Debido a la intervención permanente de los medios de comunicación y de todo el aparato cultural que funciona alrededor manipulando tanto la memoria como el sentido común de las mayorías, existen entre los crímenes de lesa humanidad algunos crímenes que son más criminales que otros. Y también están los que caen en el olvido. El atentado al World Trade Centre de 1993, el que fue perpetrado contra las Torres Gemelas de Nueva York en 2001 y las bombas contra la embajada de Israel y la AMIA de Buenos Aires, en 1992 y 1994, respectivamente, están entre los primeros. La intensa conmemoración de esos actos de barbarie hasta los días de hoy impide que dichos actos sean olvidados, razón por la que siguen sirviendo como argumento en la política del presente. Su omnipresencia en la cultura y en la memoria colectiva es, sin cuidado de que en efecto fueron graves atentados, la obra de la maquinaria de propaganda de quienes se reivindican como las víctimas de esos actos inolvidables.
Pero también los hay de los otros, de los que nadie se ocupa y nadie recuerda ya, aunque fueron actos de terrorismo aún más brutales. Entre estos aparece el bombardeo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) sobre Yugoslavia en 1999, una serie de ataques aéreos principalmente contra la ciudad de Belgrado que duró casi tres meses y dejó un saldo de 3.000 civiles muertos —entre ellos unos 100 niños— y 12.500 heridos, mutilados y contaminados por el uranio empobrecido que la OTAN empleó de manera ilegal en los bombardeos. La mención de estos crímenes de lesa humanidad fuera de una narrativa continuada sorprende ciertamente al atento lector, parece exagerado. ¿Cómo pueden haber sido tan graves los atentados contra el pueblo-nación yugoslavo, ya extinto como tal, si nadie jamás habla de ellos? He ahí toda la descripción del problema, el que puede resumirse en la cruel definición de que la gravedad de un crimen no viene determinada por el crimen en sí, sino más bien por la intensidad de su difusión.
Eso significa en la práctica que la historia no es la acción de los hombres en el tiempo, como decían Lucien Febvre, Fernando Braudel, Marc Bloch y los demás entusiastas de esa tercera posición entre las escuelas liberal y marxista —hegemónicas durante todo el siglo XX— que fue la historiografía francesa. La historia es en la práctica aquello que surge del relato de quienes tienen el suficiente poder para contarla, esto es, una narrativa falsificada por el poderoso y ajustada a sus intereses. Todo esto es lo que ya saben, desde luego, nuestros revisionistas respecto al relato oficial de la historiografía mitrista, la que a su vez es una sucursal de la liberal en nuestro cabotaje. El revisionismo histórico argentino entiende que nuestra historia oficial es un relato falsificado por la oligarquía desde el lugar de clase dominante y entonces no es la historia en un sentido estricto: es una parte de la historia vista bajo el prisma de los intereses oligárquicos, o una simple falsificación.

La acción de los hombres en el tiempo es entonces inasible y el pasado es tan hipotético como puede llegar a ser el futuro. Lo que aparece en las páginas de los libros de historia como la verdad histórica no es más que la narrativa de quienes escriben esos libros, es una hipótesis sobre lo que pudo haber pasado y es, además, una hipótesis ajustada a una conclusión determinada de antemano. Para explicar y justificar el presente, el poderoso hace el relato del pasado de modo tal que dicho relato esté en coherencia con el statu quo del momento. Así, Justo José de Urquiza no aparece en la narrativa de Mitre como un traidor a la patria que se puso bajo las órdenes del emperador Pedro II de Brasil para marchar sobre Buenos Aires en vez de hacerlo contra Río de Janeiro, nada de esto se dice. Urquiza aparece como un prócer y por eso la condición subcolonial de Argentina respecto a Brasil en América del Sur queda plenamente justificada.
Lo contrafáctico no existe ni es argumentable, pero está claro que si Urquiza marchaba sobre Río de Janeiro siguiendo el plan estratégico de Juan Manuel de Rosas la batalla nunca hubiera tenido lugar en Caseros y probablemente sí en las inmediaciones de la que entonces era la capital del imperio, dando como resultado la inversión de los términos del subcoloniaje. La traición de Urquiza es, por lo tanto, muy grave porque priva a la Argentina de ser líder regional y le entrega alegremente ese liderazgo a Brasil, statu quo que dura hasta los días de hoy. Nuestra oligarquía debió justificar ese vasallaje y para lograrlo ocultó la traición de Urquiza pintándolo como un prócer en claro contraste con Rosas, quien aparece en la narrativa como un tirano. Todo es así, toda la historia es esa narrativa falsificada que oculta la acción de los hombres en el tiempo y la sustituye con un relato ajustado a las necesidades del dominante del momento en ese momento.

