta blanca para imponer su proyecto sin mayor oposición al menos en los dos primeros años de su nuevo mandato. Al hacerlo, como líder carismático y hegemónico que es, Trump va en camino de emular a aquel Perón que en 1946 ganaba las elecciones, después de haber estado en la cárcel y de haber tenido su 17 de octubre, poniendo el nudo final en la costura de su trama. Trump está en vías de extinguir el esquema tradicional de la política estadounidense y de crear uno nuevo a su imagen y semejanza.

Trump está hoy como Perón en febrero de 1946, está en vías de hundir a las identidades clásicas de un tiempo que termina. Ahora los viejos partidos políticos del sistema estadounidense tienden a licuarse y a reconfigurarse en los nuevos términos antinómicos de trumpismo y antitrumpismo. Aun en la hipótesis de que se mantengan los sellos formales de los republicanos y de los demócratas —como preservaron el suyo los radicales aquí, por ejemplo, aunque meramente como un cascarón vacío—, lo más probable es que la forma institucional sea atropellada por la potencia de un líder carismático e intratable al que nadie parecería saber cómo frenar en su avance arrollador. Tanto demócratas como republicanos son llamados a elegir ahora un lugar antinómico en la nueva hegemonía, deben definir si van a subirse al tren del trumpismo o si van a pararse en el lugar también hegemónico del “contreras” siendo para Trump lo que fueron los “gorilas” para Perón en su momento.
Republicanos y también demócratas deben elegir un lado, véase bien, en el nuevo orden todos están obligados a abandonar sus viejas identidades y a asumir una nueva. El ejemplo concreto por antonomasia de ello es Robert F. Kennedy Jr. —nada menos que un Kennedy, un símbolo viviente del partido demócrata—, quien ya abandonó la vieja identidad muy arraigada en su familia y se plegó al trumpismo en ascenso. Esto demuestra claramente que no es una cuestión automática de sumarse todos los republicanos a las filas del trumpismo y todos los demócratas a las de los “contreras”, nada de esto funciona ni podría funcionar así. Habrá demócratas que se plieguen y habrá republicanos que se retoben, todo esto por las sencillas razones de que esas identidades están caducas y, sobre todo, de que Trump no es demócrata ni es republicano, sino que usa el sello electoral de este partido clásico para realizar su propio proyecto político.

Ese proyecto trumpista es un nacional-populismo con líder carismático que no concuerda con el institucionalismo de cuello blanco que republicanos y demócratas pactaron hace décadas a espaldas del pueblo. Trump no viene a darles el triunfo a los republicanos derrotando a los demócratas, viene a enterrar a ambas identidades bajo los escombros de una demolición, pero también a reconfigurar a los individuos en el proceso. De un modo genérico, las viejas lealtades no son decisivas para las nuevas en una reconfiguración. Tanto en las filas del peronismo como en las del antiperonismo hubo en su momento conservadores y radicales, razón por la que es fácil concluir de antemano que habrá demócratas y republicanos esparcidos en ambos lados de la nueva grieta en los Estados Unidos, nada impide que un jefe territorial demócrata se sume al trumpismo en lo sucesivo ni que un referente republicano vaya a formar en la oposición. El único criterio será la adhesión al nuevo proyecto político nacional-populista y no viejas lealtades que en la actual coyuntura significan muy poco y casi nada.
He ahí la razón por la que muchos comentaristas vienen observando que hay notables similitudes históricas entre Donald Trump y Juan Domingo Perón. La expresión sintética y apresurada de que “Trump es el Perón yanqui” nace de esa observación y aparece como su vulgata, es una forma más bien brutal de sintetizar todo lo hasta aquí enumerado. Trump no es Perón porque tanto Trump como Perón son únicos en sus propios contextos históricos, no hay reediciones individuales. Pero es evidente que en un sentido fundacional o refundacional de la política las similitudes existen y eso ocurre porque Trump y Perón están en una misma categoría: la de líderes carismáticos que rompen un esquema institucional antipopular llevando a cabo lo que Marcelo Gullo llamaría una insubordinación fundante. Perón y Trump son, cada cual en su momento y lugar históricos, la expresión política sintética de sus pueblos-nación exigiendo un cambio de régimen luego de haber estado sin representación durante un largo periodo.

Pasó en la Argentina y también en los Estados Unidos. Aquí la derrota del rosismo en Caseros instaló como clase dirigente a un grupo cipayo que en un siglo nunca estuvo interesado en representar los intereses de las mayorías populares y las excluyó del debate sobre la cosa pública, convirtiendo la política en una camarilla de dirigentes que administraban las riquezas del país a espaldas del pueblo. Perón vino, hizo su revolución justicialista y esa fue la insubordinación fundante que reordenó el tablero hasta los días de hoy. En los Estados Unidos la batalla de Caseros se dio en Gettysburg y el resultado fue el opuesto, es decir, triunfó el modelo industrial soberano que habría de darle al pueblo-nación estadounidense décadas de bienestar económico y social. Pero ese bienestar habría de perderse en algún punto entre el asesinato de John F. Kennedy y la crisis del petróleo. Los dirigentes políticos yanquis abrazaron entonces el neoliberalismo e hicieron un pacto hegemónico alrededor de la representación de los intereses de las élites y sus corporaciones. El pueblo-nación estadounidense venía padeciendo en medio siglo las consecuencias de ese pacto, de la falta de representación de sus intereses colectivos en la política. Y en eso llegó Trump.
Tal como Perón en su día, Trump atropella hoy a la camarilla institucional con aquello que la camarilla más teme: un liderazgo carismático. La guerra judicial en su contra y los atentados que sufrió son el reflejo desesperado de quienes por única opción para salvar su esquema tenían la de suprimir físicamente a la figura carismática que lo amenazaba, no es muy difícil de comprender. Al surgir en el horizonte como un líder que interpelaba a las mayorías por fuera del corralito ideológico republicano y demócrata, lo que Trump hizo fue exponer el pacto hegemónico ofreciéndole al pueblo de los Estados Unidos la representación de sus intereses que ni los demócratas ni los republicanos venían dando en los últimos 50 años. En otras palabras, o más bien dicho vulgarmente, el establishment político estadounidense había pactado una sucesión de gobiernos antipopulares disimulados bajo la máscara del institucionalismo “democrático” y Trump desafió ese pacto proponiéndose a sí mismo como legítimo representante de los intereses de las mayorías populares en su país.

Es la dinámica de la política clásica que podría asemejarse a la del tribuno de la plebe en la antigüedad romana, por ejemplo, pero que no por vieja deja de ser disruptiva cada vez que aparece en la historia. Frente a la nueva realidad económica mundial resultante de la derogación del patrón oro para el dólar estadounidense en 1971 y la crisis del petróleo en 1973, el establishment yanqui llegó a la conclusión de que era necesario liquidar el Estado de bienestar social que había surgido en Occidente después de la II Guerra Mundial. Había que imponer el neoliberalismo como proyecto político fijo y eso, como se sabe, no se logra sin un consenso: ningún proyecto político puede fijarse en una nación si no acuerdan en esa imposición los sectores dominantes de la política en dicha nación. Republicanos y demócratas debieron acordar en el pacto hegemónico una sucesión de gobiernos teóricamente “democráticos”, esto es, resultantes del voto en la urna, pero de hecho antidemocráticos por ser nocivos para el interés colectivo del pueblo. El neoliberalismo que destruyó y suplantó el Estado de bienestar social solo podía imponerse en los Estados Unidos si lo imponían ambas fuerzas políticas.
Así fue cómo el pueblo-nación estadounidense estuvo alternando durante décadas entre gobiernos republicanos y demócratas sin que esa sucesión implicara jamás un cambio en el rumbo. Desde principios de la década de los años 1970 hasta la actualidad, en un medio siglo largo, el voto fue una cosa formal en los Estados Unidos, una cosa que no definía la orientación de la política porque tanto demócratas como republicanos al ganar las elecciones ya venían preprogramados para no transformar la realidad social, para no tocar los resortes del andamiaje jurídico del país. He ahí el llamado pacto hegemónico, que es en efecto un pacto entre los dirigentes para ignorar la voluntad de las mayorías populares y dejar al pueblo sin alternativa en el sistema electoral. Cada cuatro años el estadounidense acudía a las urnas y votaba al candidato demócrata para castigar al candidato republicano o votaba alternativamente al candidato republicano para castigar al candidato demócrata por sus fracasos en la gestión de lo público, pero el fracaso seguía porque tanto demócratas como republicanos ya habían pactado para fracasar.