Lo mismo ocurre en los niveles más altos de la geopolítica, donde el relato es intenso sobre ciertos hechos y directamente mudo sobre otros. El atentado a las Torres Gemelas en 2001, por ejemplo, se conmemora todos los años pues justifica las posteriores invasiones de los Estados Unidos a Afganistán y a Irak encubriendo la ingente cantidad de crímenes de lesa humanidad que el imperialismo estadounidense cometió en esas campañas. En un sentido opuesto, el bombardeo de la OTAN sobre Yugoslavia en 1999 se oculta en el relato oficial porque si las mayorías supieran de qué se trató realmente los costos políticos para Washington serían altísimos. Nadie debe olvidar las Torres Gemelas y por eso Hollywood hizo sendas piezas propagandísticas en la forma de cine para contarla de una determinada forma, falsifica el pasado para justificar el presente. Esa es la acción deletérea y permanente del aparato cultural en la política y fundamentalmente en la geopolítica.
Con la comprensión de cómo funciona este mecanismo de manipulación del sentido común de las mayorías resulta más fácil entender asimismo por qué el bombardeo de la OTAN contra Yugoslavia en 1999 no aparece en su debida gravedad en la percepción general, pasa inadvertido como un hecho menor de la historia e incluso mucho menos que eso. No hay una sola película de Hollywood sobre ese bombardeo que duró casi tres meses, destruyó la unidad nacional de los yugoslavos y sobre todo empujó a los serbios, los más afectados por las bombas, a una situación de pobreza de la que nunca han podido recuperarse del todo. Serbia es hoy un país muy poco desarrollado que está, junto a Bulgaria, Albania y Armenia, entre los que presentan el más bajo índice de desarrollo humano de Europa y buena parte de ese atraso se debe a la agresión salvaje de la OTAN en 1999. Los serbios lógicamente lo saben pues sufren hasta el día de hoy las consecuencias de las casi 10.000 toneladas de bombas arrojadas sobre Belgrado, aunque esa comprensión no está generalizada en el resto del mundo.

El 24 de marzo de 1999 el presidente “demócrata” de los Estados Unidos Bill Clinton y el entonces titular de la OTAN, el español Javier Solana, deciden iniciar sin la autorización del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), esto es, de modo unilateral, una campaña aérea cuyo fin no declarado fue acelerar el proceso de disolución de Yugoslavia, el que se había iniciado al fallecer el mariscal Josip Broz “Tito” en 1980. Ahí está el origen del término “balcanización” que inicialmente fue utilizado para describir el surgimiento de nuevos Estados en la región a partir de la guerra de los Balcanes (1912/1913) y reflotó ocho décadas más tarde con las guerras yugoslavas, de las que el bombardeo de la OTAN contra Belgrado es un capítulo decisivo. Los Estados Unidos y Occidente siempre estuvieron interesados en romper la unidad política de los pueblos eslavos y la balcanización fue uno de los instrumentos utilizados para lograr esa rotura.
Durante 78 días la OTAN llevó a cabo la Operación Fuerza Aliada y esa fue la primera campaña militar de esa organización militar (y terrorista) desde su fundación en 1949. Además de destruir unas 25.000 viviendas, los bombardeos destruyeron el edificio de Radiotelevisión Serbia, el canal estatal que Occidente necesitaba silenciar para imponer su relato único. En ese atentado murieron 16 individuos que formaban parte del personal del canal y quedó virtualmente inutilizada la capacidad de comunicación de los serbios para decir su verdad. También cayeron bombas —supuestamente por error— sobre la embajada de China en Belgrado. Tres periodistas chinos murieron en ese ataque, la OTAN estuvo a punto de mundializar el conflicto y eso únicamente no ocurrió porque China no estaba aún lista para jugar en las grandes ligas y se limitó a protestar.