Hasta que llegó Trump, como veíamos, denunciando que ese pacto venía en la forma de liderazgo institucional y que para superar el trance iba a ser necesario atropellar la institucionalidad con un liderazgo carismático, el suyo. Había que dejar de pensar en demócratas y en republicanos, había que reformar el escenario político estadounidense en una lucha de trumpistas contra antitrumpistas. Lo mismo que hizo Perón a partir de 1943 y con más decisión después de 1945. Claro que ni Perón ni Trump le dieron al pueblo toda esta explicación, incluso porque el pueblo nunca está en capacidad de comprender estas cosas. Perón y Trump simplemente irrumpieron en la escena con la potencia de su carisma dejando expuestos a los dirigentes que con el fin de no representar los intereses de sus electores se escondían detrás de la institucionalidad. Perón y Trump —al igual que todos los demás líderes carismáticos habidos en la historia— llegaron, mandaron a parar, gritaron su voluntad política de representar a sus pueblos y sus pueblos los entendieron a su manera dándoles a ambos el poder político en el Estado para que hicieran las transformaciones deseadas por las mayorías.
El emperador y los “bárbaros”
Hasta ahí las similitudes entre Perón y Trump, a las que podría agregarse quizá una tendencia al nacionalismo económico que existe claramente en el proyecto político de ambos como elemento central. Perón y Trump son parecidos en tanto y en cuanto irrumpen en la escena institucional de un momento para exigir la representación de los intereses de las mayorías populares y porque avanzan sobre el andamiaje jurídico nacional con el fin de ajustarlo a las necesidades de sus pueblos, empalman en la categoría de líderes populares carismáticos y, lógicamente, transformadores. Todo liderazgo carismático es por definición disruptivo y transformador de la realidad social porque surge precisamente de esa demanda reprimida y se propone representarla en la lucha por el poder en el Estado. La similitud, no obstante, termina ahí. Como productos de naciones con roles muy distintos en el concierto de las naciones que es el orden político internacional y de coyunturas históricas también muy diferentes, Perón y Trump no pueden compararse. El primero surge en el contexto de la lucha por la liberación nacional en un país semicolonial y el segundo, como se sabe, aparece como líder de una superpotencia global con el propósito de reordenar el mundo.
Más interesante por lo tanto que las similitudes entre Perón y Trump en esa riquísima categoría que es la del liderazgo carismático, que siempre es disruptivo y transformador, es la especificidad de Trump en el contexto del cambio de época actual. Perón llegó con la II Guerra Mundial ya resuelta y con el nuevo orden mundial cocinándose muy lejos de la Argentina entre los ganadores de dicha guerra. Trump, en cambio, aparece en el momento decisivo de una III Guerra Mundial que no está declarada, pero sí ocurre fácticamente y va a parir un orden mundial nuevo. Y surge además como el gran protagonista de ese cambio, como el personaje que puede determinar la naturaleza del nuevo ordenamiento jurídico internacional por lo menos para lo que queda de este siglo XXI. La elección de Trump en este momento de la historia tiene más que ver con el destino de la humanidad en su conjunto que con el del pueblo-nación estadounidense de un modo particular.

¿Por qué Trump tiene esa centralidad? Claramente no es una cuestión de ser carismático solamente, puesto que muchos líderes lo fueron incluso más que el mismísimo Trump y no pudieron mover en absoluto el amperímetro en la geopolítica. Trump tiene la centralidad que tiene básicamente porque lidera una superpotencia decadente y debe, en consecuencia, definir los términos de esa decadencia. Trump es como el último emperador romano y desde ese lugar de trascendencia histórica es el único con la capacidad de dictar el destino de los Estados Unidos después de la liquidación de su imperialismo. En otras palabras, solo los estadounidenses pueden decidir cómo el mundo dará a luz el nuevo orden internacional, deben decidir si su hegemonía termina con un repliegue táctico o con un conflicto armado del que ellos mismos, los estadounidenses, pueden salir destruidos ya no como imperio, sino directamente como país. Ni Vladimir Putin ni Xi Jinping pueden tomar esa decisión, esa es una prerrogativa exclusiva de Trump en este momento porque, como es harto sabido, dos (o más) no pelean si uno no quiere. Y el uno aquí no es Moscú y no es Beijing, sino Washington.
Esa sería una forma de decir que si Trump y el establishment político de los Estados Unidos ya entendieron que el ascenso de las potencias emergentes es inevitable y está además lo suficientemente maduro como para representar una seria amenaza a su hegemonía unipolar, entonces deben definir su propia postura frente al hecho de la realidad. Esa postura puede ser beligerante o puede ser dialoguista, los Estados Unidos pueden hacer frente al desafío a los tiros o pueden lidiar con ello de una forma negociada para que el nuevo orden mundial no tenga que nacer de las ruinas de una guerra que además podría ser nuclear. Sea como fuere, esta decisión solo la pueden tomar los estadounidenses, quienes ahora serán nuevamente liderados por Trump al menos hasta el 2028. Las potencias emergentes van a seguir avanzando, Rusia y China ya tienen la firme resolución de destruir el actual orden unipolar por uno multipolar o mínimamente tripartito, en el que pretenden compartir con los propios estadounidenses el lugar de las decisiones. Y ahora Washington debe responder si acepta más o menos pacíficamente el tránsito o si piensa resistir con la fuerza de sus armas, que son muchas.

Es la propia metáfora del emperador y del primus inter pares, del tránsito histórico entre la Antigüedad y lo que vulgarmente se llama Medioevo: al desaparecer el imperialismo romano y al fragmentarse el territorio que había estado bajo su control, la figura del emperador se reemplazó por la del jefe territorial en condiciones de igualdad relativa de poder respecto a otros jefes en otros territorios. Y si los Estados Unidos han sido hasta aquí esta Roma moderna, este imperialismo urbe et orbi cuya dominación estuvo extendida por todo el planeta, por lógica el presidente de los Estados Unidos es hoy el emperador romano que ve cómo los “bárbaros” se concentran en las afueras para saquear la ciudad. La decisión de resistir a esa invasión con la fuerza de las armas o de negociar diplomáticamente una solución de compromiso le corresponde únicamente a ese emperador, porque los “bárbaros” ya están decididos y el imperio va a caer por las buenas o por las malas, como suele decir el buen sentido popular en estas ocasiones.
Los “bárbaros” en esta metáfora son China y Rusia y no solo están decididos a voltear el imperio estableciendo en todo caso un equilibrio de poder como garantía de paz más o menos duradera, sino que además están en posesión de los medios para llevar a cabo la empresa. En los últimos 25 años, por lo menos, Rusia y China vienen planteando el desafío a la hegemonía unipolar de los Estados Unidos en lo militar, por si los estadounidenses se resuelven por el desenlace bélico, pero sobre todo en lo económico. Mientras Rusia se encargaba de lo primero recuperando sus capacidades militares y fundamentalmente tecnológicas en lo que se refiere al armamento nuclear, o a la posibilidad de lanzarlo lejos a gran velocidad, China ha socavado la dominación económica estadounidense haciéndose del control efectivo del comercio mundial. Estos preparativos resultan hoy en una situación tal vez terminal en la que los Estados Unidos se ven obligados a decidir en qué condiciones harán la transición hacia la multipolaridad deseada por estos “bárbaros”, si van a participar de ella como primus inter pares en una mesa de tres o si van a resistir en una guerra de la que uno de los contendientes, todos o incluso todo el mundo podrán resultar destruidos.

Aquí aparece el establishment político estadounidense como reorganizador necesario del mundo. En realidad, más allá de la voluntad popular de las mayorías en los Estados Unidos y el atrevimiento de Trump frente al pacto hegemónico en el plano de la rosca local, ningún Trump habría sido posible en la política yanqui si su existencia no fuera útil en la estrategia global de quienes verdaderamente mandan. Dicho de otra forma, el retorno de Trump puede deberse a que el establishment estadounidense intentó tomar la vía del enfrentamiento con Joe Biden tan solo para comprobar que eso no iba a dar buenos resultados. Habiendo fracasado en esa experiencia, es probable que el establishment ahora quiera intentar resolver el problema de la sublevación “bárbara” otra vez mediante la negociación diplomática cuyo fin ya no es el conflicto bélico abierto, sino más bien el descenso suave desde una condición de superpotencia global, que ya es insostenible, a la mucho más realista de potencia regional americana en relativo equilibrio de poder respecto a esas otras potencias regionales que son Rusia y China.
Los chinos les arrebataron a los yanquis el dominio de la economía mundial y los rusos, además de estar sentados sobre el mayor arsenal nuclear del planeta, el que heredaron de la Unión Soviética, tienen ahora también los misiles hipersónicos para poner esa multitud de ojivas prácticamente en cualquier parte y, según sea el objetivo, en cuestión de pocos minutos. Y eso es algo que Washington no puede simplemente ignorar “haciéndose el loco” como si nada pasara. De hecho, el Kh-47M2 Kinzhal puede viajar a una velocidad hasta 12 veces superior a la del sonido, lo que equivaldría en la superficie terrestre a casi 15 mil kilómetros por hora haciendo además maniobras evasivas en su curso, de ser necesario. Con un cálculo sencillo es posible determinar que un Kinzhal lanzado desde el espacio aéreo ruso alrededor de Kaliningrado puede impactar, por ejemplo, en el centro de la ciudad de Londres en menos de 8 minutos, lo que desde luego imposibilitaría para los orgullosos ingleses cualquier intento de interceptación y menos que menos de evacuación en el objetivo.