China no estaba preparada para enfrentar a Occidente y tampoco lo estaba Rusia. Los rusos, como se sabe, han sido históricamente los mejores amigos de los serbios por razones culturales que hermanan a esos pueblos eslavos, pero para 1999 no estaban en condiciones de poner el grito en el cielo. Tan solo ocho años después de la disolución de la Unión Soviética, una Rusia ahora independiente estaba virtualmente invadida por Occidente bajo el régimen cipayo de Boris Yeltsin. Un neoliberalismo feroz se había impuesto en Rusia, donde los pueblos se habían acostumbrado a vivir en socialismo y lógicamente sufrían los efectos devastadores del cambio brusco y extremo. Con Yeltsin más ocupado en emborracharse y permitiendo la instalación de restaurantes de comida rápida estadounidense en la Plaza Roja, la economía rusa estaba hecha trizas y en términos de peso geopolítico el país estaba en la lona, los rusos eran incapaces de resolver ni siquiera sus problemas internos. Para 1999 los Estados Unidos estaban todavía en el auge de su hegemonía global unipolar, sin rivales por ninguna parte.
Por eso Beijing (aun habiendo sido directamente afectado por el bombardeo de la OTAN en Belgrado) y Moscú no movieron un dedo para frenar el atropello. El genocidio occidental contra el pueblo-nación yugoslavo marca, por lo tanto, el inicio del avance de la OTAN sobre el bloque oriental que alguna vez fue la llamada “cortina de hierro” socialista, o el espacio exclusivo del Pacto de Varsovia. Al no oponerse a dicho avance, Rusia permitió toda la expansión posterior de la OTAN cuyo resultado final en los días de hoy es la guerra en Ucrania. En una palabra, los Estados Unidos, Canadá y demás obsecuentes de Europa occidental sacrificaron a unos 3.000 yugoslavos y destruyeron la infraestructura del país con la finalidad de poner un pie en aquello que había sido durante la Guerra Fría el cordón sanitario de los soviéticos en Europa oriental.

Eso significa que un genocidio fue llevado a cabo por orden de Bill Clinton y con la complicidad de Javier Solana, una serie de crímenes de lesa humanidad se cometió con el solo fin de realizar un proyecto geopolítico. El proceso de balcanización del territorio yugoslavo se aceleró a partir de esos crímenes, lo que abrió el camino para la expansión de la OTAN sobre la “cortina de hierro” al integrarse a la alianza todos los países que habían sido parte del Pacto de Varsovia y casi todo lo que quedó de Yugoslavia, pero también tres países —Lituania, Letonia y Estonia— que habían directamente estado integradas a la Unión Soviética. El bombardeo de la OTAN sobre Belgrado y alrededores fue el puntapié inicial de esa expansión deshonesta, fue una revancha tardía contra los soviéticos y está en la base de todo el conflicto existente hoy en Europa del Este.
Ese es el conflicto que está a punto de mundializarse, el que amenaza con transformarse en una guerra mundial que sería la última de la humanidad si en ella se utilizan armas nucleares. Occidente afirma ser asistido por la razón en el diferendo y el mundo tiende a creer en eso porque el olvido histórico del bombardeo de la OTAN sobre Yugoslavia, que es la origen de esa guerra, no permite conocerse la verdad. La acción de los hombres en el tiempo es desconocida, solo hay una narrativa según la que los atentados terroristas contra el pueblo-nación serbio jamás tuvieron lugar, Yugoslavia se disolvió solita y los países de Europa oriental no se sintieron presionados para aceptar la integración a la OTAN que es una claudicación. Dicen que quien no conoce la historia está condenado a repetirla y eso es cierto. El problema es que ese desconocimiento resulta mucho más de la manipulación del pasado que de la ignorancia propiamente dicha.
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