Eso es algo que claramente no puede ignorarse, al igual que el hecho de la potencia económica de China en el otro lado de la mecha. Aunque estos son números difíciles de calcular con exactitud, se estima que China tiene en su poder alrededor de 1,2 billones de dólares en títulos de la deuda pública de los Estados Unidos. El número tampoco ayuda mucho en la comprensión de su magnitud y es preciso ponerlo en comparación. Esos títulos de deuda estadounidense que China tiene equivalen sumados a más de la mitad del PBI de países como Brasil, Italia o Canadá, o al PBI aproximado de Turquía, Holanda o Arabia Saudí. Esa es la otra bomba atómica, es la posibilidad —remota, por cierto, porque eso no se hace— de que China exija el pago de esos títulos y los Estados Unidos lógicamente no tengan con qué afrontarlos. La deuda, como se sabe, ha sido desde siempre el principal instrumento de dominación imperialista utilizándose por parte de sus acreedores como condicionador de las políticas locales y exteriores de los países que deben. ¿Cómo no pensar que, en un sentido análogo, China no condiciona hoy a los Estados Unidos mediante esta deuda de valores astronómicos?
Todas esas y muchas más son las amenazas existenciales al imperialismo estadounidense que el establishment allí conoce muy bien y ya no puede seguir ignorando puesto que los países emergentes exigen el establecimiento de un nuevo ordenamiento jurídico internacional, de uno que contemple sus voluntades en la toma de decisiones. Y no hay nada que puedan hacer los Estados Unidos más que demorar el nacimiento del orden nuevo. Hace tan solo dos meses, a mediados de septiembre, el secretario de Estado Anthony Blinken empezó a hablar de una “nueva era en el orden internacional”, admitiendo así que el cambio es inevitable y que Washington debe liderar el proceso con el fin de controlar su propio descenso. “La amenaza más inmediata y más aguda para el orden internacional viene de Moscú, en el marco del actual conflicto en Ucrania”, decía Blinken, señalando además que “China plantea el mayor desafío a largo plazo porque aspira a remodelar el orden internacional y está desarrollando el poder económico, diplomático, militar y tecnológico suficiente para hacerlo”.

El atento lector hace bien en sospechar que si el jefe de la diplomacia de los Estados Unidos confiesa todo eso en público es porque la situación es aún mucho más grave. Rusia y China, uno en el campo de batalla militar y el otro en el de la economía, ambos ya con las capacidades necesarias para hacer la remodelación del orden internacional. No es una conclusión del analista y tampoco una suposición, son palabras de Anthony Blinken. Aquí hubo un intento de represión a los emergentes durante el gobierno de Biden y dicho intento fracasó, razón por la que el establishment vuelve a entronizar a Trump para que este haga las cosas “por las buenas”. Trump había hecho lo suyo ya en su primer mandato, dio pasos decisivos para el establecimiento de un nuevo orden multipolar como el proyecto de desfinanciación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Pero el establishment cambió de planes, reemplazó a Trump por Biden para hacer la guerra en las fronteras de Rusia y los resultados fueron nefastos porque Moscú no solo no colapsó, sino que además fortaleció su alianza con Beijing para resistir al aislamiento impuesto por las sanciones de Occidente.
El tiro de cambiar a Trump por Biden salió literalmente por la culata porque en el intento de arrodillar a los rusos lo único que logró el establishment estadounidense fue materializar su peor pesadilla: la unidad política entre China y Rusia. Y eso precipitó los eventos acelerando la descomposición del imperialismo yanqui pues unificó una presión que chinos y rusos habían ejercido hasta allí por separado. A lo largo de todo el siglo XX la diplomacia estadounidense destinó ingentes recursos a sabotear el acercamiento de posiciones entre Rusia y China, a sabiendas de que eso podría ser letal para su propia hegemonía. Todo ese esfuerzo diplomático sostenido tan solo para que Biden y Blinken vengan y lo estropeen en cuatro años. La fabricación de Volodímir Zelenski como títere provocador en la frontera de Rusia es la obra del régimen demócrata de Joe Biden que la OTAN ejecutó en el terreno con los casi 900 mil millones de dólares que los Estados Unidos invierten todos los años para sostener esa alianza guerrera occidental.

La estrategia de Trump en su política exterior, el establishment yanqui ahora lo sabe a ciencia cierta, fue mucho más inteligente. Entre 2016 y 2020, el ahora restaurado presidente se dedicó a llevarse muy bien con Vladimir Putin y a hacerle mientras tanto la guerra comercial a Xi Jinping. No unió a sus principales enemigos, sino todo lo contrario. Los dividió tejiendo buenas relaciones con uno de ellos y señalando al otro como la verdadera amenaza. Metió cizaña. Al advenir Biden a partir de 2021 esa inteligencia se perdió y dio lugar a la provocación en Ucrania, la que a su vez resultó en guerra un año más tarde y ocasionó en última instancia el fortalecimiento de las relaciones entre Rusia y China. Imposibilitado de comerciar con Occidente por las sanciones económicas, Putin reorientó los negocios del país hacia China y en ello le asestó el que puede haber sido el golpe de gracia a la hegemonía yanqui al establecer el uso del rublo y del yuan en las transacciones comerciales entre Beijing y Moscú, hiriendo así de muerte al dólar estadounidense.
El elegido
La economía, decía ese referente del nacionalismo popular que fue nuestro Raúl Scalabrini Ortiz, está al alcance de la comprensión de cualquier niño y solo requiere de saber sumar y restar. A sabiendas de que toda economía es política y toda política es económica, pues la política y la economía son una y la misma cosa, puede concluirse también que la geopolítica es una cuestión de saber sumar y restar como cualquier niño. Incluso el observador menos atento será capaz de comprender que la política exterior de Biden, lejos de fortalecer el imperialismo estadounidense lo que hizo fue conducir a la aceleración de su proceso de descomposición. Al intentar resolver las cosas “por las malas” poniendo a la OTAN con sus tanques y sus misiles en la frontera occidental de Rusia, el establishment de los Estados Unidos cometió un error gravísimo cuyas consecuencias están todas a la vista. El cambio en el ordenamiento jurídico internacional que estaba previsto para de aquí a algunas décadas se precipitó y es preciso tomar ahora decisiones que los estadounidenses pensaban diferir para más adelante.

Todo eso por destituir a Trump en 2020 reemplazándolo por un Biden con espíritu de halcón y sin mucha noción de la importancia de la economía de la violencia en el equilibrio hegemónico. Entonces el establishment ahora debe despedir a Biden, debe desempolvar a Trump poniendo en sus manos la difícil misión de pacificar un mundo en llamas. En la estela de la agresión contra Rusia en Ucrania estallaron revoluciones en África, se aceleró el desarrollo de misiles balísticos intercontinentales en Corea del Norte, se convirtió en genocidio la ocupación israelí en Palestina y mucho más. Al optar por la vía de los tiros, los Estados Unidos se metieron en un callejón sin salida pues abrieron más frentes de conflicto de los que son capaces de atender. Ninguna superpotencia tiene el músculo militar suficiente para reprimir simultáneamente a tantos retobados. La ignorancia de Biden en las artes de la economía de la violencia salió carísima.
El establishment estadounidense sabe que Trump es el líder carismático con la capacidad de salvar esta situación reencauzándola para evitar que la caída del imperio se dé en medio a una invasión “bárbara” al territorio. Y por eso lo fue a buscar y lo sentó otra vez en el sillón. Además de tener una excelente relación con Putin, una raridad entre anglosajones y rusos, Trump tiene el discurso “pacifista” justo para convencer al pueblo-nación estadounidense de que conviene más “hacer América grande otra vez” mediante la guerra económica contra China que con la financiación de la OTAN para la guerra bélica contra Rusia. En una palabra, Trump tiene a sus electores convencidos de que la grandeza nacional no va a recuperarse a los tiros y mucho menos con una guerra nuclear, sino imponiendo aranceles sobre la importación para defender el trabajo y la producción nacionales. Esa fue la naturaleza del proyecto trumpista entre 2016 y 2020, en los años de la guerra comercial contra Beijing. El discurso de Trump siempre fue cristalino al expresar que el verdadero enemigo de los Estados Unidos es la industria china en el terreno de lo comercial y no la máquina infernal de guerra de los rusos en el campo de batalla.

He ahí la definición de “pacifista” para el discurso de Trump, no es una cosa hippie similar a “hagamos el amor y no la guerra”. El discurso trumpista es de tenor ultranacionalista, está plagado de ese orgullo patriótico que tanto le gusta al estadounidense promedio. Pero se diferencia de la retórica de los “halcones” funcionales al complejo industrial militar-farmacéutico como Biden, por ejemplo, al expresar que ese orgullo se defiende recuperando la grandeza económica del país. Durante su primer gobierno y luego en la campaña electoral de este año, Trump llegó a dar ciertas definiciones que hasta su advenimiento habían sido grandes tabúes en la política de los Estados Unidos. “No somos la policía del mundo”, decía Trump nada menos que frente a una multitud de oficiales en la ceremonia de graduación de la academia militar de West Point en 2020. “No es el deber de las tropas estadounidenses resolver conflictos antiguos en tierras lejanas de las que mucha gente nunca ha oído hablar. Estamos terminando la era de guerras interminables, ahora hay un enfoque renovado y claro para defender los intereses vitales de Estados Unidos”.
Notable, verdaderamente remarcable. Se trataba de un presidente yanqui “de derecha” ante oficiales del ejército en West Point, no de un hippie izquierdista como Bernie Sanders en un mitin de estudiantes universitarios progresistas. La comparación es probablemente mala porque Sanders será “de izquierda” y “progresista”, pero jamás se atrevió a decir que los Estados Unidos no deben ser la policía del mundo, no sea cosa que vayan a enojarse los fabricantes de armas que lo financian a él y a casi todos los demás dirigentes políticos en los Estados Unidos. El que lo dijo fue Trump frente a quienes hacen de la guerra una profesión y es necesario darse cuenta de la densidad de semejante declaración de principios, la que Trump además sigue defendiendo hasta los días de hoy cada vez que recuerda el hecho de que él, Trump, es el único presidente en la historia moderna de los Estados Unidos que no inició guerra alguna. Y que además terminó guerras legadas por sus antecesores y que venían arrastrándose en el tiempo.

Entonces Trump está habilitado para hacer la paz con Rusia, para mediar en la paz entre israelíes y palestinos e incluso para pacificar las relaciones con China circunscribiéndolas al plano de lo comercial sin ser tildado por la opinión pública como un cobarde, estigma que ha sido el principal temor de todos los presidentes en los Estados Unidos desde siempre. Su discurso es coherente y lo protege, Trump nunca quiso evitar la guerra por miedo, sino por cálculo frío y pragmático: la guerra es cara y, por lo tanto, mala para el contribuyente, mala para la economía. Y la grandeza de la nación se logra haciendo crecer la economía, creando trabajo de calidad para el pueblo y poniendo dólares en su bolsillo para que consuma en la que es sociedad de consumo por excelencia. ¿Quién quiere morir en las trincheras de Ucrania, Vietnam o de cualquier paraje remoto y olvidado de África? No, Trump no es un rehén del complejo industrial militar-farmacéutico como lo fueron todos sus antecesores en el pacto hegemónico después del asesinato de John Kennedy. Trump es libre para decir lo que su pueblo quiere escuchar y al decirlo queda blindado del mote de cobarde.
Lo que el pueblo-nación estadounidense en particular y cualquier pueblo en general quieren escuchar es esa verdad absoluta según la que la guerra es el negocio de quienes fabrican y venden las armas, nunca de los que en ella van a poner el cuerpo y a morir. Incluso cualquier militar que no sea un “halcón” empleado de la industria armamentista, en los Estados Unidos, acá y en todas partes, dará fe de que los más interesados en la paz son los propios militares, puesto que en la guerra lo único que pueden obtener es la muerte o una medalla, la que normalmente les llega a sus familias puesta sobre sus féretros repatriados. El soldado quiere estar en el cuartel en sus horas de servicio y luego volver a su casa, junto a su familia, para vivir una vida normal como cualquier hijo de vecino. Y como cualquier civil lo que más quiere es prosperidad económica para ver crecer a sus hijos con cierta estabilidad. Solo un delirante o un empleado de la industria de armas dirá que ir a morir por los intereses de las corporaciones petroleras en Afganistán o Irak es preferible a eso.

Ahí tenemos buena parte de la explicación de por qué Trump representa los deseos, los miedos y las esperanzas de más de 70 millones de trabajadores de cuello azul, negros, hispanos y demás subalternos, aunque a la progresía le cueste creerlo. Trump representa y se hace votar por toda esa masa de desposeídos cuyo único interés es la prosperidad económica que les permita vivir un poco mejor mañana, ninguno de ellos está interesado en tomar un fusil para matar y hacerse matar en el desierto a 10.000 kilómetros de sus casas o tapados por la nieve y el barro en una Ucrania que ningún yanqui sabría señalar en un mapa. La ideología es humo, no existe para el pueblo y solo sirve para disimular intereses inconfesables de quienes hacen negocio con la muerte de otros. Ningún elector de Trump lo va a tildar de cobarde cuando lo vea dándole la mano a Putin para anunciar que se termina el curro de la OTAN en Ucrania. Aunque Hollywood se esmere en idealizarlos, el pueblo no ama a los “halcones”. El pueblo ama a los líderes carismáticos que se ocupan de su bienestar colectivo.
La evidencia de ello no hay que ir a buscarla muy lejos. Durante su primer gobierno, al ver que Kim Jong-un había desarrollado en Corea del Norte un misil balístico intercontinental cuyo alcance podría ser suficiente para impactar en territorio estadounidense, Trump fue volando a estrecharle la mano al líder norcoreano. Lejos de iniciar una escalada verbal desde el sillón presidencial, Trump se subió a un avión y fue a apagar el incendio sin que, véase bien, nadie lo llame “cobarde” por ello. Trump no tuvo que amenazar a los coreanos con devastar su territorio a bombazos, como suelen hacer los “halcones” todos los días tanto en los Estados Unidos como en Israel. Solo tuvo que llevar su carisma a una reunión y presentarse en ella con la frente en alto para reconocer a Kim Jong-un como un par. Kim Jong-un registró el gesto, se guardó los misiles y no los volvió a sacar a relucir mientras Trump fue presidente de los Estados Unidos. ¿Y por qué? Porque fue reconocido, logró de parte del enemigo la acreditación de que Corea del Norte iba a tratarse en la política exterior de Washington como un igual, ya no como un inferior sujeto a invasión, saqueo y devastación.

En el fondo las armas sirven para eso, para la disuasión. Y Trump lo sabe. El “pacifismo” discursivo y práctico de Trump es la convicción de que la paz no es la ausencia de conflictos, sino el equilibrio de poder entre potencias bien armadas que no quieren usar sus armas las unas contras las otras. Por eso Trump es el indicado, el más idóneo y el elegido para llevar a cabo la tarea de limpieza y reordenamiento sobre la catastrófica situación que dejará Biden al retirarse de la Casa Blanca. Es razonable concluir que el establishment lo resucitó y lo provocó para convertirlo en un mito y luego instalarlo una vez más en el sillón presidencial. Trump es la solución posible para un cambio en el ordenamiento jurídico internacional que al final del proceso podrá encontrar a los Estados Unidos consolidados como uno de los socios en la mesa chica junto a Rusia y a China o puede, en el hipotético caso de que ya haya pasado el punto de no retorno y la pacificación trumpista no tenga éxito, resultar en una guerra nuclear probablemente final para la humanidad como un todo.
En ediciones anteriores de esta Revista Hegemonía se anunciaba a Trump como un hombre de la paz y estas son las razones, los argumentos con los que se llega a esa conclusión. Trump es el hombre de la paz en un sentido pragmático y no ideológico, no quiere la paz como la queremos los demás mortales. Trump quiere la paz porque la alternativa es la destrucción del mundo o, de mínima, la disolución nacional de los Estados Unidos. Trump quiere la paz como condición necesaria para la implementación exitosa de su proyecto político, del trumpismo nacional-populista que hoy reformatea la política estadounidense en sus propios términos y tiene por objetivo preservar la potencia económica de un país que por manos de sus propios dirigentes ha sido desindustrializado y empobrecido a lo largo de medio siglo. Hoy 40 millones de estadounidenses —prácticamente la población de un país como Argentina— viven en carpas o en casas rodantes, mientras el dólar se devalúa, los salarios siguen a la baja y la inflación destruye la economía de las familias.

La condición del nuevo ordenamiento jurídico multipolar o tripartito es el respeto a la autoridad continental de cada uno de los socios en su propio continuum territorial y esa es la parte que nos toca a quienes vivimos en el continente americano desde el Río Bravo hasta Tierra del Fuego. Para los Estados Unidos, dejar el trono de emperador mundial e ir a sentarse en una mesa chica como primus inter pares implica la renuncia al pesado rol de gendarme mundial y la reorientación de su fuerza diplomática y militar hacia el ámbito de América. Habrá que reconocer la influencia de Rusia en Europa hasta el Canal de la Mancha y la de China en Asia oriental y en África, tal vez en este continente compartiendo el liderazgo con los otros dos socios. Desde el punto de vista de un hispanoamericano, la conclusión es el reflote y repotenciación de la Doctrina Monroe que reivindica “América para los americanos”, donde “americanos” se lee como “estadounidenses”.
Claro que eso está lejos de ser ideal pues resultará aquí en la cristalización de la condición semicolonial, ahora con la omnipresencia estadounidense. Pero es desde luego una opción mejor que la de una guerra nuclear. No es descabellado afirmar que el precio de la paz entre las superpotencias lo pagarán los subalternos en las semicolonias, siempre ha sido así a lo largo de la historia. En el caso particular de Argentina la propia existencia de un Javier Milei puede deberse a una estrategia del establishment local en preparación del terreno para la instalación de la nueva realidad, al igual que los giros programáticos que tienen lugar en Bolivia con Luis Arce y en Brasil con Luis “Lula” da Silva. Si Trump viene a consagrar el nuevo orden multipolar retirándose de Europa en favor de Rusia y de Asia en beneficio de China, es probable que la contrapartida sea la liberación de la zona americana para una dominación estadounidense contra la que muy pocos están hoy en condiciones de resistir. Sea como fuere, eso a la geopolítica le preocupa muy poco. Las naciones que dependen de otras para realizar su liberación nacional no merecen liberarse y quizá ni siquiera merezcan llamarse naciones.
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